domingo, 5 de abril de 2026

Una Iglesia que vuelve a Galilea… para resucitar.

Una Iglesia que vuelve a Galilea… para resucitar

Ocurre poco a poco, casi sin hacer ruido. No hay un momento concreto en el que el futuro deje de ser un horizonte y se convierta en una sombra, algo que solo se percibe con dificultad. 


Las diócesis siguen moviéndose con sus planes, las Iglesias abren para sus oficios, los proyectos pastorales se suceden, suenan las convocatorias de asambleas y reuniones,…, pero bajo la superficie se percibe un cansancio que no quiere revelar su nombre.

 

Es como si hubiéramos perdido la capacidad de imaginar lo que vendrá, y entonces nos refugiamos en lo que ya ha sido y en lo que tenemos entre manos, incluso cuando nunca nada de eso nos ha protegido de verdad.

 

El pasado de lo de siempre se ha hecho así o del más de lo mismo se convierte en un refugio imaginario, un lugar donde todo parece más sencillo, más claro, más nuestro. No importa si no es cierto: lo necesitamos. 


Lo necesitamos para no enfrentarnos a la sensación de que nos ha dejado atrás un mundo que corre sin esperar a nadie. Lo necesitamos para no admitir que hemos dejado de creer que el mañana nos concierne más que el pasado que queda ya a nuestras espaldas.

 

Y cuando una Iglesia deja de imaginar, empieza a temer. El miedo se convierte en un hábito, y el hábito se convierte en identidad. Y así el futuro se convierte en un intruso, alguien que llega sin ser invitado y pretende mover los muebles.

 

Mientras tanto, en otros lugares, la vida sigue inventando. Crece, se arriesga, se equivoca, vuelve a empezar. En otros lugares, el futuro sigue siendo un lugar por construir.


En la Iglesia, en cambio, se ha convertido en un antagonista. Lo tratamos como a un ladrón, como a alguien que quiere quitarnos algo. Pero el futuro no roba nada. Somos nosotros los que hemos dejado de ofrecerle algo.

 

Hemos dejado de construir, de imaginar, de cuidar. De soñar. Hemos dejado que el miedo se sentara en el centro de la habitación y decidiera por todos.

 

Y cuando el miedo decide, la gente se divide. Hay quienes se van, quienes se retiran, quienes protestan, quienes se quedan por inercia. Cada uno busca una vía de escape, una forma de no sentirse aplastado. Algunos eligen la salida, otros la voz cantante, otros una lealtad cansada, hecha más de resignación que de convicción.

 

Es la señal de que algo se ha resquebrajado. De que la comunidad ya no se sostiene. De que el futuro ya no es un bien sino algo de los que hay que defenderse porque se le teme.


Sin embargo, bajo esta superficie, uno quiere creer que hay otra historia que sigue moviéndose. Una historia hecha de pequeños gestos, de inventos cotidianos, de personas que, sin proclamas, reinventan la vida de la comunidad cristiana desde abajo. 


Son las tácticas de quienes no tienen poder, pero tienen imaginación. De quienes no pueden cambiar las estructuras, pero pueden cambiar la forma de habitarlas. De quienes no esperan permiso del canon. Es ahí donde el futuro sigue respirando, incluso cuando todo parece estar parado.

 

Y luego hay algo aún más profundo, algo que no se ve pero se siente. Es la conciencia de que no existimos solos, de que no somos individuos aislados que intentan salvarse uno a uno. Siempre estamos ya dentro de un vínculo, dentro de un estar-con que no hemos elegido pero que nos constituye.

 

Nuestra vulnerabilidad no es un defecto que ocultar, es la prueba de que estamos hechos para estar juntos. No como fusión, no como identidad cerrada, sino como exposición recíproca. Como posibilidad de tocarnos sin poseernos. Como promesa que no se puede garantizar, pero que se puede mantener.


Es desde aquí que puede reiniciarse el futuro. No desde un gran plan (programa, proyecto…), no desde un nuevo mito, no desde la enésima promesa de renacimiento. Sino desde un gesto de cercanía. Desde una forma diferente de estar juntos. De una comunidad que no se define por lo que excluye, sino por lo que expone: su propia finitud, su propia fragilidad, su propia capacidad de cuidar. El futuro no es un premio, es un pacto. Y un pacto solo se renueva si alguien tiene el valor de tenderle la mano.

 

El futuro no está en contra de nosotros. Solo está esperando a que volvamos a ponernos en marcha. A que volvamos a merecerlo. Que dejemos de pedirle garantías y volvamos a ofrecerle posibilidades. Que recordemos que no existe un «yo» que se salve por sí solo, y que el «nosotros» no es un lujo, sino la condición mínima para respirar. No hace falta valor, hace falta cuidado. No hace falta nostalgia, hace falta responsabilidad. No hace falta un héroe, hace falta una comunidad que no tenga miedo de mirarse al espejo y decir: volvamos a empezar.

 

Y empecemos de verdad. No con una proclama, sino con la presencia. No con un programa, sino con una forma de estar. No con la promesa de volver a lo que éramos, sino con la voluntad de convertirnos en lo que aún no hemos sido. Porque el futuro no es un destino, es un encuentro. Y un encuentro solo ocurre cuando alguien se expone lo suficiente como para dejarse encontrar.

 

Se trata de volver a Galilea, allí donde comenzó todo, para que la Iglesia se encuentre con el Resucitado y resucite (cf. Marcos 16, 1-7)


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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