viernes, 10 de julio de 2026

Optar - con determinada decisión - por la locura.

Optar - con determinada decisión - por la locura 

Vivimos tiempos de locura. Lo oímos decir por ahí, lo leemos en los periódicos, lo escuchamos en los programas de análisis. La Tierra se ha vuelto de repente pequeña y estrecha, sacudida por guerras violentas cada vez más frecuentes, tan numerosas que nos dan la sensación, a nosotros, pequeños espectadores asustados, de estar cada vez más expuestos y en peligro, de no poder seguirles el ritmo, de no entender nada, de no poder dar razones ni explicaciones racionales. 

La continua sucesión de noticias, actualizaciones casi en tiempo real, proclamas y las inevitables desmentidas que les siguen, crean confusión y no ayudan a aclarar las cosas. Y la confusión, a su vez, genera preocupación y ansiedad, sentimientos que refuerzan la idea de que todo se nos está yendo de las manos y de que algo extremadamente terrible está a punto de suceder (o ya está sucediendo sin que nos demos cuenta). 

Que estamos viviendo una época de caos y que el orden mundial, tal y como creíamos haberlo construido y entendido, ya no existe, lo confirman también los llamados poderosos. 

Pienso en el discurso del Canciller alemán Friedrich Merz, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en el que afirmó sin rodeos que «el orden internacional basado en derechos y normas se encuentra actualmente en fase de destrucción». 

Donde no hay ley, hay lucha por el poder y la prepotencia del más fuerte. Donde no hay racionalidad ni civilización en las relaciones, reinan la locura y la violencia. Donde no hay orden, hay quienes manipulan el miedo de la mayoría en su propio beneficio. 

Entre las diversas metodologías de gestión de la política exterior, por ejemplo, existe incluso una denominada «del rey loco». 

La teoría del loco tiene como objetivo atemorizar a los adversarios convenciéndoles de que se les podría atacar con reacciones enormemente desproporcionadas; consiste en enmascarar las verdaderas intenciones tras comportamientos poco convencionales, declaraciones absurdas y provocaciones incendiarias. Son muchos los que piensan que esta es la técnica utilizada por el actual Presidente de USA Donald Trump. 

¿Cómo podemos nosotros, pequeños espectadores del desequilibrado escenario mundial, sobrevivir a esta locura sin perder la cabeza? ¿Y si fuera, también para nosotros, simples ciudadanos, la locura —y no una angustiosa búsqueda de sentido— lo que nos ayudara? 

A quien me lee suelo recordar lo que escribió Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la locura, más actual que nunca: «Fingirse loco en el momento y lugar adecuados es la máxima sabiduría». 

¿Será, pues, precisamente la locura la vía de salida? 

Con esta inquietud, releí algunas páginas del grande Humanista Erasmo de Rotterdam, encontrando en ellas consuelo y motivación. Un fruto de aquella relectura está ya en este blog: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/03/elogio-de-la-locura-erasmo-de-rotterdam.html 

El filósofo y teólogo había observado que cuando los tiempos se vuelven confusos, no son los sabios y los eruditos, con sus tristes explicaciones, los que resultan útiles para la mayoría, sino los bufones. 

Erasmo de Rotterdam explica que las ciudades, los gobiernos, las leyes y las religiones se basan en la locura, en personajes que halagan al pueblo con promesas irracionales, que compran votos, buscan aplausos, se complacen con las aclamaciones, se dejan llevar en procesión triunfal como una estatua para mostrarla al pueblo y hacen que se coloque en la plaza, bien a la vista, su propia estatua de bronce. «Con estas tonterías se controla a esa bestia enorme y poderosa que es el pueblo». ¿Nos recuerda a alguien? 

Y continúa su análisis señalando que si algún sabio se levantara de repente para gritar que el personaje al que todos miran como a un dios y a un poderoso no es un hombre, sino una bestia, sería acusado de estar loco: marginado, ridiculizado y humillado. Uno no puede evitar preguntarse una vez más: ¿nos recuerda a alguien? 

Si no queremos resignarnos a ser manipulados, utilizados como marionetas de un espectáculo que nunca habríamos elegido; si no queremos que nos arrebaten nuestros derechos como ciudadanos, entre los que destaca el derecho a discrepar, a negarnos a participar en guerras ilegales (si es que alguna vez puede haber guerras legales), a vivir en paz, tal vez debamos optar por la locura. 

La locura de quienes siguen diciendo «no» a la violencia, de quienes salen a la calle a manifestarse contra las guerras, de quienes siguen trabajando en silencio en las organizaciones humanitarias, cooperando en lugar de dominar, creyendo en la solidaridad y no en el dominio. 

Es decir... cosas de locos, en definitiva. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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