jueves, 26 de marzo de 2026

Educar para la paz.

Educar para la paz 

Hay un aspecto de nuestro presente que corre el riesgo de volverse insidiosamente invisible precisamente porque se está convirtiendo en algo habitual: la guerra ha vuelto a ocupar el discurso público como si fuera una posibilidad casi obvia, si no una solución plausible. 

Los conflictos se multiplican, el lenguaje bélico se cuela con una naturalidad desconcertante en el léxico político y mediático, y el derecho internacional parece cada vez más anulado por la lógica de la fuerza o del acoso. 

En un contexto así, hablar de paz puede parecer ingenuo, fuera de lugar o poco realista. Pero, si lo miramos bien, ocurre lo contrario: precisamente cuando la violencia tiende a aceptarse como norma, la paz vuelve a mostrarse tal y como es en realidad, es decir, una cuestión política, cultural y educativa de primer orden. 

No se trata de caer en un optimismo ingenuo, sino de contrarrestar la idea de que la guerra, el dominio y la opresión son factores naturales e inevitables de la convivencia humana. Cuando la fuerza se presenta como criterio último de regulación de las relaciones entre Estados, grupos o bandos, la paz corre el riesgo de quedar relegada a un paréntesis frágil: ya no es un objetivo político constante, sino un lujo accesible solo en momentos excepcionales. 

Vale la pena aclarar un aspecto esencial: la paz no coincide con una tregua provisional y no se reduce a la simple ausencia de hostilidades abiertas. Es una construcción histórica e institucional que requiere derecho, mediación, responsabilidad pública, reconocimiento mutuo y prácticas de justicia. 

Por eso, el problema no es solo geopolítico, sino también cultural. Antes incluso que en los campos de batalla, muchas formas de violencia se prefiguran en los lenguajes, en las imágenes, en las narrativas que deshumanizan al otro, transforman las diferencias en amenazas y hacen concebible lo que hasta poco antes habría parecido inaceptable. 

Por lo tanto, la paz no puede reducirse a un deseo moral: debe concebirse como una práctica política y como una tarea educativa que hay que perseguir una y otra vez. 

En este punto surge una pregunta decisiva: ¿bastan las instituciones? La respuesta es no, porque ningún ordenamiento democrático se sostiene por sí solo, sin ciudadanos capaces de comprenderlo, vivirlo, defenderlo y renovarlo con el tiempo. 

Es aquí donde la educación cobra un papel central. Si la democracia no es solo una forma de gobierno, sino una forma de convivir, entonces tampoco la paz puede concebirse únicamente como un objetivo diplomático o un ordenamiento jurídico: debe convertirse en una práctica social aprendida, ejercida e interiorizada en las relaciones cotidianas a distintos niveles. 

John Dewey lo expresó en una fórmula ya clásica: «La democracia es algo más que una forma de gobierno; es ante todo una forma de vida en comunidad, de experiencia comunicada y compartida». 

Desde esta perspectiva, educar para la paz significa hacer de la escuela un lugar donde se aprenda concretamente a debatir, escuchar, cooperar, argumentar y gestionar el desacuerdo sin convertirlo en hostilidad destructiva. 

La institución educativa, por lo tanto, no debería limitarse a «hablar» de paz, sino que debería hacerla experimentable en la vida cotidiana de la comunidad educativa. Una escuela que educa para la paz es una escuela en la que el diálogo no es ornamental, la cooperación no es marginal y el conflicto no se elimina ni se exacerba, sino que se afronta con instrumentos democráticos y participativos. 

Esto implica también un cambio en nuestra forma de entender el conflicto. Las sociedades democráticas no están exentas de tensiones, diferencias marcadas o contrastes; desde esta perspectiva, el reto no consiste tanto en eliminar las formas de conflicto —prácticamente consustanciales a toda organización social— como en impedir que degeneren en dominio, exclusión, manipulación o aniquilación del otro o de la contraparte. 

