La política
en manos del delirio paranoico
Solamente su pretendida «moralidad» y su iluminada «mente» limitan el ejercicio de su poder. ¿Delirio paranoico? Puede ser, pero eso no quita que todo ello contenga una verdad de orden metafísico que trasciende el plano de la mera psicopatología.
Esto me lleva al corazón de la actualidad política. Me
ayuda a comprender por qué, cuando me levanto por la mañana y leo las noticias,
siempre tengo la clara percepción de que el «mundo» se acerca a su fin o, tal
vez, que ya ha terminado, y que a mi inteligencia no le queda más remedio que
tomar nota de ello.
Hubo un «mundo» que fue sido generado en 1789 por la
Revolución Francesa. Me refiero a aquel mundo que había encontrado en la
trinidad «libertad, igualdad, fraternidad» su consigna.
Aquella trinidad revolucionaria no enumeraba valores obscenos
sino que establecía el vínculo indisoluble que une la libertad a la igualdad e
identificaba su premisa trascendental en la fraternidad (así entendió ese
mensaje revolucionario el Papa Francisco, en la Encíclica Fratelli tutti,
que sigue siendo, hasta hoy, uno de los manifiestos actuales más sólidos de
política).
No hay libertad sin igualdad, ni igualdad sin
libertad, ni igualdad libre sin el supuesto de una fraternidad extendida a toda
la humanidad, extendida, en definitiva, también a los de «otro color que el
blanco».
Esta parte del mundo quedó fijada en esos ejes que se
mantuvieron hasta ayer: no importa cuánta hipocresía hubiera, cuán ideológica
fuera esa pretensión, cuánta podredumbre y cuánta violencia ocultara, de hecho
se estableció el ideal regulador de la Historia, el camino accidentado pero de
alguna manera ineludible que la humanidad, para ser fiel a su esencia, debería
haber recorrido.
Lo que, consternados, estamos presenciando hoy, incluso
a una escala planetaria quizás aún mayor, es la disolución manifiesta,
explícita e intencionada de aquella trinidad fundacional de «libertad,
igualdad, fraternidad».
En el nuevo orden político, el único límite al poder
lo dan ahora la «moralidad» y la «mente» de quien lo ejerce como poder
(legitimado en su mayor parte por el voto popular).
Dicho ‘en román paladino’, el poder se deja
enteramente a la libertad del sujeto soberano, está en su «facultad», dispone
de él según sus criterios subjetivos (este es el sentido de la referencia a la
«moralidad» y a la «mente»). La libertad se desvincula así de su nexo con la
igualdad y la fraternidad y se establece como fundamento exclusivo del poder.
El nexo con la igualdad y la fraternidad era sin duda
hipócrita: ¡cuántos crímenes horrendos se han cometido en nombre de la
libertad, la igualdad y la fraternidad! ¡Cuánta injusticia se ha enmascarado en
las instituciones democráticas libres! Pero, el vínculo era vinculante en el
plano del discurso público, debía aceptarse a priori para poder legitimarse
para decidir (y ser reconocido) en la esfera política.
Liberada de su vínculo con la igualdad y la
fraternidad, una libertad abstracta, irracional, muy parecida al «capricho», se
ha convertido así en criterio y fundamento.
Juvenal, un poeta satírico del siglo I d. C., ponía en boca
de una matrona romana, como signo de su libertinaje, una famosa frase: Hoc
volo, sic iubeo. Sit pro ratione voluntas - Lo quiero, así lo mando, baste mi voluntad como razón -.
Esto significa convertir el libre albedrío en la
instancia suprema, la «razón» misma de la realidad. El intelecto solo debe
subordinarse y proporcionar los medios necesarios para la realización de esa
libre voluntad: una arbitrariedad soberanamente libre, precisamente ese
fantasma de la libertad que algunos ya identificaban como la raíz del mal.
Y así estamos, casi como impertérritos, asistiendo a esa manera de entender y de hacer política que considera un atentado contra la libertad cualquier limitación de una arbitrariedad caprichosa en aras de un supuesto bien común.
Tal vez alguien pensará que el mundo está cambiando a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Y también en ese cambio hasta quizá se borra el recuerdo de cómo era aquel viejo mundo que estamos perdiendo, de cómo nació, de lo que representó. Me refiero, en concreto y en nuestro caso, el paso de la dictadura franquista a la democracia.
Y lo pienso ahora, cuando en unos meses recordaremos los 90 años de una guerra civil, la última de una lista de guerras civiles, cuyo desenlace dio comienzo a 36 años de la mencionada dictadura franquista.
La muerte del dictador, vamos camino de los 51 años, dio pie a abrir las puertas de cambios trascendentales. No sé si la nuestra fue una Constitución avanzada. Pero seguramente sí estaba destinada, para una mayoría de la población, a impedir el retorno de un pasado de muerte y a comenzar a andar hacia otro futuro de más esperanza.
Entendámonos, las sombras negras siempre amenazaron ese cambio. Basta recordar la fecha del 23 de febrero de 1981, y el intento de un nuevo golpe de estado. Y se podría seguir durante mucho tiempo en una lista necesariamente parcial de intentos de restauración del anterior régimen a nuestra democracia.
A pesar de ello, los principios más democráticos han tratado de permanecer vivos y seguir siendo puntos firmes, incluso cuando se han incumplido.
Pero, una política en manos del delirio paranoico hasta puede poner en el punto de mira la erosión paulatina, o el ataque flagrante y frontal, contra aquellos fundamentos y principios democráticos que nos dimos.
Tal vez, y ahora que nos acercamos al 90
aniversario del golpe franquista de estado que dio pie a una guerra civil, y a
tantos años de dictadura, sea necesario al menos recordar aquellos fundamentos
y principios democráticos para poder volver a seguir imaginando un futuro democrático al que algunos no queremos renunciar... por mucho que lo digan esos paranoicos con sus delirios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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