viernes, 6 de febrero de 2026

¿Qué idea del amor hemos seguido contando?

¿Qué idea del amor hemos seguido contando?

Una reflexión sobre el fenómeno de los feminicidios y el sistema cultural que los genera. ¿Cómo puede ayudarnos el Evangelio a definir una masculinidad sana?

 

Cada vez que una mujer es asesinada por un hombre que decía amarla, nos enfrentamos a una derrota y a un desafío. Porque si es cierto que el feminicidio es el resultado extremo de relaciones enfermas, también es cierto que esas relaciones crecen dentro de un imaginario compartido, dentro de símbolos y modelos de amor y fuerza que todos hemos respirado.

 

Ya conocemos las cifras. Cada año mujeres son asesinadas por su pareja o expareja. Se trata de una violencia que nace dentro del hogar, dentro de la relación, dentro de lo que debería ser un lugar sagrado de cuidado. Este dato, más que ningún otro, desmonta la narrativa de la excepcionalidad y nos obliga a mirar la normalidad, que es lo que más miedo da.

 

Por eso, hablar de feminicidio significa hablar de masculinidad. No de los hombres como tales, sino de los modelos de masculinidad que nuestra cultura sigue produciendo y legitimando.

 

El término «masculinidad tóxica» se malinterpreta a menudo, sobre todo en entornos conservadores, como un ataque ideológico contra los hombres.

 

En realidad, es una categoría descriptiva, no moral: indica un conjunto de rasgos culturales que asocian la identidad masculina con el control, el dominio, la represión emocional y la incapacidad de gestionar el rechazo y la pérdida.



Somos el resultado de la cultura a la que pertenecemos y de muchas otras influencias que nos moldean. No se nace violento: se llega a ser incapaz de soportar la frustración.

 

Y cuando el amor se confunde con la posesión, el rechazo se vive como una amenaza existencial.

 

Muchos feminicidios se producen tras una separación, una decisión autónoma de la mujer. Es ahí donde se derrumba el castillo simbólico: el hombre que ha construido su identidad sobre el control de la otra persona no soporta el vacío y transforma el dolor en violencia.

 

Los movimientos feministas tuvieron el valor de decir todo esto claramente cuando aún era indecible.

 

Demostraron que la violencia no es un accidente, sino el resultado de ciertos modelos relacionales. Construyeron respuestas colectivas: centros antiviolencia, redes de mujeres, prácticas de autodefensa, presión política, cambios legislativos.

Sin este trabajo, hoy estaríamos mucho, mucho más atrasados.

 

Sin embargo, también aquí queda una pregunta abierta: ¿qué tipo de masculinidad queremos promover?



La crítica es necesaria, pero si se queda sola corre el riesgo de dejar escombros, y sobre los escombros crecen fácilmente modelos regresivos, nostalgias autoritarias, masculinidad peligrosa disfrazada de tradición.

 

No podemos limitarnos a decirles a los hombres lo que no deben ser; hay que decirles lo que deben ser.

 

Aquí el Evangelio no es un añadido espiritual, sino un excelente criterio radical. Porque el Evangelio no confirma ninguna masculinidad dominante, sino que, por el contrario, las desmonta todas.

 

En los Evangelios, la fuerza nunca se asocia con el dominio: cada vez que alguien intenta imponerse sobre los demás, Jesús da la vuelta a la situación. Lava los pies, calla ante el poder, rechaza la violencia incluso cuando podría legitimarla, se sacrifica por el bien de los demás.

 

El amor, en el lenguaje evangélico, no es posesión, sino servicio. No es coaccionar al otro, sino querer su bien incluso cuando nos cuesta a nuestro ego. Proteger no significa decidir por alguien, sino asumir muchas responsabilidades, apartar el propio ego, servir al otro, custodiar, acompañar.

 

El panorama cultural actual promueve, por un lado, una masculinidad depredadora y cosificadora, para uno mismo y para el otro, y, por otro lado, una masculinidad que aglutina aspectos naturalmente positivos y culturalmente desviados, como respuesta radical al modelo dominante.

 

Pero la masculinidad sana no puede ser frágil, sino que requiere una gran fuerza. No necesitar dominar para existir no es en absoluto un signo de debilidad.



Uno de los grandes equívocos teológicos es haber pedido sacrificio a quienes ya eran vulnerables. En el Evangelio, en cambio, el sacrificio siempre se pide a quienes tienen más poder. «Amar como Jesús» significa despojarse de los propios privilegios, aceptar que nada ni nadie nos pertenece.

 

Una masculinidad bella y sana acepta esta pérdida sin convertirla en venganza, y protege lo que está bajo su protección.

 

Si el feminicidio es también un problema cultural, entonces también concierne a la Iglesia. No porque la Iglesia sea «culpable», sino porque es responsable de los modelos simbólicos que transmite.

 

Promover una masculinidad sana no significa edulcorar la violencia, sino trabajar para que cambie y ocurra menos. Significa dejar de bendecir el control llamándolo protección.

 

El Evangelio no pide hombres débiles, ni pide hombres violentos. Pide hombres fuertes, sabios, altruistas, que pongan en práctica el amor a través del servicio, la protección a través de la custodia y no de la posesión.

 

Quizás, la pregunta que hay que hacerse no es «¿era un monstruo?» o «¿qué falló en esas relaciones?», sino: «¿qué idea del amor hemos seguido contando?».



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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