miércoles, 13 de mayo de 2026

Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -.

Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -

«Al levantar los ojos, vio una gran multitud que venía hacia él» (Jn 6,5).

 

Este sencillo gesto —levantar los ojos— recorre los Evangelios como un hilo conductor que une momentos decisivos de la vida de Jesús.

 

Antes de la multiplicación de los panes, antes de la oración al Padre, antes de llamar a Lázaro desde la tumba, antes de la Última Cena: siempre este gesto inicial, esta apertura primordial al mundo que le rodea.

 

Pero, ¿qué ocurre realmente cuando Jesús «alza los ojos»?

 

No se trata de un simple movimiento muscular, sino de un acto intencional cargado de significado antropológico y teológico.

 

Alzar los ojos significa elegir acoger la realidad en lugar de sufrirla, significa abrirse al encuentro en lugar de encerrarse en la propia interioridad, significa reconocer que el mundo no es simplemente un escenario para nuestras acciones, sino un conjunto de presencias que merecen atención y respeto.


Jesús no «gira la cabeza para controlar» ni «escudriña para identificar», sino que «alza los ojos»: un movimiento que va de abajo hacia arriba, del cierre a la apertura, de la concentración a la disponibilidad.

 

Es el movimiento opuesto al de quien baja la mirada para evitar el encuentro, para sustraerse a la relación, para proteger su intimidad emocional.

 

Este levantar los ojos revela una actitud existencial fundamental: la confianza primordial en el mundo.

 

Para Jesús, abrirse a la realidad circundante nunca es un riesgo que hay que calcular, sino un don que hay que acoger. Incluso cuando lo que vea sea dolor, incomprensión, hostilidad, su primer movimiento sigue siendo siempre el de la apertura confiada.

 

Por ejemplo en el episodio de la multiplicación de los panes: «Entonces Jesús, alzando los ojos, vio que una gran multitud venía hacia él y dijo a Felipe: “¿Dónde podremos comprar pan para que estos coman?”» (Jn 6,5).

 

Antes de cualquier valoración racional de la situación (cuánta gente, cuántos recursos disponibles, qué estrategias posibles), hay este puro acto de acogida visual.


Jesús ve a la multitud no como un problema que resolver, sino como una realidad que reconocer, como un conjunto de personas, cada una de las cuales merece ser vista en su concreción y dignidad.

 

Una de las características más sorprendentes de la mirada de Jesús es su capacidad de acoger antes de juzgar, de reconocer antes de evaluar.

 

Cuando alza los ojos hacia la multitud, hacia los discípulos, hacia cualquiera que se acerque, su primera actitud nunca es la del censor que escudriña para encontrar defectos, ni la del seleccionador que distingue entre merecedores y no merecedores.

 

Esta prioridad de la acogida sobre el juicio tiene profundas raíces teológicas.

 

La mirada de Jesús participa de la mirada creadora del Padre, de aquella mirada que en el principio «vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno» (Gn 1,31).

 

Antes de toda consideración moral, antes de toda valoración ética, está el reconocimiento ontológico: esta realidad existe, esta persona es, este momento tiene dignidad por el mero hecho de estar presente ante mí.

 

Para los cristianos, por ejemplo, esta lección es de capital importancia.


En un contexto cultural que tiende a categorizar prematuramente todo y a todos (pecador, santo, bueno, malo, mediocre, afín, lejano,…), la mirada de Jesús enseña una forma diferente de abordar las cosas.

 

Antes de cualquier etiqueta, antes de cualquier diagnóstico, hay una necesidad de un puro acto de reconocimiento: esta persona está aquí, ante mí, con su historia irrepetible, con sus potencialidades únicas, con su misterio personal que merece respeto y atención.

 

La expresión «alzó los ojos» aparece en los Evangelios también en contextos de oración: «Dicho esto, Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”» (Jn 17,1).

 

Aquí el movimiento de la mirada revela una dimensión contemplativa que atraviesa toda la existencia de Jesús: la capacidad de reconocer en cada momento, en cada encuentro, en cada situación, la presencia actuante del Padre.

 

Esta dimensión contemplativa no está separada de la actividad cotidiana, sino que la anima desde dentro.

 

Cuando Jesús alza los ojos hacia la multitud, está simultáneamente mirando rostros concretos y reconociendo en ellos el reflejo del amor paterno. Cuando alza los ojos al cielo, no está evadiendo la realidad terrenal, sino situando cada gesto humano en su horizonte último de sentido.


Romano Guardini escribió que «la contemplación no es un lujo para almas refinadas, sino la forma más elevada de realismo, porque es la única modalidad de conocimiento que capta la realidad en su relación con el Absoluto».

 

La mirada contemplativa de Jesús nos muestra cómo es posible vivir en el mundo sin ser del mundo, cómo es posible estar completamente inmersos en la concreción de la historia humana permaneciendo siempre abiertos a la dimensión trascendente.

 

Hay una progresión en el acto de mirar que los Evangelios describen con gran sutileza.

