Gestos de resurrección
Hay imágenes que me impactan como un fragmento vivo de la cruz: dolor inocente, fragilidad extrema, entrega total. Al igual que el Viernes Santo, éste parece un tiempo suspendido en el dolor.
Sin ilusiones. En las antípodas de cualquier
“buenismo”. Hay una realidad dura y verdadera. En este ritmo doloroso de
acontecimientos, en algunos momentos incluso inquietante, quisiera que hubiera algo
que me hablara de resurrección: de una fuerza de vida que resista al dolor.
Al observar esta parte de la realidad, me viene a la
mente aquella expresión de Max Horkheimer: La
nostalgia de lo totalmente otro.
Filósofo marxista heterodoxo, Marx Horkheimer quería expresar
una profunda crítica a la razón instrumental. Según él, la racionalidad moderna
se ha transformado en un pensamiento técnico y calculador, incapaz de responder
a las preguntas éticas y espirituales.
Y Marx Horkheimer exploraba el deseo humano de algo
que trascienda el mundo tal y como es: un «totalmente otro» capaz de devolver
el sentido a la vida y a la justicia.
Para él, declarado no creyente, la nostalgia y la
necesidad de postular la resurrección eran expresiones de una tensión ética: el
ser humano no puede aceptar el mal y el sufrimiento como actos definitivos y
últimos.
De ese modo Marx Horkheimer trataba de mostrar así que
la filosofía puede servir para resistir al cinismo y mantener viva la
esperanza, conservando la idea de que el mal no tiene la última palabra.
En esos pensamientos, me venía a la mente un texto, potente y personal.
Me refiero a un escrito de un gran (y lamentablemente olvidado)
filósofo cristiano: Emmanuel Mounier: Cartas
desde el dolor.
Siempre he aconsejado su lectura. Lo hago también
ahora. Es el libro, escrito al enfrentarse, como creyente, a la gravísima
enfermedad de su hija Françoise, afectada por encefalitis y que permaneció en
estado vegetativo toda su vida.
Emmanuel Mounier mostraba cómo el dolor de los vínculos
más profundos —como por ejemplo en su caso el dolor de una hija— nunca es solo
una tragedia privada, sino una escuela de presencia, cuidado y responsabilidad.
El dolor inocente, el amor que no cede, la fidelidad a
la vida,…, se convierten en un testimonio concreto de que incluso el
sufrimiento más puro puede atravesarse sin perder dignidad y esperanza.
Y es precisamente aquí, en la profundidad del vínculo
con quien sufre, donde se abre la clave de la resurrección: no como una promesa
abstracta, sino como una posibilidad viva, tangible, que transforma el dolor en
luz.
Emmanuel Mounier nos podría recordar que el dolor
nunca es un fin en sí mismo. Cuando se acoge, se custodia, se ama, el dolor se
convierte en semilla de vida nueva, promesa de redención y esperanza radical.
Y en este sentido, la Pascua nos habla de verdades profundas: como escribe Dietrich Bonhoeffer, Jesús no nos libera del dolor, sino en el dolor.
El misterio pascual nos muestra que incluso el
sufrimiento más doloroso y punzante —el de Françoise, el del Inocente, y el de
tantos desesperados de nuestro tiempo— puede ser atravesado.
La vida, el amor y la justicia nunca son vencidos por
la muerte. El dolor inocente se convierte en lugar de revelación, el gesto de
amor se convierte en oración viva, y la resurrección se muestra como esperanza
concreta que transforma la fragilidad en fuerza, la cruz en luz.
Todo esto lo pienso y lo escribo en voz baja. Sin
retórica. Seguramente mis palabras hasta podrían tener alguna verdad si fueran
acompañadas por los gestos de atención, de cuidado de empatía… y que son gestos
de resurrección (por eso el título de esta reflexión).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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