¿Qué idea del amor hemos seguido contando?
Una reflexión sobre el fenómeno de los feminicidios y el sistema cultural que los genera. ¿Cómo puede ayudarnos el Evangelio a definir una masculinidad sana?
Cada vez que una mujer es asesinada por un hombre que
decía amarla, nos enfrentamos a una derrota y a un desafío. Porque si es cierto
que el feminicidio es el resultado extremo de relaciones enfermas, también es
cierto que esas relaciones crecen dentro de un imaginario compartido, dentro de
símbolos y modelos de amor y fuerza que todos hemos respirado.
Ya conocemos las cifras. Cada año mujeres son
asesinadas por su pareja o expareja. Se trata de una violencia que nace dentro
del hogar, dentro de la relación, dentro de lo que debería ser un lugar sagrado
de cuidado. Este dato, más que ningún otro, desmonta la narrativa de la
excepcionalidad y nos obliga a mirar la normalidad, que es lo que más miedo da.
Por eso, hablar de feminicidio significa hablar de
masculinidad. No de los hombres como tales, sino de los modelos de masculinidad
que nuestra cultura sigue produciendo y legitimando.
El término «masculinidad tóxica» se malinterpreta a
menudo, sobre todo en entornos conservadores, como un ataque ideológico contra
los hombres.
En realidad, es una categoría descriptiva, no moral:
indica un conjunto de rasgos culturales que asocian la identidad masculina con
el control, el dominio, la represión emocional y la incapacidad de gestionar el
rechazo y la pérdida.
Somos el resultado de la cultura a la que pertenecemos
y de muchas otras influencias que nos moldean. No se nace violento: se llega a
ser incapaz de soportar la frustración.
Y cuando el amor se confunde con la posesión, el
rechazo se vive como una amenaza existencial.
Muchos feminicidios se producen tras una separación,
una decisión autónoma de la mujer. Es ahí donde se derrumba el castillo
simbólico: el hombre que ha construido su identidad sobre el control de la otra
persona no soporta el vacío y transforma el dolor en violencia.
Los movimientos feministas tuvieron el valor de decir
todo esto claramente cuando aún era indecible.
Demostraron que la violencia no es un accidente, sino
el resultado de ciertos modelos relacionales. Construyeron respuestas
colectivas: centros antiviolencia, redes de mujeres, prácticas de autodefensa,
presión política, cambios legislativos.
Sin este trabajo, hoy estaríamos mucho, mucho más
atrasados.
Sin embargo, también aquí queda una pregunta abierta:
¿qué tipo de masculinidad queremos promover?
La crítica es necesaria, pero si se queda sola corre el riesgo de dejar escombros, y sobre los escombros crecen fácilmente modelos regresivos, nostalgias autoritarias, masculinidad peligrosa disfrazada de tradición.
No podemos limitarnos a decirles a los hombres lo que
no deben ser; hay que decirles lo que deben ser.
Aquí el Evangelio no es un añadido espiritual, sino un
excelente criterio radical. Porque el Evangelio no confirma ninguna
masculinidad dominante, sino que, por el contrario, las desmonta todas.
En los Evangelios, la fuerza nunca se asocia con el
dominio: cada vez que alguien intenta imponerse sobre los demás, Jesús da la
vuelta a la situación. Lava los pies, calla ante el poder, rechaza la violencia
incluso cuando podría legitimarla, se sacrifica por el bien de los demás.
El amor,
en el lenguaje evangélico, no es posesión, sino servicio. No es coaccionar al
otro, sino querer su bien incluso cuando nos cuesta a nuestro ego. Proteger no
significa decidir por alguien, sino asumir muchas responsabilidades, apartar el
propio ego, servir al otro, custodiar, acompañar.
El panorama cultural actual promueve, por un lado, una
masculinidad depredadora y cosificadora, para uno mismo y para el otro, y, por
otro lado, una masculinidad que aglutina aspectos naturalmente positivos y
culturalmente desviados, como respuesta radical al modelo dominante.
Pero la masculinidad sana no puede ser frágil, sino
que requiere una gran fuerza. No necesitar dominar para existir no es en
absoluto un signo de debilidad.
Uno de los grandes equívocos teológicos es haber pedido sacrificio a quienes ya eran vulnerables. En el Evangelio, en cambio, el sacrificio siempre se pide a quienes tienen más poder. «Amar como Jesús» significa despojarse de los propios privilegios, aceptar que nada ni nadie nos pertenece.
Una masculinidad bella y sana acepta esta pérdida sin
convertirla en venganza, y protege lo que está bajo su protección.
Si el feminicidio es también un problema cultural,
entonces también concierne a la Iglesia. No porque la Iglesia sea «culpable»,
sino porque es responsable de los modelos simbólicos que transmite.
Promover una masculinidad sana no significa edulcorar
la violencia, sino trabajar para que cambie y ocurra menos. Significa dejar de
bendecir el control llamándolo protección.
El Evangelio no pide hombres débiles, ni pide hombres
violentos. Pide hombres fuertes, sabios, altruistas, que pongan en práctica el
amor a través del servicio, la protección a través de la custodia y no de la
posesión.
Quizás, la pregunta que hay que hacerse no es «¿era un
monstruo?» o «¿qué falló en esas relaciones?», sino: «¿qué idea del amor hemos
seguido contando?».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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