Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -
«Al levantar los ojos, vio una gran multitud
que venía hacia él» (Jn 6,5).
Este sencillo gesto —levantar los ojos—
recorre los Evangelios como un hilo conductor que une momentos decisivos de la
vida de Jesús.
Antes de la multiplicación de los panes, antes de la
oración al Padre, antes de llamar a Lázaro desde la tumba, antes de la Última
Cena: siempre este gesto inicial, esta apertura primordial al mundo que le
rodea.
Pero, ¿qué ocurre realmente cuando Jesús «alza los
ojos»?
No se trata de un simple movimiento muscular, sino de
un acto intencional cargado de significado antropológico y teológico.
Alzar los ojos significa elegir acoger la realidad en
lugar de sufrirla, significa abrirse al encuentro en lugar de encerrarse en la
propia interioridad, significa reconocer que el mundo no es simplemente un
escenario para nuestras acciones, sino un conjunto de presencias que merecen
atención y respeto.
Jesús no «gira la cabeza para controlar» ni «escudriña para identificar», sino que «alza los ojos»: un movimiento que va de abajo hacia arriba, del cierre a la apertura, de la concentración a la disponibilidad.
Es el movimiento opuesto al de quien baja la mirada
para evitar el encuentro, para sustraerse a la relación, para proteger su
intimidad emocional.
Este levantar los ojos revela una actitud existencial
fundamental: la confianza primordial en el mundo.
Para Jesús, abrirse a la realidad circundante nunca es
un riesgo que hay que calcular, sino un don que hay que acoger. Incluso cuando
lo que vea sea dolor, incomprensión, hostilidad, su primer movimiento sigue
siendo siempre el de la apertura confiada.
Por ejemplo en el episodio de la multiplicación de los
panes: «Entonces Jesús, alzando los ojos, vio que una gran multitud venía hacia
él y dijo a Felipe: “¿Dónde podremos comprar pan para que estos coman?”»
(Jn 6,5).
Antes de cualquier valoración racional de la situación
(cuánta gente, cuántos recursos disponibles, qué estrategias posibles), hay
este puro acto de acogida visual.
Jesús ve a la multitud no como un problema que resolver, sino como una realidad que reconocer, como un conjunto de personas, cada una de las cuales merece ser vista en su concreción y dignidad.
Una de las características más sorprendentes de la
mirada de Jesús es su capacidad de acoger antes de juzgar, de reconocer antes
de evaluar.
Cuando alza los ojos hacia la multitud, hacia los
discípulos, hacia cualquiera que se acerque, su primera actitud nunca es la del
censor que escudriña para encontrar defectos, ni la del seleccionador que
distingue entre merecedores y no merecedores.
Esta prioridad de la acogida sobre el juicio tiene
profundas raíces teológicas.
La mirada de Jesús participa de la mirada creadora del
Padre, de aquella mirada que en el principio «vio todo lo que había hecho, y he
aquí que era muy bueno» (Gn 1,31).
Antes de toda consideración moral, antes de toda
valoración ética, está el reconocimiento ontológico: esta realidad existe, esta
persona es, este momento tiene dignidad por el mero hecho de estar presente
ante mí.
Para los cristianos, por ejemplo, esta lección es de
capital importancia.
En un contexto cultural que tiende a categorizar prematuramente todo y a todos (pecador, santo, bueno, malo, mediocre, afín, lejano,…), la mirada de Jesús enseña una forma diferente de abordar las cosas.
Antes de cualquier etiqueta, antes de cualquier
diagnóstico, hay una necesidad de un puro acto de reconocimiento: esta persona está
aquí, ante mí, con su historia irrepetible, con sus potencialidades únicas, con
su misterio personal que merece respeto y atención.
La expresión «alzó los ojos» aparece en los
Evangelios también en contextos de oración: «Dicho esto, Jesús alzó los ojos
al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el
Hijo te glorifique a ti”» (Jn 17,1).
Aquí el movimiento de la mirada revela una dimensión
contemplativa que atraviesa toda la existencia de Jesús: la capacidad de
reconocer en cada momento, en cada encuentro, en cada situación, la presencia
actuante del Padre.
Esta dimensión contemplativa no está separada de la
actividad cotidiana, sino que la anima desde dentro.
Cuando Jesús alza los ojos hacia la multitud, está
simultáneamente mirando rostros concretos y reconociendo en ellos el reflejo
del amor paterno. Cuando alza los ojos al cielo, no está evadiendo la realidad
terrenal, sino situando cada gesto humano en su horizonte último de sentido.
Romano Guardini escribió que «la contemplación no es un lujo para almas refinadas, sino la forma más elevada de realismo, porque es la única modalidad de conocimiento que capta la realidad en su relación con el Absoluto».
La mirada contemplativa de Jesús nos muestra cómo es
posible vivir en el mundo sin ser del mundo, cómo es posible estar
completamente inmersos en la concreción de la historia humana permaneciendo
siempre abiertos a la dimensión trascendente.
