Magnificat
Alma mía,
alaba,
te lo pido,
mi Señor,
ayúdame a aprender a leer esta vida mía,
un pergamino abierto bajo la bóveda celeste,
un púlpito desde el que Él me habla.
Alma mía, acaricia mi espíritu,
para que recupere el valor de alegrarse en Dios,
implora a Su Espíritu,
que permanezca conmigo,
sin cesar conmigo,
que esté sobre mí,
lo necesito como el aire.
Alma mía
susurra a Dios que Él es
mi único consolador,
Él el guardián de mi fragilidad,
Él mi única bienaventuranza.
Grandes cosas ha hecho en mí,
y por mí,
cosas mucho más grandes que yo.
Alma mía
confía al Padre que solo
en sus labios mi pobreza se convierte en
alegre anuncio,
y que no puedo prescindir de la libertad
que has hecho estallar en las prisiones de mis miedos
y tampoco de tu luz
puedo prescindir,
mis ojos están cansados.
Alma mía
confiesa al Padre que hay días
en los que veo su misericordia por todas partes,
en cada rincón,
y lo bendigo con oraciones.
Alma mía
da gracias a su poderoso brazo,
el que ha disipado mis delirios de omnipotencia
y ha levantado tiernamente mis debilidades.
Ahora que siento vibrar su gracia
en cada cosa,
espero que nunca sacie mi hambre de belleza
y vacíe siempre mis manos
permitiéndome mendigar sentido
hasta el último instante de mi vida.
Hoy se ha cumplido esta escritura,
hoy ocurre, hoy siempre se cumple,
en mí, en nosotros, su palabra.
Alma mía
hoy
todavía me da miedo,
y pido perdón al Padre.
Miedo de no ser capaz de encarnar la promesa,
miedo de no estar a la altura de tanta belleza.
Miedo de acostumbrarme
y de no reconocerlo más.
Hoy, ahora, aquí
se cumple la Escritura que hemos escuchado,
mientras Jesús cierra el rollo
y abre su propia carne
para dejarse escribir por el Padre.
Alma mía,
glorifica mi persona,
hazla dócil a la fantasía del Espíritu,
que transfigura el mundo,
Ahora, aquí.
Incendiando también con fuego mis miedos.
Amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario