Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -
«Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dijo: “¿Qué buscáis?”» (Jn 1,38).
El verbo griego utilizado por el evangelista no indica
un simple «mirar», sino un «observar atentamente», un «contemplar»
que penetra más allá de la superficie inmediata para captar la esencia de lo
que se manifiesta.
Cuando Jesús «ve», no se limita a registrar datos
visuales, sino que entra en una forma de conocimiento que involucra a toda la
persona.
Esta diferencia cualitativa entre el «mirar»
y el «ver» recorre todo el Nuevo Testamento como una distinción
antropológica fundamental.
Los fariseos «miran» pero no «ven» el significado de
las acciones de Jesús; los discípulos a veces «miran» los milagros sin «ver»
su sentido profundo; la multitud «mira» a Jesús en la cruz, pero solo
unos pocos «ven» en ese momento el culmen de la revelación divina.
El ver de Jesús se caracteriza ante todo por su
intensidad. Nunca es una mirada distraída, nunca un ver «de pasada» o «por
ver».
Cuando los Evangelios cuentan que Jesús «ve» a alguien o algo, siempre están describiendo un acto de plena atención, una concentración total de la persona en lo que tiene delante.
Por ejemplo en el episodio de la llamada de Mateo: «Al
pasar de allí, Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado en la aduana, y le
dijo: “Sígueme”» (Mt 9,9).
En este «ver» hay mucho más que un
reconocimiento visual. Hay un acto de penetración que va más allá de la función
social (el publicano), más allá de la reputación pública (el colaboracionista),
más allá de las apariencias externas (el hombre de éxito) para llegar al núcleo
personal: el hombre capaz de conversión, el corazón a la espera de una llamada
auténtica.
Esta intensidad de la mirada tiene un efecto
transformador sobre quien es objeto de ella. Mateo no es simplemente «visto»
por Jesús, sino que es «reconocido» en su verdad más
profunda.
La mirada intensa de Jesús se convierte en revelación
para el otro: le revela quién es realmente, más allá de lo que parece o de lo
que él mismo cree ser.
Para los cristianos esta lección es de importancia
crucial.
En un mundo donde la atención se fragmenta entre mil
estímulos diferentes, donde la multitarea se convierte en la modalidad
existencial dominante, donde a menudo «miramos» a los demás mientras
pensamos en otra cosa, el ejemplo de Jesús nos recuerda la necesidad de una
mirada intensa, concentrada, plenamente presente.
Solo alguien que sabe «ver» verdaderamente a los
demás —no simplemente «mirarlos»— puede esperar alcanzar
esa profundidad relacional que hace posible todo encuentro de gracia.
Otra característica de la mirada de Jesús es su duración.
Los Evangelios suelen subrayar que Jesús «fija
la mirada» en alguien, que «se detiene» a mirar, que no se
conforma con un vistazo rápido, sino que dedica tiempo a su mirada.
Esta temporalidad prolongada de la mirada contrasta
dramáticamente con la velocidad frenética que caracteriza a nuestro tiempo.
El episodio del joven rico es paradigmático: «Entonces
Jesús fijó la mirada en él, lo amó y le dijo: “Una sola cosa te falta: vete,
vende lo que tienes y dáselo a los pobres”» (Mc 10,21).
Ese «fijó la mirada» indica una pausa, un
tiempo dedicado, una atención que no tiene prisa por llegar a conclusiones. Solo
tras esta mirada prolongada surge el amor reconocido, y solo tras el amor surge
la palabra que indica el camino.
Esta secuencia temporal —ver, amar, hablar— sugiere
una pedagogía de la paciencia que contrasta con la impaciencia contemporánea.
A menudo pretendemos «conocer» inmediatamente a
los demás, tener claro de inmediato quiénes son y qué necesitan. El ejemplo de
Jesús sugiere, en cambio, que el conocimiento auténtico del otro requiere
tiempo, requiere esa forma de «derroche» temporal que es la
contemplación prolongada.
En el mundo digital, donde todo ocurre a la velocidad
de un clic, donde las relaciones se consumen en la rapidez de un mensaje, formarse
en la duración de la mirada se convierte en una tarea fundamental.
Significa aprender que no se puede conocer a las
personas a través de un perfil en las redes sociales, que el amor auténtico
requiere tiempo, que la comprensión profunda de uno mismo y de los demás
necesita esa lentitud que nuestra época ha olvidado.
La mirada de Jesús nunca se detiene en la superficie
de las cosas. Es siempre una mirada que penetra, que va más allá de las
apariencias inmediatas para alcanzar lo que podríamos llamar la «verdad»
de las personas y las situaciones.
Cuando Jesús ve a Natanael que se acerca, no se limita
a registrar su aspecto físico o su actitud exterior: «He aquí un verdadero israelita en
quien no hay falsedad» (Jn 1,47). Este reconocimiento inmediato de la
cualidad espiritual de Natanael deja atónito al interesado: «¿De
dónde me conoces?». La respuesta de Jesús revela la naturaleza de este
ver profundo: «Antes de que Felipe te
llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera» (Jn 1,48).
Ese «ver bajo la higuera» no es simplemente
una percepción visual a distancia, sino una forma de conocimiento que
trasciende las categorías espacio-temporales ordinarias.
Es un ver que alcanza la interioridad de la persona,
que reconoce las disposiciones del corazón, que capta la autenticidad
espiritual más allá de las mediaciones exteriores.
Esta profundidad de la mirada tiene raíces teológicas
precisas.
Jesús participa de esa mirada divina que «escudriña
los corazones y los riñones» (Sal 7,10), que conoce a cada criatura desde
dentro, que reconoce en cada ser humano no solo lo que es, sino también lo que
puede llegar a ser.