Hay una progresión en el acto de mirar que los
Evangelios describen con gran sutileza.
Se comienza con el «levantar los ojos», se
continúa con el «ver», se llega al «reconocer».
Esta secuencia no es simplemente cronológica, sino
ontológica: describe los grados a través de los cuales una mirada superficial
se transforma en mirada contemplativa.
En el episodio de los discípulos de Emaús, esta
progresión se vuelve paradigmática: «Cuando se sentó a la mesa con ellos, tomó el
pan, dio las gracias, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos
y lo reconocieron» (Lc 24,30-31).
El reconocimiento final viene preparado por todo un
camino de apertura progresiva de la mirada, por una educación gradual del ojo
interior.
Esta dinámica sugiere que la formación de la mirada del creyente no puede ser apresurada.
Como toda auténtica maduración humana, también la
capacidad de ver verdaderamente requiere tiempo, paciencia y un acompañamiento
respetuoso. No se trata de imponer a nadie nuestras perspectivas, sino de
ayudar a todos a desarrollar esa calidad de la atención que permita reconocer y
nombrar la belleza, la verdad y la bondad presentes en el mundo.
Todos vivimos inmersos en lo que podríamos llamar un «bombardeo
visual»: imágenes que se suceden rápidamente, estímulos que captan la
atención sin requerir concentración, contenidos que consumen la mirada en lugar
de alimentarla.
En este contexto, recuperar la cualidad contemplativa
de «levantar
los ojos» representa un desafío decisivo.
No se trata de demonizar las tecnologías digitales. Así
como Jesús sabía alternar momentos de intensa actividad apostólica con momentos
de retiro contemplativo, así necesitamos aprender a modular los ritmos de nuestra
mirada: momentos para la velocidad y momentos para la lentitud, espacios para
la actividad y espacios para la contemplación.
El ejemplo de Jesús que «alza los ojos» puede
convertirse en una poderosa metáfora cristiana hoy: significa educarnos a
elegir qué mirar, a dedicar tiempo y atención a las realidades verdaderamente
importantes, a no dejarnos arrastrar por el flujo indiscriminado de imágenes.
Significa aprender a ser capaces de lo que podríamos
llamar «ayuno visual»: la capacidad de sustraernos a veces del consumo
compulsivo de estímulos para redescubrir la profundidad de la mirada
contemplativa.
La pedagogía de la apertura confiada detrás del gesto de «levantar los ojos» hay una enseñanza precisa: la convicción de que el mundo, a pesar de sus contradicciones y sus sufrimientos, sigue siendo fundamentalmente bueno, digno de ser mirado, capaz de revelar rastros de belleza y de sentido.
Esta confianza primordial no es ingenuidad, sino
sabiduría: es la conciencia de que solo quien sabe abrirse con valentía a la
realidad puede esperar transformarla.
Para los cristianos esto significa presentarnos no como
censores que filtramos preventivamente la realidad, sino como acompañantes que
ayudan a desarrollar las herramientas críticas y espirituales necesarias para
afrontar el mundo en su complejidad.
Significa educarnos en la responsabilidad de nuestra
propia mirada, en la conciencia de que todo acto de ver es también un acto
ético: podemos elegir mirar para poseer o para amar, para juzgar o para
comprender, para consumir o para contemplar.
El simple gesto de «levantar los ojos» encierra
en sí toda una pedagogía del encuentro.
Jesús nos enseña que toda relación auténtica comienza
con este movimiento primordial de apertura confiada a la realidad del otro. No
podemos evangelizar si antes no hemos aprendido a ver, y no podemos ver
verdaderamente si no tenemos el valor de levantar la vista de nuestro pequeño
mundo para acoger la amplitud y la complejidad del mundo entero.
En la era de la realidad virtual y de las pantallas que median en cada experiencia, redescubrir la sencillez y la profundidad de este gesto puede suponer una revolución silenciosa pero decisiva.
Educarnos para que aprendamos a «levantar los ojos»
significa aprender a ser personas capaces de una presencia auténtica, de una
relación verdadera, de una contemplación fecunda.
Como escribía Simone Weil, «la atención es la forma más rara
y más pura de la generosidad».
Cuando Jesús alza la mirada, siempre realiza un acto
de generosidad: ofrece su atención como un don, pone a disposición la calidad
de su mirada como un espacio de acogida.
Es esta generosidad contemplativa la que estamos llamados
a dar testimonio y a transmitir. Ojalá aprendamos a levantar la mirada con
confianza hacia el mundo que tanto ha amado y sigue amando Dios hasta
entregarle a su Hijo (cf. Jn 3, 16).
Acabo ya.
«Alzad vuestros ojos y mirad los campos: ya
están maduros para la siega» (Jn 4,35). En estas palabras de Jesús
resuena la invitación permanente que recorre todos los Evangelios: la realidad
es siempre más rica de lo que nuestros ojos cerrados pueden imaginar, pero solo
quien tiene el valor de levantar la mirada puede esperar reconocer su belleza
oculta.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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