 

Se comienza con el «levantar los ojos», se continúa con el «ver», se llega al «reconocer».

 

Esta secuencia no es simplemente cronológica, sino ontológica: describe los grados a través de los cuales una mirada superficial se transforma en mirada contemplativa.

 

En el episodio de los discípulos de Emaús, esta progresión se vuelve paradigmática: «Cuando se sentó a la mesa con ellos, tomó el pan, dio las gracias, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,30-31).

 

El reconocimiento final viene preparado por todo un camino de apertura progresiva de la mirada, por una educación gradual del ojo interior.


Esta dinámica sugiere que la formación de la mirada del creyente no puede ser apresurada.

 

Como toda auténtica maduración humana, también la capacidad de ver verdaderamente requiere tiempo, paciencia y un acompañamiento respetuoso. No se trata de imponer a nadie nuestras perspectivas, sino de ayudar a todos a desarrollar esa calidad de la atención que permita reconocer y nombrar la belleza, la verdad y la bondad presentes en el mundo.

 

Todos vivimos inmersos en lo que podríamos llamar un «bombardeo visual»: imágenes que se suceden rápidamente, estímulos que captan la atención sin requerir concentración, contenidos que consumen la mirada en lugar de alimentarla.

 

En este contexto, recuperar la cualidad contemplativa de «levantar los ojos» representa un desafío decisivo.

 

No se trata de demonizar las tecnologías digitales. Así como Jesús sabía alternar momentos de intensa actividad apostólica con momentos de retiro contemplativo, así necesitamos aprender a modular los ritmos de nuestra mirada: momentos para la velocidad y momentos para la lentitud, espacios para la actividad y espacios para la contemplación.

 

El ejemplo de Jesús que «alza los ojos» puede convertirse en una poderosa metáfora cristiana hoy: significa educarnos a elegir qué mirar, a dedicar tiempo y atención a las realidades verdaderamente importantes, a no dejarnos arrastrar por el flujo indiscriminado de imágenes.

 

Significa aprender a ser capaces de lo que podríamos llamar «ayuno visual»: la capacidad de sustraernos a veces del consumo compulsivo de estímulos para redescubrir la profundidad de la mirada contemplativa.


La pedagogía de la apertura confiada detrás del gesto de «levantar los ojos» hay una enseñanza precisa: la convicción de que el mundo, a pesar de sus contradicciones y sus sufrimientos, sigue siendo fundamentalmente bueno, digno de ser mirado, capaz de revelar rastros de belleza y de sentido.

 

Esta confianza primordial no es ingenuidad, sino sabiduría: es la conciencia de que solo quien sabe abrirse con valentía a la realidad puede esperar transformarla.

 

Para los cristianos esto significa presentarnos no como censores que filtramos preventivamente la realidad, sino como acompañantes que ayudan a desarrollar las herramientas críticas y espirituales necesarias para afrontar el mundo en su complejidad.

 

Significa educarnos en la responsabilidad de nuestra propia mirada, en la conciencia de que todo acto de ver es también un acto ético: podemos elegir mirar para poseer o para amar, para juzgar o para comprender, para consumir o para contemplar.

 

El simple gesto de «levantar los ojos» encierra en sí toda una pedagogía del encuentro.

 

Jesús nos enseña que toda relación auténtica comienza con este movimiento primordial de apertura confiada a la realidad del otro. No podemos evangelizar si antes no hemos aprendido a ver, y no podemos ver verdaderamente si no tenemos el valor de levantar la vista de nuestro pequeño mundo para acoger la amplitud y la complejidad del mundo entero.


En la era de la realidad virtual y de las pantallas que median en cada experiencia, redescubrir la sencillez y la profundidad de este gesto puede suponer una revolución silenciosa pero decisiva.

 

Educarnos para que aprendamos a «levantar los ojos» significa aprender a ser personas capaces de una presencia auténtica, de una relación verdadera, de una contemplación fecunda.

 

Como escribía Simone Weil, «la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad».

 

Cuando Jesús alza la mirada, siempre realiza un acto de generosidad: ofrece su atención como un don, pone a disposición la calidad de su mirada como un espacio de acogida.

 

Es esta generosidad contemplativa la que estamos llamados a dar testimonio y a transmitir. Ojalá aprendamos a levantar la mirada con confianza hacia el mundo que tanto ha amado y sigue amando Dios hasta entregarle a su Hijo (cf. Jn 3, 16).

 

Acabo ya.

 

«Alzad vuestros ojos y mirad los campos: ya están maduros para la siega» (Jn 4,35). En estas palabras de Jesús resuena la invitación permanente que recorre todos los Evangelios: la realidad es siempre más rica de lo que nuestros ojos cerrados pueden imaginar, pero solo quien tiene el valor de levantar la mirada puede esperar reconocer su belleza oculta.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El rey va desnudo: o cuando el líder necesita a su lado un bufón.

El rey va desnudo: o cuando el líder necesita a su lado un bufón   Tantas veces he pensado que cuanto más se asciende en la jerarquía de...