Mayo: mes mariano
Mayo es el mes de María. Y María es una figura que sigue interpelándonos, mucho más allá de los límites de cierta devoción...
Una mujer que
habló muy poco. Que meditó mucho. Que hizo de una entrega generosa y obediente
el camino hacia su propia libertad, y de su propia vocación de mujer y de madre
la capacidad de generar vida.
Una mujer que impresiona por su audacia, como cuando
viaja sola para visitar a su prima Isabel. Y por su sensibilidad, como en las
bodas de Caná, cuando se da cuenta antes que nadie de que el buen vino se está
acabando.
María nos
recuerda que el vínculo, la compasión, la preocupación por la felicidad ajena
son las dimensiones más definitorias de lo humano. No el poder. No el control. Sino la atención y el
cuidado.
María da testimonio de que la frontera entre lo humano
y lo divino es difusa, casi borrada por la maternidad y la filiación.
Hay una paradoja que vale la pena subrayar. El hombre
que quiere hacerse Dios matando a Dios, sigue siendo víctima, la primera
víctima de su propio delirio de omnipotencia. Hoy esta derrota es tristemente
evidente en la oscilación entre el sentimiento de impotencia y los delirios de
poder.
Captar, en cambio, que la esencia de lo divino es generar, hacer existir al amar, es
comprender a la vez la naturaleza de Dios Padre y el destino del ser humano.
La generación es el principio de todo. Es la forma más
elevada del ser. En este paradójico ir más allá de uno mismo, cuando somos
capaces de ello, se capta el sentido más pleno de la vida, de la libertad y de
la felicidad. María lo sabía.
La suya no es la figura de lo sagrado. Porque lo sagrado está por su propia naturaleza marcado por la separación.
La suya es la figura de lo santo, rasgo connotativo de
Dios, en cuyo misterio estamos llamados a participar.
Si lo sagrado está marcado por la separación/distancia;
lo santo es participación/proximidad. Si lo sagrado es algo que infunde temor y
temblor; lo santo como un encuentro gratificante y divinizante.
Y en María contemplamos esa santidad cotidiana nada
sacral. Una santidad de la que
seguramente no pocas mujeres han sido y son guardianas. Me refiero a esa actitud
instintiva e “ingenua”, pero que, a pesar de todo, transmitía junto con las
reglas de la vida también la experiencia de la fe.
Me gusta imaginar a María (y a José) educando a Jesús
en una oración vocal, haciendo una pausa, una interrupción en el esfuerzo
cotidiano, también monótono, ligado a la supervivencia, al afán cotidiano de
cada día. Me gusta imaginar a María acompañando a Jesús en su crecimiento en sabiduría, en
estatura y en gracia (cf. San Lucas 2, 52).
María habla de Dios y el Dios del que habla es muy
diferente del Dios de la sacralidad del Templo.
El Dios del que habla María no se sitúa en la esfera
de lo sagrado, en el sentido de que no es su omnipotencia lo que Ella ha
experimentado.
El Dios de María no es tanto el omnipotente pantocrátor
- dominador y poderoso - sino que sugiere cercanía y gracia, apoyo y abrazo. Sino
el Dios que todo lo contiene, que todo lo sostiene, que todo lo acompaña y cuyo
nombre tranquilizador y pacificador es gracia.
La anunciación en Nazaret, y aquellos años de la vida
oculta, nos muestran otra cara del sentido de la vida: todo reside en la
posibilidad de situarnos con normalidad haciendo de lo cotidiano la revelación
profética del misterio de la salvación.
Hablar de Dios desde la perspectiva de María es
declinarlo de otra manera, es decir, tomar en serio el paradigma de su
«encarnación» y hacer, precisamente de la «carne», el lugar emblemático
—teológico— de la experiencia de la proximidad.
Durante siglos hemos hablado de Dios como «el ser» por antonomasia, reproduciendo, incluso sin quererlo, el modelo aristotélico del motor inmóvil…. Pero el Dios del Reino es, en cambio, un Dios que «se hace», que abandona la condición divina para hacer suya la condición indigente del ser humano. Es un Dios que se hace carne.
Y esto implica asumir la debilidad humana, el límite,
la fragilidad. Y esto supone asumir la impotencia, el dolor, la muerte a la
manera de cualquier otro ser humano.
Y María (y José) entra a formar parte de este mismo de
humanización de Dios que es la encarnación.
Tengo la sensación de que solemos proyectar en el hombre Jesús los rasgos de lo divino. Porque nunca nos llegamos a tomar muy en serio su crecimiento (en sabiduría, en estatura y en gracia - cf. San Lucas 2, 52 -), sus elecciones, sus angustias, sus penas, su sudor de sangre ante la muerte,…
El realismo de la encarnación nos invita a contemplar
el pesebre donde el Hijo de Dios reclinó su cabeza (el otro lugar fue la cruz),
los pañales que lo envolvieron al nacer cubriendo su desnudez (como las
vestiduras que le quitaron para colocarlo en el patíbulo)…
Nada de este realismo es una ficción, un como si al
final prevaleciera sobre todo su identidad divina. El hombre Jesús, en cambio,
sufrió como cualquier otro hombre; se esforzó como cualquier otro hombre; tuvo
los estímulos y las sugerencias que acompañan la vida de todo hombre.
Y por eso, en este mes de mayo, contemplo a María en este
misterio de encarnación tan real. El Dios indecible e inefable se conjuga mejor
como atención, cercanía, cuidado, proximidad, solicitud…
Ella, María, acompaña a la comunidad cristiana en
Pentecostés y ayuda a gestar y alumbrar una nueva era, la del Espíritu (Aquél que sopla como y cuando quiere y que no sabemos de dónde viene y a dónde va - cf. San Juan 3, 8ss -), como
gestó y alumbró la carne del Hijo de Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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