Señor mío y Dios mío - San Juan 20, 19-31 -
Sus heridas eran las nuestras, mientras nos hundíamos en sus estigmas, que se abrían de repente bajo nuestros pies; mientras las marcas de los clavos, como el velo del Templo rasgado, desvelaban nuevas verdades, esas heridas se convertían para nosotros en un corte profundo y fecundo, estábamos naciendo a nosotros mismos, con la conciencia de que ser discípulos es hundirse en los propios pecados para experimentar, precisamente allí y en ningún otro lugar, una paz recibida y sorprendente.
Sentir que no estamos llamados a otra cosa que a
mostrar nuestras dolorosas heridas habitadas por un Amor incomprensible. No
somos médicos de nadie, nunca seremos mejores que otros, somos pobres
pecadores.
¿De qué deberíamos haber tenido miedo? ¿Qué sentido
tenía estar encerrados en aquella casa? ¿Qué teníamos ya que perder? ¿No lo
habíamos perdido ya todo? ¿No habíamos perdido ya el honor, la dignidad y la
credibilidad?
Precisamente por eso nos habíamos vuelto creíbles. Su
Iglesia será creíble cuando deje de querer parecer buena y fiable, cuando deje
de jurar que purgará a los pecadores y a los mediocres, pues una Iglesia de
puros es exactamente la contradicción del Evangelio.
Solo somos pecadores asustados y empedernidos,
enfermos despreciados por el mundo, necios que balbucean verdades que los
sabios ridiculizan; somos impresentables y poco fiables, somos así y somos
amados. Esto es lo que podemos y nada más.
Fue un momento de gran conciencia, improbables y
balbuceantes, desechos del mundo que importa, sentimos provenir del misterio
del Cosmos la sístole del corazón de Dios, como
el Padre me envió, como antes que vosotros los necios hablaron de Él,
como los pobres, como los sencillos, como los pecadores que os precedieron, así
también
vosotros id por el mundo.
Nos sentimos arrollados e impulsados y acabamos por reencontrar el camino de la luz. Y sentimos que por fin habíamos encontrado nuestro lugar: los discípulos que seguían al maestro y los restos humanos sanados por Él mismo eran ahora una sola cosa, éramos nosotros, nada más que los perdonados.
Fuimos besados por el perdón, y comprendimos al
Espíritu Santo; un escalofrío nos recorrió la espalda cuando Él dijo que no
recibirían perdón aquellas personas a las que nosotros no perdonáramos. Pero
¿cómo podíamos pensar en no perdonar a nadie, precisamente nosotros, los más
inadecuados para acceder a la misericordia? ¿Cómo podíamos no jurar que su amor
era total y gratuito?
Tomás no estaba entre nosotros aquel día, y con razón
no creyó en nuestras palabras; no se puede creer por lo que se oye decir, los
testimonios ajenos nunca nos convencerán. Era necesario que también él se
dejara llevar por el Resucitado, a su manera, porque cada uno de nosotros entra
en el corazón del misterio a su manera, ya que la Resurrección es un itinerario
personal e irrepetible.
Finalmente, también él lo llamó «mío», mi Señor y mi Dios. Volvimos a
pensar a menudo en sus palabras, nos hicieron humildes, caminamos por el mundo
escuchando cómo cada uno puede llegar a encontrarse con el misterio y puede
hacerlo recorriendo caminos que sentíamos lejanos y extraños... impredecibles.
«Bienaventurados
los que no han visto y han creído», es
cierto, pero bienaventurados son aquellos que se sienten mirados con amor;
bienaventurado soy yo cuando alzo los ojos y veo que lloras por mí;
bienaventurado soy yo cuando, con los ojos cerrados, te siento cerca como la
madre que ya no tengo; bienaventurado soy yo cuando dejo de querer ver y me
miro con tus ojos de misericordia.
Dichoso soy cuando creo en el amor, cuando creo en la
resurrección, cuando creo que estás aquí, ahora, vivo, conmigo, porque solo
creyendo en Ti puedo sentir un mundo que canta al Eterno.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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