jueves, 26 de marzo de 2026

La edad adulta de la mujer bautizada, presbítera y arzobispa.

La edad adulta de la mujer bautizada, presbítera y arzobispa 

El miércoles 25 de marzo, en Canterbury, ocurrió algo que va mucho más allá de una simple ceremonia de investidura. 

La toma de posesión de Sarah Mullally como Arzobispa de Canterbury y Primada de la Comunión Anglicana no es solo un trámite institucional: es un gesto que marca un profundo cambio cultural, un cambio de paradigma que también nos habla a nosotros, a nuestras Iglesias. 

Porque Canterbury, esta vez, no es un lugar: es un umbral. 

Durante años, en muchas realidades eclesiásticas, se ha cultivado una retórica del buenismo eclesial que se disfrazaba de apertura, pero que en realidad era un populismo espiritual. 

Un buenismo que a menudo utilizaba lo femenino como máscara: «las mujeres son más prácticas», «las mujeres son más concretas», «las mujeres están más cerca de la vida». 

Una retórica muy eclesiastica que no libera a nadie, sino que infantiliza a todos. 

La incorporación de Sarah Mullally rompe este esquema. 

Ella es una mujer adulta, madura,  formada, pensante, capaz de asumir la complejidad sin temerla. Es el comienzo del fin de la idea de que para ser escuchados hay que ser jóvenes, o fingir serlo. Es la restitución de la dignidad de la edad adulta y madura en la vida eclesial. 

En las últimas décadas ha habido una aversión generalizada hacia quienes no se ajustaban al «llamar al pan pan y al vino vino» de una cultura simplificada. Y Canterbury dice: basta. 

El liderazgo eclesial no es un concurso de talentos. No es una competición de eficiencia. No es un premio al rendimiento. Es un servicio que requiere reflexión, discernimiento, madurez, adultez. Y la madurez o adultez no es un defecto: es una gracia. En femenino o en masculino. Pero siempre, y únicamente, gracia. 

La figura de Sarah Mullally -doctora, pastora, mujer que ha atravesado responsabilidades diferentes y de primer orden- evidencia una dignidad espiritual. La suya es una figura que no teme ser adulta en los años y madura en la fe. También en sus capacidades competenciales y cualidades profesionales. 

Es un gesto contracultural, y por eso profundamente evangélico. 

Canterbury, con su nueva Arzobispa, dice que la pluralidad no es un defecto: es una vocación. 

Esa pluralidad que sigue siendo el blanco preferido de quienes confunden la moral con el miedo. La pluralidad es una categoría antropológica de la complejidad: aquella del et et. 

Vivimos en una época que exige lo «mono»: una sola identidad, una sola pertenencia, una sola forma de relación, una sola estructura institucional... Y la pluralidad da miedo porque abre, porque desestabiliza, porque des-centra. 

Y, sin embargo, precisamente hoy, la pluralidad es la condición de la vida real. Pero no aún de la vida institucional eclesial. 

En Canterbury hasta puede comenzar el final de una época de infantilización, simplificación, miedo. E iniciar otra, donde la edad adulta, la complejidad,  la madurez y la pluralidad ya no son enemigas, sino compañeras de camino. 

No es solo una toma de posesión. Es una invitación. Provocativa. Pero invitación. También alternativa y subversiva. Quizá, y precisamente por ello, evangélica. 

Ser mujer no es un «impedimento» para la ordenación presbiteral y episcopal. No es cosa menor, teológicamente hablando. Los teólogos no lo suelen mencionar. No porque el tema no esté maduro. Quizá porque los inmaduros son los teólogos. Y una teología inmadura sufre la historia pero no es capaz de anticiparla y de orientarla. 

Mientras tanto, la realidad no se detiene. Y el Espíritu habla incluso más allá de las fronteras de la Iglesia católica porque su soplo es como y cuando quiere, no al dictado del canon ni del dogma. Tampoco de la jerarquía.

Los «signos de los tiempos» pedirían a la Iglesia católica salir de su caparazón y que no llamara "prudencia" al miedo ni "paciencia" a esconder la cabeza bajo el ala. 

No se trata de extender el ministerio ordenado a las mujeres (y a los hombres casados) sino de cambiar el modelo del ministerio ordenado para reconocer la posibilidad de llamar al ministerio también a las mujeres (y a los hombres casados). 

Se trata de reflexionar sobre la «capacidad de ordenación» de los bautizados, alejándonos de evidencias históricas que en su momento fueron autorizadas, pero que hoy están cultural y socialmente superadas, al menos en una parte considerable del mundo. Esto es una exigencia seguramente hasta ineludible e inaplazable. 

Podemos y debemos hacerlo con la conciencia de una Iglesia que, tras el Concilio Vaticano II, debe concebirse como una sola Iglesia, pero repartida por los cinco continentes, caracterizados por culturas, sociedades y relaciones profundamente diferentes. 

Por el momento, hoy parece que nos queda el miedo y el consiguiente bloqueo sistemático ante toda decisión con visión de futuro. 

¿No habría que partir de una evidencia nueva, la de la igualdad de todos los bautizados ante la posible ordenación ministerial? ¿No habría que organizar la disciplina eclesial en esa dirección? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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