jueves, 18 de junio de 2026

Qué presente y futuro cristianismo católico en Europa

Qué presente y futuro cristianismo católico en Europa

Detrás o debajo de esta reflexión está la lectura de un artículo del Periódico “Ara” del jueves 18 de junio y que firma la escritora catalana de origen marroquí Najat El Hachmi con el título de “Salvar negrets y morets” (cf. https://es.ara.cat/opinion/salvar-negritos-morenitos_129_5772246.html).

 

Dicho esto, también tengo que decir que mi reflexión no es ni quiere ser una respuesta a la mencionada escritora. Simplemente su lectura ha provocado en mí una reflexión como la siguiente.

 

«Fue una época hermosa y resplandeciente aquella en la que Europa era una tierra cristiana y una única cristiandad habitaba este continente»: así escribía el filósofo y poeta alemán Novalis en 1799, al comienzo de su célebre fragmento sobre “Die Christenheit oder Europa” - “La cristiandad o Europa -.

 

Seguramente aquello no expresaba más que un sueño romántico, pero precisamente la abismal distancia que la separa de la realidad cultural de nuestro tiempo podría constituir un buen pretexto para reflexionar sobre un problema que, en cualquier caso, sigue siendo decisivo: el de la relación entre el cristianismo y Europa, precisamente.

 

Sí, Europa es, sin duda, más que el cristianismo, y el cristianismo es más que Europa.

 

La cultura judía, la cultura griega, la cultura romana y la Ilustración, junto con el cristianismo —que sin duda desempeña un papel fundamental—, hacen de Europa el caso único que es.

 

En cuanto al cristianismo, sin duda se ha beneficiado de las culturas con las que se ha encontrado en el terreno europeo, aprendiendo algo de todas ellas, con el fin de dar forma a su misión universal.

 

Pero no creo que los dos conceptos —cristianismo y Europa— puedan, por así decirlo, superponerse, ni creo que hoy el problema sea el de su superposición o no.


El problema radica más bien en su indiferencia y distanciamiento recíprocos, especialmente en lo que respecta al cristianismo en su acepción católica.

 

Mientras que el mundo del cristianismo ortodoxo parece, por lo menos desde la distancia, cada vez más anclado al poder político (una mezcla que ciertamente no está en consonancia con la más reciente en el tiempo tradición laica occidental), la Europa de la Unión Europea ya no se preocupa por la Iglesia católica y la Iglesia católica ya no se preocupa por Europa.

 

¿Estamos quizá haciendo realidad de este modo los ideales de laicidad? Alguien podría pensarlo, y de hecho lo piensa, no solo dentro del mundo laico, sino también dentro de la propia Iglesia, especialmente por parte de quienes abogan por una emancipación definitiva del cristianismo de su legado helenístico-europeo.

 

Pero, desde mi punto de vista, nos encontramos ante una auténtica tragedia cultural destinada a debilitar a ambos bandos: tanto al laico como al católico.

 

Es más, lo que está ocurriendo hoy en Europa (crisis demográfica, crisis de integración, resurgimientos de las derechas más extremas, falta de visión geopolítica, incapacidad para gestionar la relación con el mundo islámico,…) es la prueba de que ambos frentes ya están muy débiles, asfixiados, cansados, incapaces de generar nada significativo ni en el plano civil ni en el religioso.

 

El sentido de una fe encarnada que sabe convertirse en historia y cultura, de esa manera sencillamente grandiosa que vemos en los monasterios, en las catedrales, en el arte de los países europeos; el ideal del ser humano europeo, único e irrepetible en su libertad y dignidad; estos aspectos no son meramente secundarios para la fe cristiana; son, más bien, el medio que hace eficaz la evangelización en su capacidad de generar formas de vida atractivas y más justas.

 

Tampoco pueden considerarse estos aspectos un mero instrumento de evangelización. De hecho, expresan también un gran ideal laico que ha encontrado sus formas de expresión más elocuentes en los conocimientos científicos, en la técnica, en la cultura y en las instituciones políticas de las democracias liberales occidentales.

 

Por eso, la progresiva alienación entre la tradición cristiana y la laica representa un problema muy grave.

 

El filósofo alemán Leo Strauss diría que tal distanciamiento es señal de la pérdida progresiva de «vitalidad» de ambas tradiciones. Atenas y Jerusalén, por seguir con su imagen, han dejado, en definitiva, de confrontarse; han olvidado que precisamente de su «conflicto» dependió la grandeza de Europa y de Occidente, y hoy ambas se ven afectadas por la misma crisis.

 

Parece que no pocos datos estadísticos indican que la mayoría de los ciudadanos europeos sigue creyendo en un Dios - que hasta se asemejaría al Dios cristiano -, sigue considerando la religión una dimensión importante de su vida y le reconoce una valiosa función social en favor de los más pobres y los más débiles.

 

Pero el verdadero problema es que este Dios, más allá de sus apreciables manifestaciones en términos de solidaridad social, ya no parece capaz de influir de forma visible en la vida y la cultura de los pueblos europeos.

