Cambiar el modo de cambiar: Si no cambiamos, no entraremos (cf. San Mateo 18, 3)
«Cambio de época» es una expresión que parece haberse consolidado ya en el ámbito eclesial, pero cuyas implicaciones aún no se comprenden del todo. Plantea una profunda ruptura temporal que hace que las prácticas pastorales actuales resulten inadecuadas, por no decir insignificantes.
Las formas y el lenguaje con los que se expresa la fe resultan demasiado alejados de la experiencia vital de las mujeres y los hombres de hoy. Los modelos de vida cristiana corren el riesgo de perder su sabor, su gusto evangélico.
En el cambio de época no bastan los cambios programáticos, es decir, pequeños ajustes adaptativos para recuperar un equilibrio funcional. Tantas veces no suele ser conveniente seguir adelante tratando de mantener las cosas bajo control sino que se trata de una transformación del conjunto.
En esta situación, la necesidad prioritaria es cambiar
de rumbo: la exigencia de la conversión parece la opción más oportuna, que se
traduce en la búsqueda y la puesta en práctica de un cambio de paradigma en los
modelos pastorales.
Solemos decir que, de hecho, hay al menos dos tipos de cambios.
El primero consiste en modificar algunas partes del sistema que dejan inalterado en su conjunto el mismo sistema.
Este tipo de cambio opera en la lógica de la resolución de problemas: es la modalidad clásica, la más frecuente y en la que solemos tener mayor experiencia.
El cambio se explica y se reduce a la solicitud de una intervención táctica, basada en el intento de eliminar o, al menos, reducir o contener el problema en cuestión.
Es una forma de intervención que opera a nivel de los síntomas principales, los más evidentes o molestos.
Este cambio se suele utilizar también cuando se trata de abordar las dificultades encontradas en la acción pastoral.
La intervención de mejora no afecta al sistema pastoral en su conjunto ni a sus premisas, sino que se limita a actuar sobre sus aspectos problemáticos, los síntomas, poniendo en marcha acciones para contrarrestar las dificultades señaladas. Con el agravante de que al final se suele recurrir al ya famoso «siempre se ha hecho así», uno de los mantras eclesiales-pastorales más populares de los últimos años.
Este cambio no conduce a cambios reales. En algunos casos se asiste a un agravamiento de los problemas que se pretendían resolver.
Esperar que la pastoral pueda reducir sus problemas
interviniendo sobre los síntomas del malestar no hace más que generar
precisamente el efecto principal del problema: obstinarme en las soluciones más
frecuentes pero ineficaces y, por lo tanto, acabar consolidando el sistema que
ha generado el problema mismo.
Por eso, se puede hablar de un cambio que genere la transformación de todo el sistema, es decir, del paradigma de referencia sobre el que se sustenta el sistema.
Este segundo tipo de cambio se refiere a lo «no dicho», lo «no visto», lo «no hecho», las leyes compositivas que subyacen al orden y a la estructura del propio sistema, y que suelen darse por sentadas.
Este enfoque tiene como objetivo promover y acompañar un cambio pastoral que sea un cambio de paradigma, no solo la superación de un problema pastoral específico.
El cambio de paradigma es un proceso delicado y exigente: consiste en una ruptura drástica, dramática (cuando no traumática) del equilibrio del sistema vigente.
Impone un cambio radical de la visión, de los modelos de pensamiento, de las prioridades y de las reglas que guían las elecciones y las acciones pastorales que nos son familiares.
En el lenguaje eclesial, este proceso se denomina habitualmente «conversión». Es un acontecimiento que se produce cuando las viejas certezas ya no son adecuadas y se hace necesario un nuevo enfoque, incompatible con el anterior, para comprender y afrontar la realidad.
Un cambio de paradigma se lleva a cabo gracias a su capacidad de introducir nuevas y diversas prácticas organizativas y pastorales: signos y acciones de discontinuidad con efectos generativos de alternativa, frescura, novedad...
La perspectiva es la de movilizar energías espirituales y prácticas renovadas, promover experiencias, otros vínculos inexplorados y entrelazamientos entre personas, valores y recursos eclesiales que sepan hacer saborear la belleza del Anuncio salvífico.
Podemos encontrar estos aspectos en el episodio de Emaús. Un episodio capaz de proponer un proceso de conversión, es decir, un cambio de paradigma. La fuerza de la narración de la propia historia se une a la narración de una nueva historia que ofrece una nueva visión, da a la situación una nueva forma y activa nuevas prácticas.
Antes de volver a Jerusalén hay que salir hacia Emaús; antes de buscar confirmaciones, se necesitan preguntas; antes de la necesidad de seguridad viene el deseo de libertad y ligereza.
Estamos en un cambio de época. Es oportuno habitar las fracturas fundadoras, los lugares de crisis y las fragilidades eclesiales, ya que en ellos y a partir de ellos se despliega la dinámica transformadora de la Pascua y se revela la Gracia de Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


No hay comentarios:
Publicar un comentario