Dolor y redención: Hamnet
Agnes está felizmente embarazada y, si su hermano da su consentimiento, podrá casarse con William. Para convencerlo, la joven recuerda las enseñanzas de su madre (ya fallecida) y comienza a recitar una antigua rima inglesa, que empieza así: «You’re called Una, the most ancient plant…».
Esta
breve escena de Hamnet no es esencial para el desarrollo de la
trama, pero funciona bien para comprender el estilo y el imaginario que se
ponen en juego en la película, que se había abierto con una pantalla aún en
negro pero que, mientras tanto, nos sumerge en los sonidos de un bosque, del
que vemos aparecer las copas de los árboles filmadas de abajo hacia arriba,
mirando hacia el cielo, de modo que los sentidos se vean impulsados a
sumergirse en la naturaleza, como si nosotros también fuéramos plantas,
criaturas de un hábitat animado e inspirado, donde participaremos, como por
arte de magia, en el cumplimiento vital de un dolor y en su reparación.
Entre
la primavera y el verano de 1596, mientras se encontraba en Londres o en algún
otro lugar con su compañía teatral, William Shakespeare recibió la noticia de
que su hijo Hamnet, de once años, estaba gravemente enfermo. El niño se
encontraba con su madre en Stratford, y es probable que el padre no llegara a
tiempo antes de su muerte, registrada el 11 de agosto en el registro de
entierros: «Hamnet filius William
Shakspere».
Hamnet se ha ganado un éxito merecido, pero al mismo tiempo favorecido, como por arte de magia, por la especial resonancia colectiva que una historia dedicada a pérdidas traumáticas puede tener en un mundo que está realmente enfermo y herido.
Todo
empieza en el momento en que William Shakespeare, un joven hijo de un violento
guantero, se enamora de Agnes, la hija del bosque, huérfana de una madre bruja
que le enseñó los poderes curativos de las plantas. La joven es una outsider:
va por ahí mostrando su melena, camina por el bosque en compañía de un
cernícalo, lee la mano —prediciendo que habrá dos hijos que la asistirán cuando
muera—.
Tras la
boda, llega la primera hija, nacida a los pies de un gran árbol nudoso; y luego
dos gemelos, Hamnet y Judith, mientras tanto Agnes insiste en que su marido se
vaya a Londres, donde podrá encontrar un trabajo que le devuelva el alma.
Al
entrar en el teatro William se liberará de la ley autoritaria de su padre y se
afirmará como autor de comedias.
Llega
la peste, la pequeña Judith enferma, pero Hamnet lleva a cabo una
especie de intercambio mágico, en una especie de engaño a la muerte, logrando
morir él en lugar de su hermanita.
Desesperada
y sin paz, por la muerte de su hijo y, simbólicamente, por el trauma de no
haber podido curarlo, Agnes, cada vez más hostil y enfadada con William,
encontrará la paz cuando, tras llegar a la ciudad furiosa porque se ha enterado
de que su marido está a punto de poner en escena una tragedia titulada
precisamente con el mismo nombre de su hijo, asista a la representación, en el
interior del famoso Globe Theatre.
Es la parte más impactante recreando, a través de las imágenes, una sensación profunda. Agnes, de hecho, va comprendiendo poco a poco, se conmueve, llora y participa junto al público, reencontrando, también escénicamente, un contacto con su propio dolor, y logrando compartirlo, por fin, con todos los demás, incluido William.
También
él, tras haber interpretado al fantasma del padre de Hamlet, entre bastidores,
asiste, llora y mira a Agnes. En cierto sentido, él se ha convertido en el mago
sanador, con su arte.
El
dolor del trauma ahora ha sido absorbido, el duelo se ha cosido. En un
intercambio final de planos e identidades que superponen al actor que
interpreta a Hamlet y al fantasma del niño muerto, finalmente también Hamnet
puede volverse por última vez, antes de entrar en la oscuridad. Como si ahora
supiera que el mundo se acordará de él.
Al
representar el dolor de Agnes y su renuencia a mudarse a Londres para vivir con
su marido, se pone en escena precisamente el sufrimiento de un alma que siente
que ha fracasado. Agnes se siente culpable y, por lo tanto, se resiste a
superar el trauma. Salir de su caparazón y mudarse finalmente a Londres será el
único camino de salida del aislamiento en el que la encierra el trauma de haber
sobrevivido a su hijo.
Ver la
representación equivaldrá a recomponer las partes de sí misma violentamente
separadas por el trauma de la muerte de Hamnet: el tiempo de
nuestras emociones y el tiempo de la narración se encuentran.
La
importancia de la experiencia en el teatro adquiere entonces el valor de una
reapertura progresiva a la vida gracias al poder regenerador de la tragedia a
la que asistimos, pero sobre todo gracias a la dimensión colectiva y coral en
la que se consuma la dramaturgia simbólica de la reparación del trauma que Hamnet
pone en escena.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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