Su ver humano es transparencia del ver divino.
Quizás el aspecto más característico de la mirada de
Jesús es que nunca es una mirada posesiva. No mira para apropiarse, para
dominar, para reducir al otro a objeto de su propio deseo.
Su mirada es siempre liberadora, siempre respetuosa
con la libertad y la dignidad del otro.
Esta cualidad no posesiva de la mirada emerge claramente
en el encuentro con la mujer samaritana. Jesús «ve» toda la complejidad
de su historia —los cinco maridos, la situación actual—, pero no utiliza este
conocimiento para juzgar o para ponerla en aprietos. Lo utiliza, en cambio,
para abrir un espacio de verdad y de liberación: «Ve a llamar a tu marido y vuelve
aquí» (Jn 4,16). Es una forma de ver que saca a la luz no para
condenar, sino para liberar.
Esta dimensión no posesiva de la mirada es
particularmente importante hoy. A menudo, corremos el riesgo de mirar a los demás
con ojos que, aunque animados por buenas intenciones, son en realidad
posesivos: queremos que se conviertan en lo que nosotros deseamos, los vemos en
función de nuestros proyectos sobre ellos, los reducimos a objetos que moldear
según nuestras expectativas...
La mirada de Jesús enseña una forma diferente: ver al
otro tal y como es realmente, reconocer su auténtico potencial (no el que
proyectamos sobre él), respetar su libertad incluso cuando elige caminos que
nosotros no habríamos elegido.
El joven rico se marcha «entristecido» tras el encuentro con Jesús, pero el texto no dice que Jesús lo persiga o insista. Su mirada amorosa incluye también el respeto por la libertad de rechazo.
Hay en los Evangelios una dinámica misteriosa pero
constante: cuando Jesús ve verdaderamente a alguien, esa persona inicia un
proceso de transformación. No porque Jesús imponga un cambio desde fuera, sino
porque su mirada auténtica despierta en el otro la conciencia de su propia
verdad más profunda.
Zaqueo, subido al sicómoro, es «visto» por Jesús en medio
de la multitud: «Alzó la vista y le dijo: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy debo
quedarme en tu casa”» (Lc 19,5). Esa mirada y ese llamarle por su
nombre desencadenan en Zaqueo una transformación inmediata: «“Mira,
Señor, daré la mitad de lo que tengo a los pobres y, si he robado a alguien, le
devolveré cuatro veces tanto”» (Lc 19,8). ¿Qué ha sucedido?
La mirada de Jesús reconoció en Zaqueo no al pecador
público que todos veían, sino al hombre capaz de conversión que se ocultaba
tras la máscara social. Este reconocimiento liberó en Zaqueo un potencial de
bien que quizá ni él mismo sabía que poseía.
Esta dinámica transformadora de la mirada abre
perspectivas extraordinarias. Significa que nuestra forma de ver nunca es
neutra: puede ser una mirada que bloquea y que etiqueta («es así y nunca cambiará»),
o puede ser una mirada que libera y que llama a la existencia («hay
en él mucho más de lo que parece»).
¿Cómo se educa en este tipo de mirada? ¿Cómo se puede
formar esa cualidad de ver que se reconoce en Jesús?
La tradición espiritual cristiana siempre ha sabido
que la mirada, como cualquier facultad humana, necesita purificación y
educación.
En primer lugar, hay que liberarse de lo que los Padres del desierto llamaban «philautia»: el amor propio que distorsiona la percepción haciendo que todo se vea en función de las propias necesidades y deseos. Solo una mirada liberada del egocentrismo puede esperar ver al otro verdaderamente tal como es.
En segundo lugar, es necesario educarse en la
contemplación, en esa forma de atención que sabe detenerse ante el misterio sin
la prisa de reducirlo a categorías ya conocidas. La contemplación es lo
contrario de la curiosidad: mientras que la curiosidad quiere poseer al otro a
través del conocimiento, la contemplación quiere acoger al otro respetando su
misterio.
Por último, hay que cultivar lo que San Pablo llama «ágape»:
el amor que busca el bien del otro y no su propio beneficio. Solo una mirada
animada por el amor puede esperar ver en el otro las potencialidades de bien
que esperan ser reconocidas y llamadas a la existencia.
Se trata, pues, de aprender a ver con los ojos de Jesús
«Bienaventurados
los de corazón puro, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Esta
bienaventuranza no se refiere solo a la visión escatológica, sino también a la
capacidad de reconocer a Dios presente en la historia, oculto en los rostros de
las personas con las que nos encontramos cada día.
Quien ha aprendido a ver con ojos purificados por el
amor es capaz de reconocer en cada persona el reflejo de la imagen divina. Éste
es el mayor desafío: aprender a ver a cada persona con los mismos ojos de Jesús,
reconocer en cada persona no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a
ser si la semilla de infinito que lleva en su interior es reconocida, respetada
y alimentada con paciencia y dedicación.
En un mundo que tiende a reducir a las personas a
funciones, a estadísticas, a categorías, redescubrir la cualidad contemplativa
y transformadora de la mirada cristiana puede representar una revolución
antropológica silenciosa pero decisiva.
Porque, como nos recuerda Romano Guardini, «el
amor verdadero comienza siempre con un acto de reconocimiento: solo quien sabe
ver al otro verdaderamente puede esperar amarlo auténticamente».
En el amor, la mirada se purifica y se vuelve capaz de
esa ternura que sabe ver la belleza incluso donde otros solo ven problemas.
Esta es la mirada que Jesús dirige a cada persona: una mirada benevolente, mansa
y penetrante, que reconoce en cada criatura el reflejo de la gloria divina.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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