Los presbíteros también lloran
Tal vez la figura del presbítero a menudo es la de una especie de superhombre que no puede permitirse el cansancio, el dolor y las penas…
Pero un presbítero puede llorar porque vive un momento
en el que tiene la percepción de que el cielo está cerrado, de que su oración
no llega a Dios, de que Dios no tiene tiempo para él.
Y puede llorar. Puede hacerlo por la preocupación de situaciones
presentes en su familia o en las familias de personas queridas para él. En todo caso,
situaciones en las que no consigue o no puede o no sabe intervenir.
Y puede llorar por el cansancio de tantos compromisos,
que intenta cumplir con todas sus energías, pero con la impresión de correr por
todas partes, sin descanso y sin llegar realmente a ninguna parte.
Y puede llorar porque no se siente comprendido, porque
se le trata continuamente como si fuera el hombre iluminado que tiene la
solución a los problemas de todos, sin plantearle nunca la pregunta
fundamental: «¿Cómo estás tú?».
Sí, incluso un presbítero puede estar mal y esto no ocurre, como algunos creen, porque lo tiene «fácil o sencillo».
Duele mucho escuchar comentarios, aunque sean oficialmente en broma, y seguramente con la mejor de las intenciones, como: «¿Qué sabes tú de los problemas de la vida, que eres cura? Si vosotros, los curas, que no tenéis problemas, no estáis contentos, ¿qué deberían decir los demás?...».
Tampoco es mejor la idea de quienes sostienen que el presbítero, al ser un hombre de Dios y de fe, no puede tener dificultades.
Esta concepción
esconde un concepto mágico y peligroso del ministerio presbiteral, como si el presbítero
tuviera una especie de canal preferencial con Dios, gracias al cual, ante la
aparición de un posible problema, tendría inmediatamente su solución, que le
llegaría desde arriba.
Las crisis de los presbíteros, no poco frecuentes,
demuestran que no es así.
Un presbítero que llora o que se encuentra en dificultades... no lo
hace porque quiera ni porque no sepa apreciar lo que tiene, sino porque surge
algo en la vida presbiteral que le obliga a cuestionarse a sí mismo, a
emprender un doloroso camino de discernimiento y, finalmente, a tomar una
decisión.
El presbítero, y es una gran gracia de Dios, también llora porque es un hombre.
La fe, que él custodia y trata de fortalecer diariamente
en la oración, en la celebración de los sacramentos, en la caridad pastoral,…,
no es un antídoto contra el cansancio de la vida y los dramas que esta
presenta, sino el don de Dios que permite que incluso el desierto se convierta
en camino.
Pero hay que afrontar el tiempo del desierto y las
lágrimas caen con abundancia.
Quizás, a nivel eclesial, después de tanta
sobreexposición de planes, programas, proyectos,…, sea necesario preguntarse
seriamente cómo están los presbíteros, y hablar sin miedo ni vergüenza de las
dificultades que se encuentran en la vida presbiteral.
Sí, decimos que los presbíteros son «hombres de Dios». Una bella expresión.
Con tal de no olvidar que también, y ante todo, son también simplemente vasijas de barro, es decir, hombres como todo hombre, testigos y portadores de aquel "más u otro" que no les pertenece.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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