 

Y esto resulta aún más preocupante si pensamos en el estado igualmente precario de la llamada cultura laica, tantas veces presa de espasmos de nihilismo y depresión, que podrían convertirse en el caldo de cultivo ideal para los fantasmas de siempre: el fanatismo, el resentimiento y la hostilidad hacia la realidad y los difíciles equilibrios sobre los que se sostienen los cimientos del Estado de derecho liberal-democrático.

 

Volviendo a Novalis, su ideal de una Europa cristiana era sin duda quimérico. Pero dado que el camino que hemos emprendido no parece el mejor tanto para la fe cristiana como para la cultura laica, tal vez convendría que, al menos, nos planteáramos el problema en ambos frentes.


Tratando de pensar desde una perspectiva cristiana en la que yo me encuentro más cómodo para reflexionar, la actual falta de pasión e interés en buena parte del continente europeo por el cristianismo católico, unida a una difusa y vaga búsqueda de espiritualidad, tiene raíces antiguas y profundas, que difícilmente encajan en el debate de esta época casi pos-religiosa.

 

El cristiano alemán Dietrich Bonhoeffer se preguntaba de forma profética allá por 1944: «¿Qué significan una Iglesia, una comunidad, la predicación, la liturgia y la vida cristiana en un mundo no religioso? ¿Cómo hablamos de Dios sin religión?».

 

Hay un elemento a considerar y que quizá tiene sus raíces en los cuatro siglos marcados por la cultura de la Contrarreforma y se refiere a la complicada y fallida relación del cristianismo católico con la modernidad.

 

El trauma de la Reforma protestante se tradujo en un cierre frente a las nuevas ideas humanísticas y, por tanto, modernas - basta pensar, por poner solamente un ejemplo, en el rechazo a Erasmo de Róterdam -, como el ejercicio de la libertad de conciencia y el conocimiento popular de la Biblia.

 

En este clima, no pocos de los mejores pensadores católicos fueron dirigiendo progresivamente sus esfuerzos ya no hacia la teología y la filosofía —que pasaron a ser predominantemente dominio, por ejemplo, de los protestantes—, sino hacia ámbitos del saber menos expuestos al riesgo de excomunión (música, arte, literatura, ciencia, teatro, economía,…).

 

Entre los siglos XIX y XX, además, una parte significativa del pensamiento cristiano católico seguía considerando la Edad Media como la Edad de Oro del cristianismo, asociando implícitamente el Renacimiento a una decadencia espiritual y ética.

 

Incluso antes del Concilio Vaticano II continuó esa desconfianza, por ejemplo, durante la época de represión del movimiento modernista católico, cuando no pocos teólogos, biblistas e historiadores fueron marginados, expulsados del ministerio ordenado y suspendidos del ejercicio de la docencia. Así, se perdió una oportunidad para renovar el diálogo teológico con las ciencias exegéticas e históricas, más que necesario para una visión madura de la fe.

 

Seguramente otro elemento a tener en consideración es la creciente dificultad narrativa del acontecimiento cristiano, que hoy se ha transformado en una casi incomunicabilidad.

 

Los códigos de la narración católica de la fe y de sus fundamentos bíblicos se han mantenido, en esencia, pre-modernos, mezclados con elementos míticos y sin una verdadera inculturación en el mundo moderno y posmoderno.

 

A diferencia de las misiones que se ocupan de culturas no occidentales, la Iglesia sigue hablando un lenguaje cada vez más muerto. El pensamiento católico, por lo tanto, tiene poca relevancia también porque su lenguaje resulta poco menos que incomprensible (como, por ejemplo, es incomprensible buena parte de la eucología mayor y mejor católicas).

 

No me cabe duda que quien lea esta reflexión podrá poner sobre el tapete de la reflexión otros interesante y necesarios elementos… Quizá hasta podría ser este tema de un debate.


Por mi parte acabo ya. En las culturas contemporáneas de Europa se refleja una diversidad de actitudes y perspectivas hacia la Iglesia católica.

 

Por un lado, si es verdad que hay un número cada vez mayor de personas que se alejan de las prácticas religiosas católicas tradicionales; también es verdad que la Iglesia católica sigue representando un punto de referencia ético, social y cultural para no pocas personas.

 

Esta relación, en constante evolución, exigiría que la Iglesia cristiana estuviera preparada para enfrentarse a los nuevos retos y dialogar con una sociedad como la europea que, cada vez más, cambia a un ritmo vertiginoso.

 

Confieso que cada vez pienso más en que el futuro de la Iglesia católica en las sociedades modernas del continente europeo dependerá de su capacidad para adaptarse y responder a las necesidades espirituales, ético-morales e intelectuales de un mundo en el que la fe, para muchos, es solo una elección personal y, por supuesto, no una tradición impuesta.

 

Queda por ver cómo sabrá la Iglesia católica afrontar los nuevos retos, y seguirá manteniendo clara la visión del Evangelio - y del Jesús de los Evangelios y de las Bienaventuranzas del Reino -, tratando de presentarse como una presencia significativa en la vida de creyentes y no creyentes.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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