La solidaridad, el puente para salvar la abismal desigualdad
El día 17 de noviembre se celebra la Jornada Internacional de los Pobres. Y, en el trasfondo de esta Jornada, me ha parecido oportuno detenerme, por ejemplo, en una parábola de Jesús que solamente se recoge en el Evangelio de San Lucas. Me refiero a la parábola de Epulón y Lázaro (Lc 16, 19-31).
Hay una fuerza poderosísima en la parábola de Lázaro y el rico indiferente. Una fuerza poderosísima de advertencia y amonestación a los ricos y egocéntricos, una fuerza que permanece obstinadamente a pesar de todos los intentos de domesticar las durísimas palabras de Jesús contra la riqueza; palabras durísimas, narcotizadas con demasiada frecuencia a lo largo de los siglos, interpretadas con demasiada frecuencia de diversas maneras para hacerlas inofensivas. Y, sin embargo, esa Iglesia que no pocas veces ha intentado quitar fuerza a estas advertencias de su Señor, nos ha entregado un Evangelio por el que ella misma es juzgada: ¡admirable custodia y gran acción del Espíritu Santo!
A veces me pregunto: si la jerarquía eclesial hubiera dedicado tantos esfuerzos a condenar la riqueza como los que ha dedicado a la pureza sexual, ¿en qué mundo diferente viviríamos tal vez? Pero esto es historia hipotética, mientras que hoy, en el hic et nunc, este Evangelio nos lleva a recordar que los pobres están ahí, están presentes, y que a los ricos se les reservan juicios casi inapelables. Para un Lázaro que va al Paraíso, nos recuerda el Evangelio, hay un rico Epulón al que se le reserva un lugar terrible, donde habita «atormentado» y desde donde, quizá por primera vez, es capaz de mirar a los demás, al menos a sus vecinos (los «cinco hermanos») y preocuparse por su suerte.
El que no se preocupaba por el pobre mendigo de su puerta, siente ahora la necesidad de evitar a sus hermanos un destino de separación y dolor. Un paso adelante, una maduración humana. Pero la hora ha pasado, el tiempo se ha acabado: al lector le queda la advertencia final de que atienda a las palabras de la Sabiduría de Dios.
Este Evangelio es también, a su modo, un compendio del mensaje de vida de Jesús de Nazaret: pensar en los pobres antes es una invitación a la responsabilidad, no a declarar 'bienaventurados' a los pobres como olvido de conciencia, como distanciamiento consolador. Pensar en los pobres ya hoy, ya en nuestra vida, y no después, cuando todo estará más allá. Fue el pecado del rico Epulón; puede ser el pecado de quien no se hace notar en la sociedad, o el error de quien tiene miedo.
Queda para siempre la admonición del Evangelio: pensar en los pobres antes de asegurarles el Paraíso, y evitar hablar de su primacía, si ésta es una manera de seguir lavando nuestras conciencias y hacernos indiferentes al sufrimiento. Una tentación conocida y siempre dispuesta a engañarnos. Ciertamente la salvación eterna es la meta de todo cristiano: pero sintámonos también responsables de Lázaro, de una «fiebre» de caridad, que se hace compasiva, samaritana, solidaria,…, y que por eso lleva a la santidad.
Todavía tenemos, tal vez, en nuestros oídos y en nuestros corazones la invitación de Jesús, cuando, en el Evangelio, nos pide que hagamos amigos de la riqueza deshonesta, aunque inmediatamente encontramos, también en el mismo Evangelio, a alguien que simplemente no pudo hacerlo.
El hombre rico «Epulón», de hecho este es su apodo en muchas traducciones del evangelio, es de hecho un hombre sin nombre cuya identidad se define, dramáticamente diría yo, sólo por cómo viste y cómo come. Un hombre todo cáscara, podríamos pensar, sin contenido: en definitiva, un «hombre de banquete» y ya está, que viste siempre de gala (púrpura y lino fino) y come todos los días deliciosos manjares de festín. Un hombre desbordante todo por fuera, todo imagen, todo incapaz de ver lo que le rodea, considerándolo todo como menaje de banquete, incluso el pobre Lázaro, que en cambio sí tiene nombre, y además es un nombre importante, pues en hebreo significa «Dios ayuda».
