El rey va desnudo: o cuando el líder necesita a su lado un bufón
Tantas veces he pensado que cuanto más se asciende en la jerarquía del poder, más difícil resulta encontrar personas que digan la verdad, niños inocentes que se atrevan a gritar: «¡El rey va desnudo!».
El rey va
desnudo es una famosa frase del cuento «El traje nuevo del emperador», de Hans Christian Andersen.
En el cuento se narra la historia de un rey al que le
encantaban los trajes y que cayó en una trampa que se cuenta así:
Una
vez llegaron dos impostores: se hicieron pasar por tejedores y afirmaron saber
tejer la tela más hermosa que jamás se pudiera imaginar. No solo los colores y
el diseño eran extraordinariamente hermosos, sino que las ropas que se
confeccionaban con esa tela tenían el extraño poder de volverse invisibles para
los hombres que no estaban a la altura de su cargo y para los muy estúpidos.
Los estafadores fingieron trabajar en las telas,
obviamente inexistentes, pero nadie se atrevió a denunciar el engaño
precisamente por ese mecanismo que preveía que quienes no vieran las telas
fueran los incapaces y los estúpidos.
El desenlace creo que es conocido: al rey le visten
con las ropas inexistentes y desfila desnudo por la ciudad:
Y
así, el emperador encabezó el desfile bajo el hermoso dosel y la gente que
estaba en la calle o en las ventanas decía: «¡Qué maravilla son las nuevas
ropas del emperador! ¡Qué espléndida cola lleva! ¡Qué bien le quedan!».
Nadie quería dar a entender que no veía nada, porque
de lo contrario habría demostrado ser estúpido o no estar a la altura de su
cargo.
«¡Pero
si no lleva nada puesto!», dijo un niño. «Señor, ¡escuche la voz de la
inocencia!», replicó el padre, y todos se susurraban unos a otros lo que había
dicho el niño. «¡No lleva nada puesto! ¡Hay un niño que dice que no lleva nada
puesto!». «¡No lleva absolutamente nada puesto!», gritaba al final toda la
gente. Y el emperador se estremeció porque sabía que tenían razón, pero pensó:
«Ahora ya tengo que quedarme hasta el final». Y así se enderezó aún más
orgulloso y los chambelanes lo siguieron sosteniendo la cola que no existía.
¿Cómo no asociar las figuras alegóricas del cuento de
Hans Christian Andersen por ejemplo al protagonista de un equipo de fútbol en
nuestros días, que se encuentra solo con el juguete de su poder, rodeado de colaboradores
que viven en un estado de servilismo y sumisión jerárquica?
En realidad, los líderes necesitarían personas sinceras, bufones o locos que, recurriendo al arma del humor, logren limitar las consecuencias de la arrogancia y la hostilidad. En este sentido, el poder del líder necesita de su locura. O un bufón a su lado.
El rey Lear de Shakespeare tenía un bufón de la corte,
cuya función, de gran importancia, era decirle la verdad al poder. El rey Lear
fracasa porque, en cierto sentido, no escucha las palabras de su bufón y se
queda anclado en un único punto de vista.
El príncipe Hal, en cambio, se convierte en un gran
soberano porque sabe escuchar los consejos y las lecciones de otro
extraordinario personaje cómico: Falstaff, un sinvergüenza memorable, pero
también un maestro inimitable de sabiduría popular.
Son individuos como Falstaff y el Bufón, que se mueven
lejos de ciertas lógicas de la organización, los que le dicen la verdad al
líder y le recuerdan la naturaleza terrenal y provisional de su poder.
También Erasmo de Róterdam, en su «Elogio de la locura», examina la
relación entre el líder y el bufón. Bajo la apariencia de la locura, el bufón
puede decir lo que para otros es indecible; utilizando los recursos del humor,
el bufón protege al rey del riesgo de volverse arrogante y enfermar de
narcisismo.
En tiempos pasados, por tanto, a algunos soberanos les
gustaba el bufón de la corte, al que se le permitía decir, riendo y haciendo
reír, la verdad, por ejemplo, sobre lo efímero que es el poder. Eran, en
definitiva, la conciencia crítica, aunque oculta, del rey.
En toda organización hay un liderazgo y un seguimiento:
son roles interrelacionados. Pero uno desea que el seguimiento no acabe siendo sumisión
ni una espera silenciosa de la llegada del líder como si fuera el Rey Sol.
También espera que el líder no padezca de narcisismo, es decir, que no tenga una
personalidad que la psicología clínica define como maníaca.
A menudo nos cuesta decir las cosas, ir al grano o
tocar una fibra sensible. El valiente que grita «el rey va desnudo»
no es un señor de gran respeto, sino un niño
cualquiera.
A ese niño del
mencionado cuento con el que he comenzado esta reflexión lo podemos ver como
símbolo de libertad y transparencia.
¿Por qué ocultar? Es cierto que hay situaciones en las que una mentira piadosa lo resuelve todo fácilmente, pero no siempre lo resuelve para todos y en todo.
Yo soy el primero en tener un pequeño ratoncito que roe mi conciencia como si fuera un queso gruyer, recordándome las cosas no dichas, las situaciones que acabaron mal, las meteduras de pata que podría haber remediado, los momentos en los que decir la verdad parecía el camino más difícil, mientras que al final lo habría resuelto todo si hubiera tenido el valor de abrir la mente y el corazón a la otra persona.
Hoy en día navegamos también entre mentiras, excusas y justificaciones,
especialmente en el mundo del poder. Y algunas reacciones son las más fáciles
para salir del paso, para ponerse a la defensiva
y para acercarse a la razón
incluso cuando se está equivocado, pero todas ellas dejan al rey desfilando desnudo por la ciudad.
Y este es el terreno en el que se sitúa
inconscientemente la mayoría de la gente, también la que está en el poder, y que
lucha tanto física como psicológicamente por tener la razón y ser reconocida. No cuesta trabajo darse la razón a uno mismo. Cuántas
veces no entendemos que estamos en lo
incorrecto y acabamos echando la culpa
a los demás.
Incluso la ironía
se presenta como una solución demasiado fácil: zanjar los asuntos con una broma, o presunta broma, chiste supuestamente
gracioso, para obtener la risita forzada de un público entregado al
aplauso fácil.
En todo caso,
siempre es una tarea abierta y nunca terminada esa que nunca le pone ninguna
chaqueta al rey desnudo.
Suelo pensar que el mundo necesita una pizca de empujón.
Un presbítero anciano, ya difunto, me decía en su momento: “Joseba,
vivimos en la cultura de la mentira”.
Y allí donde las mentiras se vuelven cada vez más
esenciales, la verdad se pierde y el control con ella. Y entonces se vuela
hacia el mundo de lo extraño, de lo caótico y de lo falso, donde el rey desnudo
se vuelve casi normal, mientras que el niño es suprimido y el pueblo deja pasar
los días, viendo desfilar al rey cada vez más (y siempre desnudo) y quizá riendo
cada vez menos, normalizando lo anormal y pasando las riendas a los
embaucadores o a los serviles que se encuentran con el campo libre, mientras
los más honestos y sabios se preguntan, se confunden... y hasta se callan a
pesar del despropósito.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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