lunes, 4 de mayo de 2026

Mayo: mes mariano.

Mayo: mes mariano

Mayo es el mes de María. Y María es una figura que sigue interpelándonos, mucho más allá de los límites de cierta devoción...

 

Una mujer que habló muy poco. Que meditó mucho. Que hizo de una entrega generosa y obediente el camino hacia su propia libertad, y de su propia vocación de mujer y de madre la capacidad de generar vida.

 

Una mujer que impresiona por su audacia, como cuando viaja sola para visitar a su prima Isabel. Y por su sensibilidad, como en las bodas de Caná, cuando se da cuenta antes que nadie de que el buen vino se está acabando.

 

María nos recuerda que el vínculo, la compasión, la preocupación por la felicidad ajena son las dimensiones más definitorias de lo humano. No el poder. No el control. Sino la atención y el cuidado.

 

María da testimonio de que la frontera entre lo humano y lo divino es difusa, casi borrada por la maternidad y la filiación.

 

Hay una paradoja que vale la pena subrayar. El hombre que quiere hacerse Dios matando a Dios, sigue siendo víctima, la primera víctima de su propio delirio de omnipotencia. Hoy esta derrota es tristemente evidente en la oscilación entre el sentimiento de impotencia y los delirios de poder.

 

Captar, en cambio, que la esencia de lo divino es generar, hacer existir al amar, es comprender a la vez la naturaleza de Dios Padre y el destino del ser humano.

 

La generación es el principio de todo. Es la forma más elevada del ser. En este paradójico ir más allá de uno mismo, cuando somos capaces de ello, se capta el sentido más pleno de la vida, de la libertad y de la felicidad. María lo sabía.


La suya no es la figura de lo sagrado. Porque lo sagrado está por su propia naturaleza marcado por la separación.

 

La suya es la figura de lo santo, rasgo connotativo de Dios, en cuyo misterio estamos llamados a participar.

 

Si lo sagrado está marcado por la separación/distancia; lo santo es participación/proximidad. Si lo sagrado es algo que infunde temor y temblor; lo santo como un encuentro gratificante y divinizante.

 

Y en María contemplamos esa santidad cotidiana nada sacral. Una santidad de la que seguramente no pocas mujeres han sido y son guardianas. Me refiero a esa actitud instintiva e “ingenua”, pero que, a pesar de todo, transmitía junto con las reglas de la vida también la experiencia de la fe.

 

Me gusta imaginar a María (y a José) educando a Jesús en una oración vocal, haciendo una pausa, una interrupción en el esfuerzo cotidiano, también monótono, ligado a la supervivencia, al afán cotidiano de cada día. Me gusta imaginar a María acompañando a Jesús en su crecimiento en sabiduría, en estatura y en gracia (cf. San Lucas 2, 52).

 

María habla de Dios y el Dios del que habla es muy diferente del Dios de la sacralidad del Templo.

 

El Dios del que habla María no se sitúa en la esfera de lo sagrado, en el sentido de que no es su omnipotencia lo que Ella ha experimentado.

 

El Dios de María no es tanto el omnipotente pantocrátor - dominador y poderoso - sino que sugiere cercanía y gracia, apoyo y abrazo. Sino el Dios que todo lo contiene, que todo lo sostiene, que todo lo acompaña y cuyo nombre tranquilizador y pacificador es gracia.

 

La anunciación en Nazaret, y aquellos años de la vida oculta, nos muestran otra cara del sentido de la vida: todo reside en la posibilidad de situarnos con normalidad haciendo de lo cotidiano la revelación profética del misterio de la salvación.

 

Hablar de Dios desde la perspectiva de María es declinarlo de otra manera, es decir, tomar en serio el paradigma de su «encarnación» y hacer, precisamente de la «carne», el lugar emblemático —teológico— de la experiencia de la proximidad.


Durante siglos hemos hablado de Dios como «el ser» por antonomasia, reproduciendo, incluso sin quererlo, el modelo aristotélico del motor inmóvil…. Pero el Dios del Reino es, en cambio, un Dios que «se hace», que abandona la condición divina para hacer suya la condición indigente del ser humano. Es un Dios que se hace carne.

 

Y esto implica asumir la debilidad humana, el límite, la fragilidad. Y esto supone asumir la impotencia, el dolor, la muerte a la manera de cualquier otro ser humano.

 

Y María (y José) entra a formar parte de este mismo de humanización de Dios que es la encarnación.

 

Tengo la sensación de que solemos proyectar en el hombre Jesús los rasgos de lo divino. Porque nunca nos llegamos a tomar muy en serio su crecimiento (en sabiduría, en estatura y en gracia - cf. San Lucas 2, 52 -), sus elecciones, sus angustias, sus penas, su sudor de sangre ante la muerte,… 

 

El realismo de la encarnación nos invita a contemplar el pesebre donde el Hijo de Dios reclinó su cabeza (el otro lugar fue la cruz), los pañales que lo envolvieron al nacer cubriendo su desnudez (como las vestiduras que le quitaron para colocarlo en el patíbulo)…

 

Nada de este realismo es una ficción, un como si al final prevaleciera sobre todo su identidad divina. El hombre Jesús, en cambio, sufrió como cualquier otro hombre; se esforzó como cualquier otro hombre; tuvo los estímulos y las sugerencias que acompañan la vida de todo hombre.

 

Y por eso, en este mes de mayo, contemplo a María en este misterio de encarnación tan real. El Dios indecible e inefable se conjuga mejor como atención, cercanía, cuidado, proximidad, solicitud…

 

Ella, María, acompaña a la comunidad cristiana en Pentecostés y ayuda a gestar y alumbrar una nueva era, la del Espíritu (Aquél que sopla como y cuando quiere y que no sabemos de dónde viene y a dónde va - cf. San Juan 3, 8ss -), como gestó y alumbró la carne del Hijo de Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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