Educar en la no violencia, por tanto, no implica inclinarse hacia la pasividad ni anhelar una pacificación angelical, tan improbable como sustancialmente soporífera. Significa, en todo caso, aprender a estar dentro del conflicto sin absolutizarlo, reconociendo que el desacuerdo es un componente fisiológico de la convivencia intersubjetiva, intergrupal e interinstitucional, y que precisamente por eso debe ser gestionado con responsabilidad, negociación y sentido de los límites. 

No existe, sin embargo, una paz auténtica donde persistan la opresión, la desigualdad y los procesos de deshumanización; donde esta se construyera sobre el silencio de los excluidos o sobre la adaptación pasiva a la injusticia, ya que en tal caso se trataría simplemente de una estabilización de las relaciones de dominio. 

Por eso la educación para la paz no puede reducirse a una pedagogía de los buenos modales o a un manual de etiqueta de las relaciones civiles. También debe ayudar a las niñas y los niños a leer críticamente las estructuras de la injusticia, a reconocer las formas de violencia simbólica, social y económica, y a no adherirse pasivamente a lo ya dado y a lo que se da por sentado. 

Por utilizar una categoría - muy querida por Paulo Freire- se trata de promover procesos de concientización, es decir, itinerarios educativos que hagan a las personas más conscientes del mundo en el que viven y más capaces de transformarlo de manera responsable en una dirección humanista y solidaria. 

En este sentido, educar para la paz no significa entrenar para la adaptación, sino formar sujetos capaces de pensamiento autónomo y crítico, de juicio bien ponderado, de palabra pública basada en la calidad argumentativa y de espíritu de iniciativa democráticamente propositiva. 

Una formación, por tanto, no para producir conformismo moral, sino para formar personas que no se limiten a observar el mundo como espectadores, y que, en cambio, sepan reconocerse como sujetos activos de la vida colectiva. 

Todo esto es aún más urgente en sociedades atravesadas por migraciones, pluralismo religioso, memorias conflictivas, polarizaciones identitarias y retóricas públicas cada vez más agresivas. Muchas formas de violencia comienzan mucho antes del estruendo de las armas: empiezan en los estereotipos que jerarquizan, en los discursos que deshumanizan, en las narrativas que presentan al otro como una amenaza, un desecho o un cuerpo extraño, que hay que expulsar. 

El tema de la paz implica de manera ineludible también la componente intercultural. No basta con celebrar la diversidad de manera abstracta, episódica o folclórica, añadiendo aquí y allá algún contenido multicultural a los programas escolares para sentirse satisfechos. Sería más oportuno, en cambio, promover contextos educativos en los que el otro no se reduzca ni a enemigo ni a sujeto que asimilar, sino que se le reconozca como interlocutor dentro de una convivencia plural, inclusiva y solidaria, ya que la alteridad no es un incidente que neutralizar, sino una dimensión constitutiva de la experiencia humana y democrática, mediante la cual esta última evoluciona y se consolida. 

Desde esta perspectiva, el diálogo no se limita a ser solo una fórmula de cortesía o un atajo pacificador, sino que se convierte en una práctica exigente y comprometida, capaz de sostener el enfrentamiento sin sofocar el desacuerdo mediante la escucha, la descentralización y la disposición a cuestionar las propias certezas y convicciones. 

Por supuesto, sería ingenuo atribuir a la escuela o a la universidad un poder salvador que no poseen. La educación, por sí sola, no detiene las guerras; pero sin ella ninguna paz puede ser duradera, porque faltarían los sujetos, las culturas cívicas y las prácticas democráticas capaces de sostenerla en el tiempo. 

Si la guerra se alimenta del miedo, la propaganda, el resentimiento y la deshumanización, la paz necesita, por el contrario, pensamiento crítico, ciudadanía activa, responsabilidad compartida y respeto por las diferencias. Por eso, hoy en día, educar para la paz significa tomarse en serio la realidad y trabajar para que la violencia no se convierta en el lenguaje habitual de la convivencia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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