Qué presente y futuro cristianismo católico en Europa
Detrás o debajo de esta reflexión está la lectura de un artículo del Periódico “Ara” del jueves 18 de junio y que firma la escritora catalana de origen marroquí Najat El Hachmi con el título de “Salvar negrets y morets” (cf. https://es.ara.cat/opinion/salvar-negritos-morenitos_129_5772246.html).
Dicho esto, también tengo que decir que mi reflexión
no es ni quiere ser una respuesta a la mencionada escritora. Simplemente su
lectura ha provocado en mí una reflexión como la siguiente.
«Fue una época hermosa y resplandeciente
aquella en la que Europa era una tierra cristiana y una única cristiandad
habitaba este continente»: así escribía el filósofo y poeta alemán Novalis en 1799, al comienzo de su
célebre fragmento sobre “Die Christenheit oder Europa” - “La
cristiandad o Europa -.
Seguramente aquello no expresaba más que un sueño
romántico, pero precisamente la abismal distancia que la separa de la realidad
cultural de nuestro tiempo podría constituir un buen pretexto para reflexionar
sobre un problema que, en cualquier caso, sigue siendo decisivo: el de
la relación entre el cristianismo y Europa, precisamente.
Sí, Europa
es, sin duda, más que el cristianismo, y el cristianismo es más que Europa.
La cultura judía, la cultura griega, la cultura romana
y la Ilustración, junto con el cristianismo —que sin duda desempeña un papel
fundamental—, hacen de Europa el caso único que es.
En cuanto al cristianismo, sin duda se ha beneficiado
de las culturas con las que se ha encontrado en el terreno europeo, aprendiendo
algo de todas ellas, con el fin de dar forma a su misión universal.
Pero no creo que los dos conceptos —cristianismo y
Europa— puedan, por así decirlo, superponerse, ni creo que hoy el problema sea
el de su superposición o no.
El problema radica más bien en su indiferencia y distanciamiento recíprocos, especialmente en lo que respecta al cristianismo en su acepción católica.
Mientras que el mundo del cristianismo ortodoxo parece,
por lo menos desde la distancia, cada vez más anclado al poder político (una
mezcla que ciertamente no está en consonancia con la más reciente en el tiempo tradición
laica occidental), la Europa de la Unión Europea ya no se preocupa por la
Iglesia católica y la Iglesia católica ya no se preocupa por Europa.
¿Estamos quizá haciendo realidad de este modo los ideales
de laicidad? Alguien podría pensarlo, y de hecho lo piensa, no solo dentro del
mundo laico, sino también dentro de la propia Iglesia, especialmente por parte
de quienes abogan por una emancipación definitiva del cristianismo de su legado
helenístico-europeo.
Pero, desde mi punto de vista, nos encontramos ante
una auténtica tragedia cultural destinada a debilitar a ambos bandos: tanto al
laico como al católico.
Es más, lo que está ocurriendo hoy en Europa (crisis
demográfica, crisis de integración, resurgimientos de las derechas más extremas,
falta de visión geopolítica, incapacidad para gestionar la relación con el
mundo islámico,…) es la prueba de que ambos frentes ya están muy débiles,
asfixiados, cansados, incapaces de generar nada significativo ni en el plano
civil ni en el religioso.
El sentido de una fe encarnada que sabe convertirse en
historia y cultura, de esa manera sencillamente grandiosa que vemos en los
monasterios, en las catedrales, en el arte de los países europeos; el ideal del
ser humano europeo, único e irrepetible en su libertad y dignidad; estos
aspectos no son meramente secundarios para la fe cristiana; son, más bien, el
medio que hace eficaz la evangelización en su capacidad de generar formas de
vida atractivas y más justas.
Tampoco pueden considerarse estos aspectos un mero
instrumento de evangelización. De hecho, expresan también un gran ideal laico
que ha encontrado sus formas de expresión más elocuentes en los conocimientos
científicos, en la técnica, en la cultura y en las instituciones políticas de
las democracias liberales occidentales.
Por eso, la progresiva alienación entre la tradición
cristiana y la laica representa un problema muy grave.
El filósofo alemán Leo Strauss diría que tal
distanciamiento es señal de la pérdida progresiva de «vitalidad» de ambas
tradiciones. Atenas y Jerusalén, por seguir con su imagen, han dejado, en
definitiva, de confrontarse; han olvidado que precisamente de su «conflicto»
dependió la grandeza de Europa y de Occidente, y hoy ambas se ven afectadas por
la misma crisis.
Parece
que no pocos datos estadísticos indican que la mayoría de los ciudadanos
europeos sigue creyendo en un Dios - que hasta se asemejaría al Dios cristiano
-, sigue considerando la religión una dimensión importante de su vida y le
reconoce una valiosa función social en favor de los más pobres y los más
débiles.
Pero el verdadero problema es que este Dios, más allá de sus
apreciables manifestaciones en términos de solidaridad social, ya no parece
capaz de influir de forma visible en la vida y la cultura de los pueblos
europeos.
