Lo que está en juego con los lefebvrianos
Parece que estuviéramos asistiendo a un drama barroco representado en un centro comercial: vestimentas litúrgicas, latín, anatemas, mientras a su alrededor transcurren vidas que ya no tienen ningún contacto con esas representaciones.
Y, sin embargo, ahí están, convencidos de que la
Iglesia está traicionando su identidad porque ya no repite las fórmulas de
antaño, porque ya no defiende un mundo que no existe.
Pero la cuestión no es el latín.
La cuestión no es la liturgia.
La cuestión tampoco es el Concilio Vaticano II.
La cuestión es que estos hombres creen que la verdad
es una piedra.
Y, en cambio, la verdad es algo que se mueve, incluso
sin que nos demos cuenta. Y aquí me viene a la mente, como un viento en contra,
un tal Paul Karl Feyerabend filósofo de la ciencia:
«La
fijeza es una ilusión. La verdad nunca se queda quieta. La tradición que no
cambia es una tradición muerta».
Lo decía refiriéndose a la ciencia, que es el ídolo de
nuestro tiempo, pero en mi humilde opinión el principio también se aplica aquí:
no existe un único método, no existe un único lenguaje, no existe una única
forma de decir la verdad.
La verdad es un campo de batalla, de búsqueda
apasionada, no un museo.
Para ellos, el Catecismo de Pío X sigue siendo una
tabla infalible. Seguramente hasta fue un catecismo que trató de ayudar a
comprender muchas cosas; sin embargo, como cualquier catecismo, no puede
considerarse un mapa perfecto. Una fotografía de lo divino.
Y entonces se escandalizan cuando alguien señala que
el infierno como «fuego eterno sin ningún bien» ya no se sostiene ante lo que
sabemos sobre la psique, la justicia y la misericordia.
Se indignan cuando se dice que la Trinidad no es una
fórmula matemática, que Jesús nunca habló de fundar una Iglesia como
institución jurídica, que Adán y Eva no son una pareja prehistórica que existió
realmente.
Lo siento. No me cabe el largo etcétera de los posibles
temas de su indignación.
Estoy convencido de que carecen de ese soplo místico que corre por las venas del cristianismo y que lleva a los cristianos a integrarse en la realidad de cada época y a mantener la esperanza en lo posible.
Para ellos, cada palabra es literal. Cada imagen es un
hecho. Cada símbolo es una fotografía.
Han olvidado que, desde sus orígenes, el cristianismo
nunca ha sido así. Siempre ha sido un lenguaje que se reinventa, un relato que
se abre, una verdad que se deja expresar con palabras diferentes.
Estoy convencido de que, en las últimas décadas, la
Iglesia ha hecho lo que debía hacer: ha mirado al mundo a la cara.
Ha escuchado a las ciencias. Ha reconocido que ciertas
imágenes ya no pueden tomarse al pie de la letra. Ha transformado el dogma en
poesía, en símbolo, en metáfora. No para debilitarlo, sino para salvarlo.
Porque un dogma que no cambia de lenguaje muere. Un dogma que no deja que el tiempo
lo atraviese se convierte en una reliquia, no en una fe.
Y aquí surge la paradoja: los lefebvrianos acusan a la
Iglesia de haber cambiado demasiado, pero en realidad es la Iglesia la que ha
comprendido que la verdad no es una estatua. Es un río. Es un movimiento.
Es un aplazamiento continuo: lo que creemos poseer
siempre está ya en transformación, siempre ya va por detrás de sí mismo. La
Tradición no es un archivo cerrado, es un texto que se reescribe cada vez que
se lee.
Los lefebvrianos y todo el ámbito del conservadurismo
no soportan esta fluidez. Quieren un cristianismo 1.0 que nunca ha existido.
Quieren un pasado que no es pasado, porque nunca ha sido tan compacto como lo
imaginan.
Y entonces exigen coherencia: si hoy cambiamos el
lenguaje, si hoy reinterpretamos los dogmas, entonces —dicen— debemos admitir
que los Papas del pasado no eran infalibles.
Pero esta pregunta se basa en un malentendido: la
infalibilidad no es la fijeza del contenido, es la fidelidad del movimiento. No
es la repetición, es la capacidad de decir la misma verdad de diferentes
maneras.
Alguien me ha dicho que su no es solo teológico. Sino también político.
Es el mismo impulso que atraviesa a la derecha y al
conservadurismo contemporáneo: la nostalgia como identidad, la restauración
como refugio, el miedo al mundo como programa.
No creo que sea casualidad que encuentren simpatía
precisamente allí, donde se mira a la historia con recelo y al cambio con
hostilidad.
Quieren una Iglesia que juzgue el presente desde la
eternidad, pero en realidad están más inmersos en el presente que nadie: son la
versión eclesial de la reacción social.
La Iglesia, con toda su lentitud, está haciendo lo
único cristiano que puede hacer: aceptar el tiempo y captar sus signos.
Aceptar que la verdad no es un objeto que hay que
custodiar, sino un camino que hay que recorrer. Aceptar que el dogma no es un
fósil, sino un ser vivo. Aceptar que la Tradición no es un museo, sino un camino.
Los lefebvrianos no defienden el pasado: defienden el miedo.
Y el miedo, como sabemos, nunca ha sido un buen consejero de la fe.
El cristianismo no es la repetición de lo antiguo: es
encarnación en el presente.
Si la interpretación del dogma no evoluciona, no es
fe: es idolatría.
Si la Tradición no se mueve, no es raíz: es cadena.
Si la Iglesia no cambia de lenguaje, ya no le habla a
nadie.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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