Este pobre hombre, por tanto, precisamente porque está privado de todo, de riqueza, comida y salud, que ni siquiera es capaz de poseer su propia autonomía para mendigar, es en cambio capaz de ser aquel en quien «Dios ayuda». Sin embargo, en realidad es un postrado de la vida, con llagas como indicadores de su extrema pobreza, y sólo tiene como compañía a esos perritos más interesados en lamerle para calmar su dolor que en comer las mismas migajas que podrían compartir juntos de la mesa de su amo.
Pero de las migajas, incluso de un banquete tan abundante y cotidiano, no cae ninguna, ni siquiera accidentalmente. ¿Por qué?, podríamos preguntarnos. ¿Acaso hay también en nuestras vidas «banquetes» cerrados, blindados, que no dejan traslucir ningún atisbo de compartir? ¿Banquetes de valor material, pero no sólo: banquetes afectivos, banquetes de riqueza intelectual, banquetes de dones espirituales? La Madre Teresa solía decir, para prevenirnos contra este riesgo: «Quien en el camino de la vida haya encendido siquiera una antorcha en la hora oscura de alguien, no ha vivido en vano».
La escena de la parábola prosigue, pues, y ambos mueren, y estaríamos tentados de entrar inmediatamente en el drama de sufrir la dureza del Juez Eterno, aquí representado por el padre Abraham, que separa a los malos de los buenos y condena así a las terribles llamas a aquel hombre tan impío en vida. Y sin embargo, en mi opinión, hay un pasaje esclarecedor; pues Abraham dirá: «entre nosotros y vosotros se ha abierto un gran abismo». Vuelve así la misma cerrazón insalvable que no dejó salir ni una migaja de aquella mesa rebosante, cerrazón todavía presente en la insensibilidad de los 'despreocupados hombres de Sión'.
Estos últimos aparecen en la Biblia cuando tantas veces se describe la indiferencia de una vida ostentada en lujosas diversiones por los hombres que mandan, mientras en la misma tierra tiene lugar la ruina de los pobres (huérfanos, viudas, extranjeros,…) oprimidos. Indiferente al sufrimiento del pobre de abajo, como lo es el rico que ni siquiera ve al pobre Lázaro desplomado. Esta mirada perdida en la vida, por tanto, tal que no salva la distancia y no recompone la brecha, es precisamente lo que no permitirá al rico aliviarse de sus tormentos de vez en cuando para, al menos, advertir a sus hermanos que cambien su modo de vida.
Hay, pues, una medida de generosa gratuidad que el rico ni siquiera contemplaba en su pensamiento, un mundo de doble sentido, un modo de concebir la vida como reciprocidad fecunda, un pensamiento dual que no adoptó en la tierra. Una mirada abierta y generosa que, creo, se resume en la invitación al hombre de Dios, pidiéndole que evite la escasa medida del amor y de la atención al otro, cultivando en cambio la «justicia», la «compasión», la «caridad»,…, porque «quien siembra tacañamente… tacañamente cosecha…».
Un elenco de virtudes obtenidas a través del buen combate de la fe, el que hay que librar para alcanzar la vida eterna, que ya se dibuja aquí, en esa descentralización de uno mismo, en ese desprendimiento compasivo, samaritano y solidario, que hace frente a la ¡«cultura del descarte», como dice el Papa Francisco! Entonces quizás, con estas indicaciones, podremos realmente captar cada vez más en cada hermano, incluso en los más diferentes, y precisamente en los más necesitados, cómo cada día «Dios nos ayuda» a cada uno a ensanchar un horizonte estrecho, a ablandar un corazón endurecido, y a tender un puente entrañable llamado “solidaridad” para salvar ese abismo de desigualdad.
Ese abismo, entre el cielo y el suelo, entre lo divino y lo humano, entre lo santo y lo no santo, entre lo eterno y lo histórico, entre la omnipotencia y la debilidad,…, entre la riqueza y la pobreza fue el que recorrió el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, solidario entre los solidarios. De su plenitud, de su riqueza, todos hemos recibido gracia sobre gracia (1 Juan 1, 16-18) precisamente porque Él, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2 Corintios 8, 9).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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