viernes, 13 de marzo de 2026

Una bondad inútil.

Una bondad inútil 

A mí me parece que, por ejemplo, hablar de la paz… también en estos tiempos de mil y un conflictos… se trata más bien de una gramática diferente de lo cotidiano en medio de la violencia. 

La paz no nace de personas plenamente resueltas, sino de hombres y mujeres que han aceptado y aceptan el esfuerzo fecundo de hacerse humanos. 

No digo de permanecer humanos, sino de hacerse humanos. 

Porque lo humano no es una condición que hay que defender, sino una realidad que hay que generar. 

San Pablo diría: «el hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y en la verdadera santidad» (Ef 4,4). Un hombre aún por revestir, diría él. 

En la escuela, en particular, se recomienda el estudio de la historia desde una determinada perspectiva: esa perspectiva que desplaza el foco de la geopolítica a la ética de lo cotidiano. 

Y en esa vida cotidiana hay lugar tanto para actos de resistencia… ante cualquier forma de inhumanidad, como para crear nuevas formas de humanidad, por ejemplo, en nuestras relaciones. 

Me refiero a esa profecía de la vida cotidiana como camino humilde, hecho de gestos cotidianos, que entrelaza paciencia y valentía, escucha y acción. 

Y entonces la historia no se lee y estudia solo a través de las fracturas, sino también a través de las costuras. No solo en función de los conflictos, sino de los gestos de cuidado que los han atravesado. 

No solo según las disputas, sino según las reconciliaciones que han luchado obstinadamente por volver a empezar. 

El cuidado, la misericordia, el perdón,…, son acontecimientos que no llenan los manuales, pero son los que han salvado a las generaciones de la historia de la humanidad. 

Seguramente tenemos que recuperar esa historia que cura y sana. 

Se trata de un estilo de vida bajo el signo de la mansedumbre. Si en tiempos de paz la mansedumbre puede parecer una virtud que casi se da por sentada, en el conflicto se convierte en una postura auténtica. 

La mansedumbre es el valor de rechazar la lógica del rearme del corazón para desarmarlo. Y esto precede a todo posible diálogo y confrontación: del desarme del corazón al de las palabras y al de los gestos.

La mansedumbre es… dejar que el otro sea, es decir, viva. 

Y esto, en cualquier contexto de conflicto, es muy poderoso. 

Significa honrar la dignidad y la alteridad del otro, incluso del adversario o de quien es diferente. 

Significa rechazar anular al otro en el propio estereotipo. 

En un mundo que apresura los resultados y sopesa a las personas en la balanza de la eficiencia, la mansedumbre parece un estorbo: demasiado lenta, demasiado frágil, demasiado inútil. 

A menudo se cita la frase de Dostoievski dándole un sentido positivo: «La belleza salvará al mundo». Pero cuando Fiódor Dostoievski pregunta, a través del príncipe Myshkin: «¿Qué belleza salvará al mundo?», la respuesta no es estética sino ética: es la belleza de la bondad. 

Es la belleza de la integridad mantenida en un mundo afeado por la violencia. 

La belleza que salva no se mide con cánones artísticos. Es la belleza del amor en acción. 

Para los cristianos, por ejemplo, es la belleza de Jesús crucificado, que «no tiene aspecto ni belleza que atraiga nuestra mirada» (Is 53,2). 

Una belleza sin triunfos, sin narcisismos, sin protagonismos, sin armas. Una belleza desarmada. 

Una belleza hecha de manos que curan, de palabras que construyen, de vidas que acogen. 

El Sermón de la Montaña o lo que llamamos Bienaventuranzas nos enseñan que la paz es una elección, no un favor de la historia, que el amor no es un sentimiento, sino una responsabilidad, que la mansedumbre no es evasión, sino profecía. 

Los cristianos nos acercamos a la celebración de la Semana Santa y del Misterio Pascual. 

En esta celebración creo que nos atrevemos a seguir diciendo que también hoy necesitamos una bondad inútil, es decir, una bondad sin utilidad, una bondad que no tiene como fin un resultado, una bondad que salve a los seres humanos de la resignación. 

Porque esa es la bondad que nos vuelve lúcidos.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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