El Evangelio y las multitudes
Solemos decir que la historia de la redacción de los Evangelios nos ha permitido comprender que el relato de la Pasión de Jesús fue lo primero que se escribió y que el resto constituye una especie de introducción más o menos extensa, dependiendo del Evangelio que tomemos como referencia.
En el relato de la Pasión aparecen algunos personajes,
ya sean individuos o grupos, que ante Jesús adoptan una actitud que invita a la
reflexión y que sigue teniendo relevancia hoy en día.
Uno de estos personajes es, por ejemplo, la multitud.
Los Evangelios nos dicen que la multitud acompañó a
Jesús en su recorrido humano y de entre esa multitud, indistinta, anónima y
amorfa, surgieron figuras singulares de rara belleza: la Verónica, Simón de
Cirene, la mujer de Poncio Pilato, José de Arimatea…
La multitud intenta, tras el episodio de la
multiplicación de los panes y los peces, proclamar rey a Jesús. También es la
multitud la que vocifera la libertad de Barrabás y la ejecución de Jesús.
Se puede decir que la multitud actúa en el Evangelio
como un único personaje.
Y, como digo, también acompaña a Jesús en los últimos
días de su vida.
Al principio, a su llegada a Jerusalén, aclama al
Nazareno, venerándolo como Mesías, aunque —como subrayan los textos de los
Evangelios— cabalga un asno y no un caballo. Probablemente espera de Jesús la
liberación tan anhelada; desea un nuevo líder político.
Pero en el transcurso de muy pocos días, la multitud
cambia de actitud: incitada por los líderes religiosos, grita que crucifiquen a
Jesús.
Este sencillo trazo basta —y el Evangelio nos lo hace
comprender— para poner en guardia a todo cristiano frente a las multitudes.
El propio Jesús no busca el consenso, no lo utiliza como escudo protector porque, en el fondo, sabe que su mensaje no será comprendido en profundidad.
En la multitud se condensan algunas ambigüedades: por
un lado, en medio de ella hay quienes buscan sinceramente una Palabra que
salve; por otro, hay quienes esperan, desean y quieren un derrocamiento del
poder, alguien —quizá un poco mejor que el político actual— que llene los
estómagos, alguien que libere a un pueblo de la opresión para que luego, como
el pueblo de Israel liberado de la esclavitud, se arrepienta de las cebollas de
Egipto.
Jesús conoce estas ambigüedades y no busca el consenso
de la multitud, ni siquiera cuando esto podría haberle salvado de la muerte;
así, nos invita, en todas las épocas, a no confiar en las multitudes.
Las grandes cifras no sirven al cristianismo. No está
dicho que el cristianismo tenga que ser una religión del consenso, sino una
religión que cuestione e inquiete las conciencias para ofrecer una luz en la
oscuridad, para ser una instancia críticamente profética en medio de
inhumanidad, para ver las injusticias que se cometen, para escuchar el grito
del pobre...
Lo pienso y lo digo también porque creo el impacto de
la fe en el mundo actual no es una cuestión de números ni de ocupación de los
espacios de la vida humana sean estadios o sean plazas.
Dicho lo anterior, también voy entendiendo que hay formas
diversas de pertenecer a la Iglesia. No solo la del "adulto" y "comprometido" en la
fe - valga la expresión -, es decir, la del discípulo. No, no me gustan los sueños
de un "elitismo" de la fe.
Y no me gustan porque entiendo que el destello de un encuentro fugaz con el Papa, con su palabra y con sus gestos, puede decir mucho más de lo que es capaz de hacer la fe institucional,
la de aquellos que se sienten cercanos al Maestro o de su círculo más íntimo.
Por eso, también entiendo que sin estos encuentros
momentáneos - como los que han ocurrido en España durante la visita papal del 6
al 12 de junio -, incluso efímeros, de la multitud con el Papa León XIV no hay Evangelio.
A Dios gracias el Evangelio de Jesús también dice que
no hace falta ser ni actuar como nosotros - los que pertenecemos a las
instituciones y estamos institucionalizados - para acercarse a una palabra en
la que reconocer una propuesta a nuestra hambre o sed de vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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