El lugar de la memoria
A los pies de la cruz. Si dependiera de nosotros, visitaríamos lugares muy distintos al Calvario, lugares más atractivos y complacientes. Y, sin embargo, precisamente esos lugares que más seducen son los más incapaces de cumplir lo que prometen.
Buscamos sin cesar relaciones y vínculos que nos
ayuden a superar la soledad y la angustia, garantizándonos el amor, el
verdadero, aquel que no sufre altibajos; y, a veces, nos parece haberlo
encontrado ora en uno, ora en otro, solo para descubrir después que ese amor se
desvanece cuando se agota el entusiasmo y el sentimiento.
A los pies de la cruz, si aceptamos no apartar la mirada de ella,
descubrimos cuándo y qué es el amor verdadero. Descubrimos, de hecho, que no
hay amor si no se acepta incluso la unilateralidad de la ofrenda cuando el otro
nos da la espalda: «Así amó Dios al
mundo…».
A los pies de la cruz aprendemos a reconocer la inconsistencia de nuestros
éxitos y la falacia de nuestras ilusiones.
A los pies de la cruz, nuestras imágenes de Dios ligadas a manifestaciones
de poder deben enfrentarse a un Dios cuyo amor acepta ser aniquilado con tal de
no imponerse: allí, de hecho, se aniquilan el ídolo de la fuerza, del poder y
del orgullo. Dios se deja aniquilar sin destruir.
A los pies de la cruz tocamos con nuestras propias manos cómo todo lo que en nosotros habla de vulnerabilidad y limitación, todo lo que en nosotros huele a barro y a lágrimas, es precisamente el aspecto de la humanidad con el que el Verbo de Dios celebra su unión esponsal, que nada ni nadie podrá romper jamás. Lo que más huele a contacto con la tierra es precisamente lo que más debe ser elevado.
A los pies de la cruz, por una gracia totalmente singular, precisamente
aquellas partes de nosotros que más parecen traer destrucción y muerte se
convierten en los canales por los que fluye una nueva savia vital.
A los pies de la cruz descubrimos una vez más que el camino que hay que
recorrer es el contrario al que hemos seguido hasta ahora: Dios, de hecho,
eleva lo que nosotros detestamos y humilla lo que nosotros exaltamos.
A los pies de la cruz reconocemos que Dios fija la cita con Él en aquellas
situaciones, personas o realidades a las que nosotros nunca asignaríamos la
tarea de revelar lo divino. También allí Dios se oculta. Y, sin embargo, está
presente.
A los pies de la cruz aprendemos que, si bien Dios puede parecer oculto en
no pocas ocasiones, no por ello podemos concluir que esté ausente. Nuestra
historia, tanto personal como comunitaria, debe leerse como un lugar en cuyos
pliegues se esconde un poder dinámico, rico en energías capaces de renovar y
transformar, y que, sin embargo, permanece oculto y requiere una mirada muy
especial para reconocerlo, acogerlo y valorarlo.
A los pies de la cruz reconocemos que lo que es «imagen del sufrimiento» puede ser también «imagen del amor de Dios», lo que es
«imagen de impotencia» puede
ser también «imagen de misericordia»,
lo que es «imagen del silencio»
puede ser al mismo tiempo «imagen de
una palabra particular del Señor».
A los pies de la cruz experimentamos la «grandeza» de Dios. A
menudo caemos en la tentación de pensar que Dios se conforma con mucho menos.
La cruz, en cambio, nos revela cómo el amor es escandalosamente excesivo hasta
el punto de privarse de lo que Dios podía tener más querido: su Hijo.
«¡Ella guardaba
todas estas cosas en su corazón!». Apartar
la mirada del Crucificado equivale a una pérdida irreparable de la memoria, a
la que intentamos hacer frente con antídotos que provocan una mayor esclerosis.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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