lunes, 16 de febrero de 2026

La política en manos del delirio paranoico.

La política en manos del delirio paranoico


Solamente su pretendida «moralidad» y su iluminada «mente» limitan el ejercicio de su poder. ¿Delirio paranoico? Puede ser, pero eso no quita que todo ello contenga una verdad de orden metafísico que trasciende el plano de la mera psicopatología.

 

Esto me lleva al corazón de la actualidad política. Me ayuda a comprender por qué, cuando me levanto por la mañana y leo las noticias, siempre tengo la clara percepción de que el «mundo» se acerca a su fin o, tal vez, que ya ha terminado, y que a mi inteligencia no le queda más remedio que tomar nota de ello.

 

Hubo un «mundo» que fue sido generado en 1789 por la Revolución Francesa. Me refiero a aquel mundo que había encontrado en la trinidad «libertad, igualdad, fraternidad» su consigna.

 

Aquella trinidad revolucionaria no enumeraba valores obscenos sino que establecía el vínculo indisoluble que une la libertad a la igualdad e identificaba su premisa trascendental en la fraternidad (así entendió ese mensaje revolucionario el Papa Francisco, en la Encíclica Fratelli tutti, que sigue siendo, hasta hoy, uno de los manifiestos actuales más sólidos de política).

 

No hay libertad sin igualdad, ni igualdad sin libertad, ni igualdad libre sin el supuesto de una fraternidad extendida a toda la humanidad, extendida, en definitiva, también a los de «otro color que el blanco».

 

Esta parte del mundo quedó fijada en esos ejes que se mantuvieron hasta ayer: no importa cuánta hipocresía hubiera, cuán ideológica fuera esa pretensión, cuánta podredumbre y cuánta violencia ocultara, de hecho se estableció el ideal regulador de la Historia, el camino accidentado pero de alguna manera ineludible que la humanidad, para ser fiel a su esencia, debería haber recorrido.

 

Lo que, consternados, estamos presenciando hoy, incluso a una escala planetaria quizás aún mayor, es la disolución manifiesta, explícita e intencionada de aquella trinidad fundacional de «libertad, igualdad, fraternidad».

 

En el nuevo orden político, el único límite al poder lo dan ahora la «moralidad» y la «mente» de quien lo ejerce como poder (legitimado en su mayor parte por el voto popular).

 

Dicho ‘en román paladino’, el poder se deja enteramente a la libertad del sujeto soberano, está en su «facultad», dispone de él según sus criterios subjetivos (este es el sentido de la referencia a la «moralidad» y a la «mente»). La libertad se desvincula así de su nexo con la igualdad y la fraternidad y se establece como fundamento exclusivo del poder.

 

El nexo con la igualdad y la fraternidad era sin duda hipócrita: ¡cuántos crímenes horrendos se han cometido en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad! ¡Cuánta injusticia se ha enmascarado en las instituciones democráticas libres! Pero, el vínculo era vinculante en el plano del discurso público, debía aceptarse a priori para poder legitimarse para decidir (y ser reconocido) en la esfera política.

 

Liberada de su vínculo con la igualdad y la fraternidad, una libertad abstracta, irracional, muy parecida al «capricho», se ha convertido así en criterio y fundamento.

 

Juvenal, un poeta satírico del siglo I d. C., ponía en boca de una matrona romana, como signo de su libertinaje, una famosa frase: Hoc volo, sic iubeo. Sit pro ratione voluntas - Lo quiero, así lo mando, baste mi voluntad como razón -.

 

Esto significa convertir el libre albedrío en la instancia suprema, la «razón» misma de la realidad. El intelecto solo debe subordinarse y proporcionar los medios necesarios para la realización de esa libre voluntad: una arbitrariedad soberanamente libre, precisamente ese fantasma de la libertad que algunos ya identificaban como la raíz del mal.

 

Y así estamos, casi como impertérritos, asistiendo a esa manera de entender y de hacer política que considera un atentado contra la libertad cualquier limitación de una arbitrariedad caprichosa en aras de un supuesto bien común.


Tal vez alguien pensará que el mundo está cambiando a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Y también en ese cambio hasta quizá se borra el recuerdo de cómo era aquel viejo mundo que estamos perdiendo, de cómo nació, de lo que representó. Me refiero, en concreto y en nuestro caso, el paso de la dictadura franquista a la democracia. 


Y lo pienso ahora, cuando en unos meses recordaremos los 90 años de una guerra civil, la última de una lista de guerras civiles, cuyo desenlace dio comienzo a 36 años de la mencionada dictadura franquista.


La muerte del dictador, vamos camino de los 51 años, dio pie a abrir las puertas de cambios trascendentales. No sé si la nuestra fue una Constitución avanzada. Pero seguramente sí estaba destinada, para una mayoría de la población, a impedir el retorno de un pasado de muerte y a comenzar a andar hacia otro futuro de más esperanza.

Entendámonos, las sombras negras siempre amenazaron ese cambio. Basta recordar la fecha del 23 de febrero de 1981, y el intento de un nuevo golpe de estado. Y se podría seguir durante mucho tiempo en una lista necesariamente parcial de intentos de restauración del anterior régimen a nuestra democracia. 

A pesar de ello, los principios más democráticos han tratado de permanecer vivos y seguir siendo puntos firmes, incluso cuando se han incumplido.

Pero, una política en manos del delirio paranoico hasta puede poner en el punto de mira la erosión paulatina, o el ataque flagrante y frontal, contra aquellos fundamentos y principios democráticos que nos dimos.

Tal vez, y ahora que nos acercamos al 90 aniversario del golpe franquista de estado que dio pie a una guerra civil, y a tantos años de dictadura, sea necesario al menos recordar aquellos fundamentos y principios democráticos para poder volver a seguir imaginando un futuro democrático al que algunos no queremos renunciar... por mucho que lo digan esos paranoicos con sus delirios. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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