Mi camino de fe es el de Tomás - San Juan 20, 19-31 -
Que el Resucitado llegue mientras aún permanecen cerradas las puertas de nuestro dolor. Que el Resucitado esté vivo y presente precisamente en el corazón de nuestras miserias, que consiga sorprender a la noche inventando un nuevo comienzo.
Que traiga paz a nuestros miedos, que no reniegue del
dolor de las heridas, sino que las transforme en destellos de luz; que un
aliento nuevo, como una primavera inesperada, descienda en forma de beso para
resucitar caminos que parecían arenados para siempre; que se atreva incluso al
desafío del perdón y que nosotros lleguemos incluso a creer en él; aunque todo
esto parezca imposible, al final se puede, se puede ceder y creer, se puede
sumergirse en la misericordia y volver a aliarse con la vida: se puede.
Lo verdaderamente difícil es otra cosa, lo que parece
realmente imposible es cómo justificar ante quien no estaba allí la vida que
regresa. ¿Cómo justificar una sonrisa a pocos días del sepulcro? ¿Cómo hablar
de los brotes de una nueva vida si la esperanza acaba de ser crucificada y todos
la han visto agonizar y hundirse en la sangre? ¿Cómo no avergonzarse de amar de
nuevo si su cuerpo ha sido masacrado, envuelto y enterrado? ¿Cómo hablar de la
resurrección?
«¡Hemos
visto al Señor!», dicen los discípulos a Tomás, está vivo, lo hemos visto,
la muerte ha sido derrotada en un prodigioso duelo, esto proclamamos sin cesar
desde hace dos mil años, transformando en fiesta el majestuoso escándalo del
amor, disipando en augurio lo que solo el Silencio puede custodiar.
Y así, yo estoy con Tomás, siempre estaré con él.
Avergonzándome de cuando, como los primeros discípulos, también yo creí que
bastaba con contar para convencer, que decir la verdad era ya compartirla.
Estoy con Tomás porque estoy cansado de quienes no
intuyen el drama de la muerte y banalizan el duelo y no dejan tiempo al dolor.
Estoy con Tomás porque si pierdes a una madre, a un marido, a una esposa, a un
amigo, a un hijo… lo último que necesitas es un vacío anuncio pascual.
Y si el amor de tu vida ya no está, yo, junto a Tomás, estoy obligado a callarme y a no molestarme con teorías sobre la fe; obligado a callar sobre las oraciones que parece que hacen sentir bien, sobre el consuelo que habita en el corazón, sobre la seguridad de la fe que parece tan segura del paraíso pero que olvida la compasión por quienes aún caminan sobre esta tierra.
Yo estaré siempre con Tomás, porque estoy cansado de
los devotos que repiten los anuncios pascuales pero son incapaces de cercanía,
de empatía, de compartir.
Yo estoy con Tomás y me gustaría gritar con él que no
me importa nada si ellos lo han visto, que soy yo, y solo yo, quien necesita un
camino. Yo, y solo yo, debo llegar a Él. Solo cuando sea mi Señor, mi Dios. El mío, no el vuestro.
Y el Resucitado comprende.
En primer lugar, Él espera, ocho días, alarga el
tiempo; ante todo, silencio, silencio y luego más silencio, para dejar que
Tomás escuche su dolor, que se enfrente a la culpa de ser un discípulo que no
logra creer.
Ocho días, como para admitir que el encuentro será,
que la resurrección es posible, que lo veremos sin duda, pero será un octavo
día, un día eterno, pleno y definitivo, y estará más allá, más allá de la
repetición de las semanas.
Ningún sentimiento de culpa, pues; aquí se cree y se hunde,
aquí se intuye y se precipita, caminantes torpes de esta larga semana que es
nuestra vida: serán destellos y luego abismos y no se nos permitirá estar nunca
demasiado seguros y habrá que cultivar siempre la humildad y la humanidad, pues
la fe será, de todos modos, constantemente frágil y delicada, preciosa y
vulnerable, un balbuceo. Hasta el octavo día, por fin.
Mientras tanto, el Resucitado se aparece, Tomás está
con los discípulos y el Viviente le toca el corazón y lo hace con una
delicadeza conmovedora; si los primeros discípulos proclamaban su experiencia,
su aparente seguridad, Jesús, en cambio, parte de Tomás. Intercepta sus dudas y
sus deseos, se toma en serio su vida.
He aquí, esto más que nada me parece un paso esencial:
tomarse en serio la vida de fe de cualquier persona. ¿Tomás quiere meter los
dedos en las llagas? Jesús parte de ahí. Sin juicio, sin culpa, es el
Resucitado quien se adapta al ritmo del amigo. A los modos del amigo.
«No seas incrédulo, sino creyente», y Jesús llega incluso a decir esto, y Tomás lo acepta; es casi una imposición, casi una orden; si hubieran sido los discípulos quienes pronunciaran esta frase, Tomás no habría creído; en cambio, cede, y no tanto porque vea al Resucitado con sus propios ojos, sino porque, antes de creer, Jesús le ha creído a él.
Jesús puede pedirle a Tomás que le crea porque él, el
Maestro, fue el primero en creer en la forma en que su discípulo lo buscaba.
Solo si se nos cree podemos creer; solo si hemos experimentado el ser amados
podemos amar; la nuestra será siempre y únicamente una respuesta, tímida,
torpe, pero, en cualquier caso, siempre y únicamente una respuesta.
Para responder necesitamos a alguien que nos tome en
serio, que acepte permanecer en nuestras dudas, que comparta el drama, que no
tenga prisa por convencernos.
Siempre estaré con Tomás, hombre suspendido entre el
ver y el creer. El Resucitado dice que bienaventurados serán aquellos que no han visto y sin embargo han creído.
Tomás ve solo porque el Maestro le ha creído; es el
creer lo que permite ver, no es cierto lo contrario. Para creer no hace falta
ver, pero para ver destellos de vida hay que creer: creer en las personas,
creer en los caminos, creer que los errores pueden revelar espacios de vida
nueva, creer en los amores inmaduros, creer en los recuerdos, creer en los
sueños, creer en las vidas, creer en las palabras, creer en los hombres y
mujeres con los que nos cruzamos a diario, creer en uno mismo, creer en el
perdón, creer en el pasado, creer y confiar en las semillas para poder ver los
frutos (si los hay).
Y así soportar el golpe de la traición, porque
sucederá, solo quien cree puede ser traicionado, y sin embargo no dejar de
creer. Decidir que no se puede dejar de creer. Como Jesús, crucificado por el
amor hacia sus amigos.
Yo te necesito a Ti, Señor mío y Dios mío, y que Tú
sigas dispuesto a seguir creyendo en mí para resucitarme a una vida nueva.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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