El guion habitual: crónica del desastre de siempre
Las imágenes procedentes de Ceuta, con miles de personas que en pocas horas han intentado llegar al enclave español, decenas de miles de repatriaciones, decenas de víctimas rescatadas en el mar y las consiguientes decisiones adoptadas por los gobiernos europeos, hasta la suspensión temporal del régimen de Schengen, no representan únicamente la crónica de una emergencia.
Todo es símbolo de un fracaso político que viene de lejos y que hoy ya nadie puede seguir fingiendo no ver.
Desde hace demasiados años, Europa solo aborda el fenómeno migratorio cuando estalla una crisis. Se interviene cuando las fronteras se ven sometidas a presión, cuando el número de desembarcos aumenta repentinamente, cuando las imágenes dan la vuelta al mundo y cuando la opinión pública exige respuestas inmediatas.
Luego, una vez pasada la emergencia, todo vuelve a ser como antes. Se aplazan las decisiones, se posponen las reformas, se prefiere el enfrentamiento político a la construcción de una estrategia común. En realidad, nos seguimos limitando a comentar las emergencias.
Pero sin convertirnos en protagonistas de las soluciones.
Los acontecimientos de las últimas horas confirman lo necesario que es abordar la cuestión migratoria con equilibrio y responsabilidad.
El Gobierno español ha comunicado que miles de migrantes ya han regresado a Marruecos, que no se registran nuevas entradas irregulares hacia la España peninsular y que ninguna de las personas que entraron en Ceuta ha llegado al territorio de la Península Ibérica.
Pero persiste el dramático balance humano de las víctimas en el mar, lo que impone a Europa una reflexión seria sobre las causas profundas del fenómeno.
Ante acontecimientos de esta magnitud, se requiere la cooperación entre los Estados miembros, la lucha contra los traficantes de personas, un control eficaz de las fronteras exteriores y políticas migratorias comunes.
Las polémicas entre gobiernos, las confrontaciones ideológicas y las instrumentalizaciones políticas no pueden sustituir a una estrategia europea compartida, capaz de conciliar la seguridad, la legalidad, la protección de la dignidad de las personas y la responsabilidad institucional.
Lo ocurrido no es un episodio aislado y no puede descartarse como un acontecimiento imprevisible. Es el resultado de décadas de políticas a menudo incoherentes, de acuerdos incompletos, de estrategias que nunca se han llevado a buen término y de una incapacidad crónica de Europa para abordar el fenómeno migratorio con una visión compartida.
Europa ha fracasado.
Y ha fracasado no porque hayan faltado los análisis o las cumbres, sino porque han faltado la continuidad, el valor y la voluntad política para transformar las propuestas en reformas estructurales sobre inmigración cualificada, cooperación internacional, inclusión, lucha contra los traficantes de seres humanos, planificación de los flujos migratorios…
Y al observar lo que ocurre en las fronteras europeas, debemos reconocer con honestidad que muy poco tanto análisis y de tanta cumbre se ha traducido en políticas concretas. Esta es la verdadera derrota que debería hacer reflexionar a toda la clase política europea.
Las imágenes de Ceuta deberían servir de lección para toda la clase política europea. Cuando se llega al punto de tener que suspender el acuerdo de Schengen, reforzar los controles fronterizos, contabilizar decenas de víctimas en el mar y miles de repatriaciones en pocas horas, significa que el sistema ya había fracasado mucho antes de que se produjera la emergencia.
Durante años se ha preferido buscar el consenso en lugar de gestionar el fenómeno migratorio: por un lado, prometiendo reformas que nunca se han llevado a cabo; por otro, convirtiendo a los inmigrantes, las comunidades árabes, los musulmanes y los ciudadanos de origen extranjero en el blanco de una confrontación política permanente.
De este modo no se protege ni la seguridad ni la inclusión, sino que solo se alimentan la desconfianza, las tensiones y las divisiones.
¿Ha llegado el momento de salir de esta lógica?
Las comunidades de origen extranjero no pueden seguir siendo consideradas un problema que solo hay que gestionar en situaciones de emergencia o un tema que utilizar durante las campañas electorales. Sino que deben convertirse en parte de la solución, contribuyendo con responsabilidad, competencia y espíritu constructivo a la definición de una política migratoria moderna, equilibrada y realmente capaz de conciliar seguridad, legalidad, derechos, deberes, integración…
En los últimos años asistimos a una carrera incesante por la instrumentalización del tema de la inmigración. En muchos casos, los inmigrantes, las comunidades árabes, los musulmanes y los ciudadanos de origen extranjero se convierten en tema de propaganda, casi como si la complejidad del fenómeno pudiera resolverse alimentando miedos o señalando a comunidades enteras como responsables de los problemas de una ciudad, de una comunidad autónoma, de un país.
Ese es un camino peligroso.
Luchar contra la inmigración irregular es un deber del Estado. Defender las fronteras nacionales es una responsabilidad de las instituciones. Actuar con firmeza contra las organizaciones criminales que trafican con seres humanos es una prioridad absoluta.
Pero todo esto no autoriza a nadie a confundir la delincuencia con millones de personas honradas que viven, trabajan, pagan impuestos, respetan las leyes y contribuyen cada día al desarrollo de nuestra sociedad.
La política debería tener el valor de moderar el tono y abordar por fin el tema de la inmigración con seriedad, competencia y sentido del Estado, porque la seguridad no se construye a base de eslóganes y la inclusión no se logra mediante declaraciones carentes de consecuencias concretas.
Tantas promesas de inclusión, con demasiada frecuencia, no se han traducido en políticas concretas. Mientras tanto, se alimenta esa continua carrera hacia la instrumentalización de la inmigración, el islam, los musulmanes, las comunidades árabes y, en general, de cualquier persona de origen extranjero.
¿No se hace necesaria una política diferente? ¿Una política de equilibrio, de competencia, de seriedad y de responsabilidad? ¿Una política que rechace tanto las promesas irrealizables como la propaganda basada en el miedo? ¿Una política capaz de gestionar los fenómenos y no de ir a sus anchas, de resolver los problemas y no de convertirlos en instrumentos de consenso? ¿Qué política necesitamos a la altura del reto que supone lo sucedido en Ceuta?
Las imágenes de Ceuta deberían suponer un punto de inflexión y no la enésima emergencia destinada a caer en el olvido en cuestión de unas semanas.
Si esta crisis también se aborda exclusivamente con medidas temporales, sin una estrategia común europea y sin una revisión profunda de las políticas migratorias, dentro de unos meses nos encontraremos debatiendo el mismo problema, con los mismos tonos y con las mismas divisiones.
Y volveremos a ser testigos del habitual guion de siempre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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