viernes, 10 de julio de 2026

La siembra del Evangelio - San Mateo 13, 1-23 -.

La siembra del Evangelio - San Mateo 13, 1-23 - 

«Aquel día…». Aquel día fue un día especial. Sus familiares habían ido a buscarlo y Jesús, cuando le dijeron que sus parientes lo esperaban, se dejó llevar por una expresión que casi parecía distanciarse de ellos: «¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?». 

Ese mismo día, precisamente, comenzó a hablar en parábolas, no mediante un discurso que obligara a aceptar lo evidente, sino hablando por alusiones, suscitando interrogantes sin forzar, respetando la libertad del otro y lo que este es capaz de comprender. 

Isaac el Sirio afirma con razón: «Haz que quien no puede sacar provecho del conocimiento se beneficie más de tu silencio que de tu palabra de sabiduría. Rebájate a su nivel según su debilidad». 

Así lo hace Dios: se rebaja según mi debilidad para llegar a mí y respeta los tiempos y las capacidades de cada uno, siempre y cuando nadie se pierda. 

Ante quienes se preguntaban por qué Dios llegaba incluso a tener en cuenta el fracaso de su obra y se preguntaban por qué Jesús era rechazado, ante quienes casi constataban la inutilidad de la fe, por un lado, y lo irrecuperable de la maldad humana, por otro, he aquí a Jesús cruzando el umbral de la casa para hablar de Dios, que sale a sembrar el futuro. 

Jesús, de hecho, no es propiedad de nadie, ni siquiera de sus familiares, y por eso su misión es ofrecer nuevas posibilidades, crear oportunidades: «He aquí que el sembrador salió a sembrar». No razona basándose en prejuicios o exclusiones: inventa oportunidades sin preverlo todo de antemano. 

Dios sale continuamente y, con paciencia y perseverancia, no le importa desperdiciar su oferta de comunión y amistad. Surca una y otra vez el terreno de nuestra vida, en cada época y en cada circunstancia, tanto cuando estamos más dispuestos a acogerlo como cuando nos sentimos tentados a dejar que todo se nos escape de las manos. 

Y siempre lo hace con la pequeñez de la semilla, es decir, con algo que puede parecer imperceptible a simple vista. Sigue visitándonos aunque sabe que tres de cada cuatro veces no encontrará la acogida que merece. Y es precisamente por esa última ocasión por la que sigue buscándonos sin rendirse. 

Si hay un hombre de por medio, nunca es en vano entablar un diálogo con él y esparcir la semilla del Evangelio. Poco importa lo que suceda a partir de ahí. Prefiere que la buena semilla se esparza por todas partes antes que aumentar el nivel del depósito en el que se guarda. 

Las adversidades y los obstáculos forman parte del juego, se tienen en cuenta de antemano, pero eso no impide que se siembre la semilla. ¡Al contrario! 

Dios siembra en todo terreno, y lo hace a manos llenas, sin escatimar, porque en cada terreno imagina que hay posibilidad de acceso a la comunión con Él: eso es su palabra, su sabiduría, su inteligencia de las cosas. 

A veces, sin embargo, lo que supone un obstáculo es el camino, es decir, el desgaste de lo cotidiano, la repetición de tópicos y de una religiosidad sin alma, una realidad lisa, impermeable, una experiencia sin pausas, que ha perdido el sentido de la vida, sin apertura a algo más, a alguien más. 

En este caso, todo queda en la superficie, nada se asimila, hasta tal punto que llega el maligno, el adversario por excelencia del éxito del hombre, y le roba el código para acceder a la comunión con Dios. 

A veces, en cambio, lo que supone un obstáculo es la tierra hecha de piedras, es decir, una experiencia de rigidez, de observancia formal, momentos en los que predomina el miedo a equivocarse y, por lo tanto, todo se reduce a obligaciones, deberes e imposiciones. 

Es el terreno en el que las cosas se hacen por tradiciones de las que ya no se sabe dar razón. Es el terreno en el que dominan las expectativas ajenas, un terreno sin raíces personales consolidadas. Por eso falta el abono de la constancia. 

Luego está el terreno ahogado por las espinas: habría todas las condiciones para que la semilla eche raíces, pero prevalecen las preocupaciones por el papel que se desempeña, la imagen, la posición social, la gestión de las relaciones, el nombre y el éxito. Lo que prevalece es la necesidad de acumular bienes. Esto acaba sofocando todo deseo de bien. 

Y luego está la tierra buena, aquella que finalmente reconoce en la semilla esparcida a manos llenas el camino a casa, la comunión con Dios, y por nada del mundo permite que se la arrebaten. 

Todos somos, en cierta medida, cada uno de esos tipos de tierra, según las situaciones y los momentos de la vida. ¿Cuál es la señal más auténtica de que la semilla de la Palabra ha echado raíces en nosotros? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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