Y esto resulta aún más preocupante si pensamos en el
estado igualmente precario de la llamada cultura laica, tantas veces presa de
espasmos de nihilismo y depresión, que podrían convertirse en el caldo de
cultivo ideal para los fantasmas de siempre: el fanatismo, el resentimiento y
la hostilidad hacia la realidad y los difíciles equilibrios sobre los que se
sostienen los cimientos del Estado de derecho liberal-democrático.
Volviendo a Novalis, su ideal de una Europa
cristiana era sin duda quimérico. Pero dado que el camino que hemos emprendido no
parece el mejor tanto para la fe cristiana como para la cultura laica, tal vez
convendría que, al menos, nos planteáramos el problema en ambos frentes.
Tratando de pensar desde una perspectiva cristiana en la que yo me encuentro más cómodo para reflexionar, la actual falta de pasión e interés en buena parte del continente europeo por el cristianismo católico, unida a una difusa y vaga búsqueda de espiritualidad, tiene raíces antiguas y profundas, que difícilmente encajan en el debate de esta época casi pos-religiosa.
El cristiano alemán Dietrich Bonhoeffer se
preguntaba de forma profética allá por 1944: «¿Qué significan una Iglesia, una
comunidad, la predicación, la liturgia y la vida cristiana en un mundo no
religioso? ¿Cómo hablamos de Dios sin religión?».
Hay un elemento a considerar y que quizá tiene sus
raíces en los cuatro siglos marcados por la cultura de la Contrarreforma y se
refiere a la complicada y fallida relación del cristianismo católico con la
modernidad.
El trauma de la Reforma protestante se tradujo en un
cierre frente a las nuevas ideas humanísticas y, por tanto, modernas - basta
pensar, por poner solamente un ejemplo, en el rechazo a Erasmo de Róterdam -,
como el ejercicio de la libertad de conciencia y el conocimiento popular de la
Biblia.
En este clima, no pocos de los mejores pensadores
católicos fueron dirigiendo progresivamente sus esfuerzos ya no hacia la
teología y la filosofía —que pasaron a ser predominantemente dominio, por
ejemplo, de los protestantes—, sino hacia ámbitos del saber menos expuestos al
riesgo de excomunión (música, arte, literatura, ciencia, teatro, economía,…).
Entre los siglos XIX y XX, además, una parte
significativa del pensamiento cristiano católico seguía considerando la Edad
Media como la Edad de Oro del cristianismo, asociando implícitamente el
Renacimiento a una decadencia espiritual y ética.
Incluso antes del Concilio Vaticano II continuó esa
desconfianza, por ejemplo, durante la época de represión del movimiento
modernista católico, cuando no pocos teólogos, biblistas e historiadores fueron
marginados, expulsados del ministerio ordenado y suspendidos del ejercicio de
la docencia. Así, se perdió una oportunidad para renovar el diálogo teológico con
las ciencias exegéticas e históricas, más que necesario para una visión madura
de la fe.
Seguramente otro elemento a tener en consideración es
la creciente dificultad narrativa del acontecimiento cristiano, que hoy se ha
transformado en una casi incomunicabilidad.
Los códigos de la narración católica de la fe y de sus
fundamentos bíblicos se han mantenido, en esencia, pre-modernos, mezclados con
elementos míticos y sin una verdadera inculturación en el mundo moderno y
posmoderno.
A diferencia de las misiones que se ocupan de culturas
no occidentales, la Iglesia sigue hablando un lenguaje cada vez más muerto. El
pensamiento católico, por lo tanto, tiene poca relevancia también porque su
lenguaje resulta poco menos que incomprensible (como, por ejemplo, es
incomprensible buena parte de la eucología mayor y mejor católicas).
No me cabe duda que quien lea esta reflexión podrá poner
sobre el tapete de la reflexión otros interesante y necesarios elementos… Quizá
hasta podría ser este tema de un debate.
Por mi parte acabo ya. En las culturas contemporáneas de Europa se refleja una diversidad de actitudes y perspectivas hacia la Iglesia católica.
Por un lado, si es verdad que hay un número cada vez
mayor de personas que se alejan de las prácticas religiosas católicas
tradicionales; también es verdad que la Iglesia católica sigue representando un
punto de referencia ético, social y cultural para no pocas personas.
Esta relación, en constante evolución, exigiría que la
Iglesia cristiana estuviera preparada para enfrentarse a los nuevos retos y dialogar con una sociedad como la
europea que, cada vez más, cambia a un ritmo vertiginoso.
Confieso que cada vez pienso más en que el futuro de
la Iglesia católica en las sociedades modernas del continente europeo dependerá
de su capacidad para adaptarse y responder a las necesidades espirituales,
ético-morales e intelectuales de un mundo en el que la fe, para muchos, es solo
una elección personal y, por supuesto, no una tradición impuesta.
Queda por ver cómo sabrá la Iglesia católica afrontar
los nuevos retos, y seguirá manteniendo
clara la visión del Evangelio - y del Jesús de los Evangelios y de las Bienaventuranzas
del Reino -, tratando de presentarse como una presencia significativa en
la vida de creyentes y no creyentes.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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