Jesús, aprendió siendo tentado, a ser fiel - San Mateo 4, 1-11 -
Hay una forma de contar los días a partir de la noche, tal y como los cuenta el Génesis: «y fue la tarde y fue la mañana»; cada día comienza al atardecer del anterior; y así, cada noche está llena de luz, cada oscuridad contiene ya en sí misma el día.
¡Quién sabe si ocurre lo mismo con la Cuaresma! Puede
ser que, en el fondo, la Cuaresma es así: desde fuera no se ve, pero en su
interior ya hay toda una vida esperando a explotar.
Es el momento en el que se contiene la respiración
antes de que llegue lo bello. La oscuridad de la tierra ya está llena del brote
que está surgiendo y pide florecer.
Qué aroma, qué sabor, qué dulzura, entonces, este
tiempo suspendido, este tiempo de luces tenues, este tiempo de espera, si
sentimos que ya palpita el secreto guardado en su silencio, si ya sentimos como
Amor que presiona la maravilla inminente de su Pascua.
Y, en este suspiro, la primera página del Evangelio
que nos llega nos toma en serio, nos trata como adultos, nos lleva al corazón
del drama de todo: «El tentador se le acercó».
Existe, pues, un Tentador; existe un enemigo: Satanás
es el tentador de las soledades, porque las peores tentaciones llegan allí, en
el desierto, donde muerde la soledad.
Pero lo inaudito es que este enemigo se le acerca a Él, el Hijo de
Dios, el Verbo eterno del Padre, Aquel por quien todo subsiste.
Nada que ver con el nacimiento en el pesebre, nada que
ver tampoco con los insultos, las bofetadas y los escupitajos de los soldados;
no hay humillación, degradación más alta
que esta: el Enemigo tiene poder sobre Él.
Se le acerca, lo lleva a la ciudad santa, lo coloca en el punto más alto del Templo
y luego sobre una montaña altísima: dispone de Él sin que Él oponga
resistencia; se deja llevar, como una presa. Y se dejará llevar aún más abajo,
al final de sus días: «Se apartó de él para volver en el tiempo
señalado» (Lc 4,13).
No hay distancia entre Dios y Satanás, entre el
infierno y el paraíso: es una lucha cuerpo a cuerpo. Y si el Enemigo tiene este
poder sobre Él, ¿qué será de nosotros, tan pequeños?
El Hijo de Dios fue tentado. Y no solo por esta
encantadora solidaridad suya, que quiso conocer desde dentro la fatiga de la
tentación, mucho más grave la nuestra que la suya, que no tenía ninguna
complicidad con el mal, mientras que nosotros, cuánta tenemos.
En el fondo, las tentaciones hasta parecen peticiones
incluso evangélicas: el hambre en el mundo; un mundo cristiano; la paz, por
fin. Pero… Jesús repite «Mis pensamientos no son vuestros
pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos» (cf. Is 55,8). Se lo
dirá también a Pedro, algún tiempo después: «¡Apártate de mí, Satanás, que me
haces tropezar!» (Mt 16,23).
Nosotros, como Pedro, como Satanás, no habríamos
entendido la cruz, no se la habríamos sugerido, la habríamos impedido con todas
nuestras fuerzas. Le habríamos propuesto sacar pan de las piedras, mostrarse
poderoso, tomar todos los reinos del mundo.
Pero Jesús elige quedarse sin pan, aunque tenga
hambre; elige quedarse sin imperios y sin riquezas; se pone del lado de los
pobres, de los que no tienen nada: ese es su lugar. Y es cuando elige ese lugar
cuando, como en una creación renovada, «los ángeles se le acercaron y le servían».
No es fácil comprender a un Dios así. No es fácil comprender un Amor así. No lo entiende el Tentador, que quiere enseñar a Dios cómo se hace de dios. Nosotros tampoco lo entendemos.
Tenemos cuarenta días por delante para intentar
comprenderlo un poco más. Solo cuando la oscuridad se disipe un poco y logremos
comprender, o al menos aceptar, a un Dios que ama y salva así, nuestra Cuaresma sentirá ya el
calor y el aroma de la vida que fluye en su interior hacia el asombro de la
Pascua.
Por el momento, contemplamos cómo Jesús vive la
tentación. No es una prueba de su voluntad. Hay algo más y mucho más profundo.
Jesús se enfrenta a una prueba más radical: debe elegir quién quiere ser y debe
sufrir en su carne al Dios del que es Hijo.
La cuestión no es si consigue o no resistir
heroicamente ante el pan cuando tiene hambre: el problema más radical es ¿qué
Dios es el Dios vivo, el que propone Satanás (es decir, una especie de
proveedor de servicios para el hombre) o un Dios que se hace cargo de todo el
hombre y no solo de sus necesidades inmediatas?
El Tentador propone una ecuación simple e inmediata:
el hombre es en la medida en que satisface todas sus necesidades. Dios es si
está al servicio de las necesidades del hombre.
Jesús cuestiona esta ecuación: existe un orden de
necesidades, y la necesidad de escuchar es lo que realmente humaniza; se puede
ser hombres hambrientos, pero no se es hombre sin hambre de la Palabra de
Dios.
El modelo del Tentador tiene la ventaja de ser extremadamente
simple y lineal. La tentación prevé que Dios debe acreditarse ante el hombre.
Dios debería mostrar sus credenciales. Esquema atávico y peligroso: querríamos
tener garantías antes de correr el riesgo de una relación. Pero Jesús intenta
desactivar este mecanismo.
Cuando la fe se convierte en institución, se puede
caer en las insidiosas trampas del «menos
malo» y del «por el bien».
Tenemos muchos bienes, recursos, riquezas,…, pero lo hacemos por el bien común;
sí, sería bonito ser una Iglesia profética y valiente, arriesgada y en el
límite,…, pero mejor conservar la autoridad y mantener las posiciones ganadas,
es lo menos malo y lo hacemos por el bien común.
El Tentador propone a Jesús el camino del compromiso, como
el camino menos malo o por el bien común. Pero Jesús no elige la versión «menos mala» o «por el bien», sino tomar el difícil camino de la fidelidad desnuda
y desarmada a Dios.
No, la tentación más difícil no es intentar ver si
somos capaces de no comer chocolate durante la Cuaresma. La cuestión más
complicada es intuir quiénes queremos ser ante Dios y si elegimos correr el riesgo
de entrar en relación con Él sin inmunizarnos.
Sí, la cuestión de la fe y del seguimiento se vuelve
más compleja, pero también mucho más estimulante. Es decir, más radical y
verdadera.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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