Una Iglesia más laical: una consecuencia de una Iglesia cada vez más minoritaria e irrelevante
Un amigo laico (a propósito de mi reflexión https://www.religiondigital.org/beste_aldera_joan_zen_jesus/Iglesia-Espana-afrontar-conscientes-convertido-minoria-dia-iglesia-diocesana_7_2723797596.html) me ha preguntado cuáles son las responsabilidades y tareas de los laicos hoy en un momento como este. La cuestión es compleja porque el peso de la historia que tenemos detrás es pesado. Muy pesado.
“Hay dos tipos de cristianos. Hay quienes asisten a la liturgia y a la oración y se dedican a la contemplación: les conviene mantenerse alejados de la confusión de las cosas temporales. Estos son los clérigos. De hecho, ‘klêros’ significa “parte elegida” (…). Hay otro tipo de cristianos: los laicos. De hecho, ‘laos’ significa "pueblo". Éstos pueden poseer bienes temporales, casarse, cultivar la tierra, hacer justicia civil, hacer ofrendas y pagar diezmos: y así podrán salvarse, si hacen el bien y evitan los vicios”.
Ese es el “Decreto de Graciano”, una colección jurídica de la Iglesia medieval. Una perspectiva "dual" que, en la Iglesia, duró mucho tiempo. Todavía en 1906, en la encíclica “Vehementer nos” se escribía: “La Iglesia es por naturaleza una sociedad desigual, es decir, compuesta por dos categorías de personas: los Pastores y el Rebaño [...]. Y estas categorías son tan claramente distintas unas de otras [...] que la multitud no tiene otro deber que dejarse guiar y seguir como un rebaño dócil”.
El peso innegable de esta historia ha hecho que cada vez que decimos "Iglesia" la mayoría de la gente piense en el Papa, en los obispos, en los sacerdotes, en el párroco… En el pensamiento común se identifica a la Iglesia con el clero.
¿Y los laicos? Preferimos pensar en ellos como "fieles", no como un súbdito de la Iglesia, sino más bien como el objeto del cuidado del clero: amorosos, ciertamente, pero manteniendo al laico en una perpetua condición infantil.
Sin embargo, incluso en este sentido, el Concilio Vaticano II representó algo nuevo. Por supuesto, es necesario disipar el cliché según el cual todavía hoy se llama al Vaticano II el "Concilio de los Laicos". Se trata de una sugerencia absolutamente infundada, ya que los textos promulgados no revelan un plan completo y orgánico para los laicos desde una perspectiva doctrinal y pastoral, ni los padres conciliares se fijaron tal objetivo. En todo caso, es inevitable que el uso de las categorías de "Pueblo de Dios" y "comunión" conduzcan a favorecer una visión participativa -en virtud del bautismo- del cuerpo eclesial. Por tanto, no hay duda de que la cuestión de los laicos está en el centro de los desafíos pastorales que enfrentan nuestras comunidades cristianas.
Su innegable valorización se produjo sobre todo en términos de su participación activa en el ministerio de la Iglesia como catequistas, animadores litúrgicos y operadores en el campo asistencial. El riesgo es que su compromiso dentro de la Iglesia -que en cualquier caso es indispensable y requiere incluso un trabajo de formación aún más preciso- se siga considerando predominantemente en términos de colaboración y sustitución de la acción del sacerdote. Esta perspectiva favorece y perpetúa un nuevo clericalismo y no permite que la comunidad cristiana se construya como una comunidad de bautizados, de cristianos. Yo diría, incluso, de adultos y maduros en la fe.
Lo veo a menudo paseando por la Diócesis. ¡Cuántos laicos, mujeres y hombres, viven con generosidad su servicio a la comunidad cristiana! Pero qué poco se les valora por lo que realmente son. Sin embargo estoy cada vez más convencido de que el Evangelio será comunicado cuanto más sea narrado por adultos laicos a otros adultos laicos.
Está claro que el párroco sigue siendo responsable del anuncio del Evangelio en la comunidad, pero es impensable que sea el único o el principal. Necesita adultos, solteros y en parejas, a quienes se ayude a animar a otros adultos. Por tanto, es necesario reforzar la elección de una Iglesia ministerial animada por la confianza en los ministerios laicos. Sólo así podremos pasar de una pastoral de conservación a una pastoral capaz de hablar más allá del perímetro, a menudo bien delimitado, de la comunidad eclesial.
Es difícil pensar que personas formadas en una cultura eclesial/eclesiástica de marcdo carácter clericalista, para bien o para mal marcada por una lengua iniciática -la «lengua de la tribu»-, sean capaces de llegar a los hombres y mujeres en el corazón de su profanidad.
Un creyente laico puede hacerlo. Esto hace más urgente la tarea de formar a los laicos llamados a anunciar el Evangelio. Dentro de un “novum” que nacerá lejos de nosotros. Pero que hay que imaginar y preparar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Posdata:
También por eso me ha llamado tanto la atención que la
primera carta pastoral de un Obispo en España, el de San Sebastián para ser más exactos y claros, la haya dedicado y centrado en
los sacerdotes… y no en el Pueblo de Dios… que es todo él sacerdotal… y a cuyo
servicio está el ministerio ordenado… Cortedad de miras, miopía, vista
cansada,..., o una carta interesada por otros motivos...
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