¡Feliz Cuaresma!
A menudo se acusa a la Iglesia católica de haber inventado el sentido de la culpa como instrumento de poder para oprimir al pueblo.
Sin embargo, en realidad es todo lo contrario. Jesús
no solo no inventó el sentido de la culpa, sino que incluso lo abolió.
Por supuesto, lo que se ha abolido no es exactamente
el pecado (¿cómo podría serlo? Equivaldría, nos guste o no, a abolir esa
criatura maravillosa, contradictoria, frágil y magnífica que es el hombre),
sino, precisamente, el sentido de culpa, y se ha abolido porque ha sido
sustituido por otra cosa, una novedad muy moderna y excepcional: el
arrepentimiento.
Hay una gran diferencia entre el sentimiento de culpa
y el arrepentimiento.
El sentimiento de culpa nace, en última instancia, del
orgullo, es un sentimiento de fracaso, la percepción de no haber estado a la
altura de las expectativas, de no haber sabido corresponder a los propios
ideales, a la propia percepción de sí mismo.
En definitiva, es un sentimiento terrible, porque es
imperdonable.
Quien siente la punzada de la culpa se enfrenta al
tribunal más despiadado e inapelable: él mismo. Y no hay forma de escapar de
ese juez, de ese carcelero.
Por eso los judíos, al observar a Jesús, se
preguntaban con asombro: «¿Y quién puede perdonar los pecados?».
Pero Jesús dio la vuelta al esquema: tú no eres
responsable ante una ley, ante un ideal abstracto, ante una ética, más o menos
trascendental.
No, tú eres responsable ante una persona.
Responsable. Es decir, llamado a responder. Porque
responsabilidad viene de “respondeo”.
Y si respondes, significa que hay alguien que te
interroga. No un ordenador, no una entidad abstracta, no un tribunal
impersonal, sino uno, un tú, una persona.
Quien te interroga, quien te obliga a confesar en el
estrado de los testigos, no es la ética, sino un Padre. Es más, si lo miramos
bien, alguien que murió por ti, para salvarte, para poder absolverte.
En tu juicio, el juez, el abogado y el testigo a favor
son la misma persona, ¿cómo podrías ser condenado?
Así, el arrepentimiento se diferencia de la culpa en
esto: no es el dolor por un fracaso, sino mucho más, es el dolor por haber
traicionado la confianza de una persona a la que amamos, el dolor de no haber
sabido amar lo suficiente a cambio.
Pero esto también significa que el perdón es posible,
porque, en definitiva, si en lugar de sentirme culpable, me arrepiento,
entonces estoy ante otra persona, no ante mí mismo.
Bastará entonces una palabra de perdón, una mirada
indulgente, una caricia amable para arreglarlo todo, para devolverme la
confianza de que la relación no se ha roto, de que siempre existe la
posibilidad de regresar.
¡Regreso, qué palabra tan hermosa!
No en vano, «arrepentimiento» en hebreo se dice “Teshuva”, que significa precisamente “regreso”.
Esto es el arrepentimiento, un regreso. Mientras que
el sentimiento de culpa me paraliza, me aplasta en mi propio juicio, el
arrepentimiento me pone en camino, me lleva a cambiar, a crecer, (re)establece
una relación.
Por lo tanto, el tiempo de Cuaresma es un tiempo de
fiesta, no de tristeza.
Es el momento de volver a poner en el centro de
nuestra vida lo esencial (este es el motivo del ayuno), dejando caer todo lo
que nos pesa y nos impide soñar.
Porque con el estómago lleno no se sueña, con el
estómago lleno se tienen pesadillas extrañas.
Es un tiempo de fiesta porque es el tiempo de volver,
de volver al futuro, es decir, de levantarse y de ponerse a caminar decididamente
en esa dirección hacia la que deberíamos haber caminado desde el principio y
que, en cambio, habíamos perdido, desviados por tantas quimeras, esa dirección
que es la de la Casa donde siempre nos han esperado, para la que hemos sido
creados.
Es tiempo de un trabajo gozoso, tiempo de redescubrir
la propia vocación, de volver a la responsabilidad, de aceptar y disfrutar la
llamada del gigantesco Tú que está frente a nosotros.
¡Feliz Cuaresma!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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