viernes, 10 de julio de 2026

De los mercaderes a los maestros - en espíritu y en verdad -.

De los mercaderes a los maestros - en espíritu y en verdad -

Si todo pasa y todo acaba, ¿por qué merece la pena vivir? Esta no es una pregunta cualquiera, es LA pregunta y, personalmente, también es la pregunta que me acompaña en esta etapa de mi vida. 

El riesgo para quienes vivimos en Occidente es pensar que somos lo que tenemos: creemos que nuestra identidad viene determinada por nuestro cuerpo, nuestras pasiones y nuestras emociones. Pensamos que somos lo que poseemos: nuestros títulos, nuestros bienes, nuestra profesión, pero también nuestra pareja; por eso oímos decir, por ejemplo: «Si te pierdo a ti, pierdo mi mundo, lo pierdo todo». 

Las tradiciones espirituales, en cambio, nos dicen que hay una esencia en nosotros: somos seres divinos que se están manifestando a través de la materia contingente. Algunos lo llaman ser divino, otros lo llaman conciencia, otros lo definen como energía, o alma; o, según la filosofía hindú, es el “atman”, que significa esencia o aliento vital. 

En definitiva, somos algo profundo que nunca ha nacido y nunca morirá; por lo tanto, actualmente estamos viviendo una vida que es una manifestación de ese algo, de ese yo auténtico. 

Esto es muy importante, porque si lo entendiéramos de verdad, si yo lo entendiera profundamente, mi miedo se calmaría. ¿Por qué tenemos miedo? 

Tenemos miedo de perder lo que tenemos. Sentimos dolor cuando intentamos convertir en eterno algo que no lo es. Y, en cambio, simplemente eres, y si eres, si te percibes dentro de este flujo eterno, ya no tienes miedo, porque si la muerte golpea, ¿qué es lo que golpeará? 

Solo puedes perder lo que tienes, no lo que eres. Jesús también fue maestro en esto cuando le dijo a quienes lo perseguían: «Vosotros golpearéis este cuerpo, pero nadie me quitará lo que soy». 

He leído que cada vez hay más personas que buscan otros espacios y otros caminos. Creo que nos encontramos en un momento de gran crisis religiosa; esto lo afirma también la sociología, no solo yo: en el catolicismo, por ejemplo, la asistencia activa ha disminuido. Y, creo, sigue disminuyendo. 

Pero, parece, la gente está más que nunca en busca de algo; ha abandonado la religión porque ésta ya no da respuestas. O mejor dicho, si lo pensamos bien, en el catolicismo, por ejemplo, la Iglesia da una respuesta para todo: desde el nacimiento hasta la muerte, pasando por el más allá. Es como si todo estuviera ya establecido y, por tanto, cerrado, inmóvil. Pero la gente no puede permanecer en un contexto tan rígidamente cerrado porque la vida no es así.

Para no pocas personas la religión es esa instancia que dice que se llega al Cielo a través de ciertas prácticas. La espiritualidad, en cambio, es un camino personal de toma de conciencia que te dice que tú ya eres el Cielo, que no necesitas descubrirlo porque ya lo eres; que no necesitas ponerte en contacto con un Divino porque ya eres naturaleza divina. 

La espiritualidad hoy en día, la mística, es extremadamente importante en esta transición que estamos viviendo. ¿No habría que ayudar a las personas a experimentar su naturaleza auténtica, su ser divino que se está manifestando en un cuerpo, en la materia? 

Una experiencia de este tipo elimina la imagen de un dios caprichoso que vive en un cielo lejano, que concede o no concede la gracia, la ayuda o el consuelo en función de algo que hagas o dejes de hacer. A estas alturas, y como diría Dietrich Bonhoeffer, la humanidad por fin ha alcanzado la madurez desde el punto de vista espiritual. 

Si la humanidad está recorriendo un camino hacia la madurez desde el punto de vista espiritual, no es menos verdad que esta humanidad está aterrorizada, asustada, y cuando uno tiene miedo se aferra a cualquier cosa. 

Es un poco el «homo homini lupus» de Hobbes, o dicho de forma más sencilla, un «sálvese quien pueda» generalizado. Toda esta maldad, esta violencia, es síntoma de un gran miedo que nace de la ignorancia. Voy comenzando a pensar en que el verdadero pecado no es el pecadillo de cierta moral sino la ignorancia: ya no sabemos quiénes somos. 

En el momento en que ya no sabes quién eres, te ilusionas con encontrar una identidad en el poder, entendido como «tener» y «triunfar», y por eso el poder se ha vuelto fundamental: para tener poder, éxito y fama, estamos dispuestos a todo. 

Hemos confundido el «ser» con el «tener», y por eso tenemos miedo, porque tememos perderlo todo. Pero si, por el contrario, emprendes un camino espiritual y conoces profundamente quién eres, la naturaleza divina que hay en ti, ya no tienes miedo; el otro ya no es una amenaza, sino que se convierte en un ser con el que entablar una relación. 

Y hay que recordarnos que cuando confundes el ser con el tener, te conviertes en todo el mundo y todo el mundo se filtra a través de tu ego. Tu ego se convierte en el criterio de tu moralidad, de tus acciones y relaciones. 

En cambio, si profundizas en tu propia espiritualidad, comprendes que es precisamente el renegar de uno mismo, el renegar del ego - tantas veces caprichoso, despótico, infantil, tiránico - el abandonar tu punto de vista absoluto, lo que te lleva a la esencia de tu humanidad. 

En el momento en que haces esto, entras en contacto con tu espíritu y comprendes que es el mismo espíritu el que nos une a todos, y es ahí donde comienza la verdadera relación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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