lunes, 12 de enero de 2026

El árbol de la vida.

El árbol de la vida 

Afrontamos la muerte de los demás con miedo, dolor, tristeza, resignación, ira,… Y, si además, los que mueren son jóvenes, y además de forma trágica, parecemos carecer del sentimiento adecuado para afrontar una realidad que interrumpe el curso «natural» de la vida: los hijos no deberían morir antes que quienes los han engendrado. 

Existe una palabra para quienes pierden a sus padres - huérfano -, pero no existe una palabra para quienes pierden un hijo. Un vacío emocional y semántico típico del misterio: lo que no se puede nombrar no se puede controlar, nos desconcierta y nos pide que permanezcamos abiertos, que busquemos, que crezcamos… 

La muerte «prematura» revela nuestra concepción cuantitativa de la vida: cuanto más dura, mejor. Pero longevo no es sinónimo de feliz. No necesariamente. También porque la vejez conlleva dolor y fatiga. Aunque tampoco ser joven es sinónimo de ser feliz. Tampoco necesariamente. 

No es cuestión de años, sino de vida en los años. ¿Y cuándo la vida está viva? Cuando no tememos morir, es decir, cuando bebemos de una vida ya eterna, indestructible. ¿Y cómo se llega a este nivel, independientemente de la edad? Cuando se frecuenta el nivel al que pertenece: el espiritual. ¿Qué es? ¿Dónde se encuentra? 

Los animales son pura naturaleza, no tienen vida espiritual, no quieren ser inmortales ni comprender la vida, simplemente viven. En cualquier momento están preparados para morir: el instinto les lleva a hacer exactamente lo que deben. La muerte puede sorprenderlos, pero nunca los pilla desprevenidos, por remordimientos o arrepentimientos. 

En los seres humanos hay algo más. No actuamos por instinto, sino por elección, hasta tal punto que podemos sacrificar nuestra vida para salvar la de otros o incluso quitárnosla, es decir, ir en contra del principio mismo de la naturaleza. 

Esto se debe a que para nosotros vivir no es solo respirar, queremos sentir y comprender la vida, queremos que tenga sentido y verdad, queremos arriesgarla, comprometerla por algo que no sea su mero transcurso, no nos basta con hacerla durar hasta cansarnos. 

En nosotros hay algo más radical que el dictado de la naturaleza - conservarse y reproducirse -, somos «a imagen y semejanza de Dios», por usar las palabras del Génesis, una forma de decir que en nosotros hay una vida espiritual, de la que depende incluso la biológica. 

Hace ya unos años se proyectó una película, El árbol de la vida, en la que una joven pareja pierde a uno de sus tres hijos, muy pequeño. Era allá por el 2011. Al principio, la madre recuerda lo que aprendió de niña: «Hay dos caminos para vivir. El camino de la naturaleza y el camino de la gracia, y tú debes elegir cuál seguir». 

En la película, ella sigue el camino de la gracia, mientras que su marido sigue el de la naturaleza. La gracia pone en primer lugar la capacidad de amar, la naturaleza la de afirmarse. 

Y así entra en escena el hermano mayor del chico fallecido, en crisis desde siempre por ese duelo y dividido entre los dos caminos, como todos nosotros, que tememos a la muerte y nos refugiamos en el control en lugar del amor. El camino de la naturaleza teme a la muerte, el de la gracia no; el primero lucha por no morir, el segundo por amar. 

Y uno recuerda al Padre Zósima de Los hermanos Karamázov: 

«¿Hay que recurrir a la fuerza o al amor humilde? Decídete siempre por el amor humilde. Si te decides por él de una vez por todas, podrás conquistar el mundo entero. La humildad amorosa es una fuerza terrible, la más poderosa de todas, no hay nada que se le pueda igualar». 

No es casualidad que en la película, una de las meditaciones interiores de la madre resuma un pasaje de la novela de Fiódor Dostoievski: 

«Ama a todas las criaturas, a toda la creación como a cada grano de arena. Ama cada hoja, cada rayo divino. Ama a los animales, ama a las plantas, ama todas las cosas. Si amáis todo, en todo captaréis el misterio de Dios. Y una vez que lo hayáis captado, lo comprenderéis cada día más, día tras día. Llegaréis, finalmente, a amar todo el mundo con un amor omnicomprensivo, total». 

Amar como ama Dios es el camino de la gracia, el camino de estar vivo a cualquier edad, y es un don que Dios da a todos, pero que solo se activa en aquellos que deciden libremente recibirlo. Así, un joven de 15 años puede estar más vivo que uno de 85, o viceversa, dependiendo de su vida espiritual, es decir, de convertirse en uno mismo a través del amor y no a través del poder. 

Educamos a los jóvenes para que se afirmen, para que se realicen, es decir, para que se conviertan en «adultos y maduros» a través del «poder», y el poder es «de los grandes», de aquellos que tienen poder sobre las cosas, es decir, los educamos según el paradigma de la técnica: producirse, ser auto-eficientes, ser-autosuficientes, darse la vida a sí mismos, alejar la muerte hasta creer que la hacen desaparecer. 

En cambio, deberíamos educar a las generaciones jóvenes para dar la vida, es decir, para amar todo, lo que permite no temer a la muerte, porque se vive una vida que no es solo la natural. 

¿Cómo no sentir que la vida no nos la hemos dado nosotros mismos, sino que es algo de lo que bebemos y no algo que poseemos? ¿Qué mejor regalo se le puede hacer a un hijo que liberarlo del miedo a morir enseñándole a amar? 

En un momento de la película, a las preguntas de la madre: «Señor, ¿por qué? ¿Dónde estabas? ¿Lo sabías? ¿Quiénes somos para ti? Respóndeme», le siguen las extraordinarias imágenes de la creación acompañadas por las notas de un conmovedor réquiem moderno (el Lacrimosa de Zbigniew Preisner).

La belleza de la creación, transposición visual de la respuesta de Dios a Job en el libro homónimo de la Biblia, citado al comienzo de la película, dice con imágenes: «Confía». 

Te invito a escuchar esa pieza musical del Lacrimosa del Requiem por un amigo por ejemplo en esta versión: https://www.youtube.com/watch?v=az7L-VffHBo 

La belleza da sentido porque muestra que el peso de la existencia no se mide en cantidad de años, sino en amor: estamos vivos si somos amados y amamos. Entonces no importa la edad o quiénes somos para el mundo, sino si estamos vivos, como en el final de la película que no muestra un «más allá», sino un «más dentro»: el hermano mayor, después de tanto vagar y sufrir en el camino de la naturaleza, para la cual la muerte es un muro contra el que se estrella continuamente, elige el camino de la gracia. 

En el exterior, el espectador ve una sonrisa, pero en el interior ve una playa infinita, bañada por la luz sobre la que camina la madre, un espacio interior que nada puede arrebatarle: la vida de Dios en él, que a falta de términos más precisos llamamos «amor». 

Lo dice San Juan en uno de los pasajes potencialmente más revolucionarios de la literatura de todos los tiempos: «Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él» (1 Jn 4), es decir, el amor es el nivel superior de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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