martes, 7 de abril de 2026

Tú, mi única paz - San Juan 20, 19-31 -.

Tú, mi única paz - San Juan 20, 19-31 -´

Sí, a estas alturas ya he aprendido que nunca tendré la paz que buscaba.

 

Mi corazón nunca estará habitado por un océano de silencio y nunca me elevaré por encima de las pasiones del mundo. Quien cruce mi mirada difícilmente verá imperturbabilidad. Lágrimas de alegría o de dolor, esas sí las puedo derramar. Quizás no tengo suficiente fe o quizás Tú eres otra cosa.

 

¿Qué paz te habitaba cuando suplicabas en el huerto de los olivos? ¿O cuando te masacraban en la columna? ¿O en la cruz? Te venero mientras lloras, mientras tienes miedo, mientras no sonríes ante el dolor. Quiero tu paz, no la que promete el mundo, no quiero tranquilidad. Ni siquiera una vida sin conflicto. Te quiero a Ti, mi única paz.

 

Sé que también me arrepentiré de esta oración, pero no quiero serenidad, calma o impasibilidad. Si creo en Ti, si me esfuerzo por creer en Ti, si quiero vivir no solo por Ti, o contigo, sino en Ti, elijo tu paz, que tiene un alto precio, que es escandalosa, que es evangélica. Que eres Tú.

 

Tu paz, esa que viene a buscarme cuando me encierro en el cenáculo de mis oraciones, cuando sello las puertas de la vida y me protejo. Cuando me engaño creyendo que existen amenazas.

 

Ningún judío, ninguna estructura, ninguna ideología, ninguna modernidad, ningún acontecimiento, yo soy el único problema para mí mismo; la paz es no buscar excusas para alimentar el miedo que cultivo con insensato temor.

 

Mi paz será empezar a no tener más miedo de la vida, de los demás, ni siquiera de mí mismo. Si Tú estás en mí, si caminas sobre las aguas de mis debilidades, si duermes en mi barca, no me está permitido tener miedo. Incluso la tormenta será un espacio de epifanía.

 

Me muestras las manos y el costado, están marcados por los cortes de la violencia; la paz, tu paz en mí, prevé heridas. Te pido perdón por todas las veces que me he engañado creyendo que se podía acceder al paraíso sin pasar por las heridas. Mi paz y nuestra paz serán dolorosas, es inútil fingir, no propones otra cosa, pero si Tú estás en mí, yo deseo esta paz. Hazme, te lo ruego, digno de estas heridas de amor.

 

Tu paz no prevé protecciones, Tú sabes que esa es mi gran tentación. Tú sabes que me duele, y cómo desearía silencio, solo silencio, o al menos respeto por lo que ni yo mismo comprendo del todo. Tu paz prevé la complejidad de las dificultades. Todavía no soy capaz, no del todo. Pero si Tú vienes, si aún decides vaciarte hasta habitar mi miseria, Tú en mí harás posible todo.


La paz está en el perdón. Perdonar y ser perdonado, y sé que yo solo no puedo. Si Tú no me habitas, yo no puedo. Porque no se trata de condonar algunas injusticias sufridas; el perdón no es un gesto voluntarista de los buenos; perdonar es vivir sintiendo que todo es un don-para, que incluso el drama y la enfermedad, incluso mi pecado, son un don si se convierten en el espacio para poder encontrarte.

 

La paz, tu paz, es la fuerza que mueve a Tomás, que no se conforma con creer porque otros te han visto. Ha pasado el tiempo en que me conformaba con los testigos, yo también quiero verte, con mis propios ojos; no tengo verdadera paz sino en la búsqueda continua de Ti. Hundir mis manos en las heridas, pero no para comprobar su verdad, sino para contagiarme de tu sangre. La paz es mi carne que ruega ser traspasada por Ti.

 

Señor, mi amado, no quiero ver para creer; tu paz es creer, ceder, confiar, entregarse, no retenerse, sumergirse en el mundo, ponerse en manos del otro, entregarse, postrarse, movimientos evangélicos que no son fruto de la fe, sino que la suscitan. Dame la fuerza para vencerme a mí mismo, para no contenerme más, para seguir las huellas del Cordero, creer para ver, entregarme para aprender tu paz.

 

Muchas otras señales has realizado en estos dos mil años, lo sé, las he visto. De algunas conservo un recuerdo intacto.

 

Por Cristo, por los pobres, por la Iglesia, pero aún no es verdadera paz.

 

Con Cristo, cuando comprendí que caminas a mi lado, cuando hablo de Ti y me siento como uno de Emaús, cuando me pierdo y vuelvo a buscarte, pero aún no es verdadera paz.

 

En Cristo, esta sí, esta es la verdadera paz, Tú en mí y yo en Ti, pase lo que pase, ya no me engaño pensando que Te encontraré en ningún lugar sagrado, ni creo que haya fórmulas o ritos para atraparte.

 

La paz es experimentar que Tú estás en mí. Que yo soy tu pasión, que mi paz está en tu misericordiosa encarnación y resurrección


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real.

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real   Se intenta por todos los medios demostrar que, en nuestro país, la violencia se concen...