martes, 7 de julio de 2026

Algunas de mis inquietudes en la educación de las generaciones presentes y futuras.

Algunas de mis inquietudes en la educación de las generaciones presentes y futuras

Nuestra época ha adquirido un nuevo aspecto. La complejidad ya no es solo el telón de fondo en el que se mueven las sociedades contemporáneas: se ha convertido en la forma habitual de la experiencia cotidiana. Atraviesa las familias, la escuela, el trabajo, los lenguajes, los cuerpos, los miedos...

 

Cada época trae consigo inquietudes y fracturas, pero hoy parece estar ocurriendo algo más profundo. No solo están cambiando las herramientas, los hábitos o la velocidad de la comunicación. Está cambiando la forma en que el ser humano se percibe a sí mismo.

 

Por eso, la pregunta no puede ser solo económica, institucional u organizativa. Es más radical: ¿qué le está pasando al ser humano? ¿Qué está pasando con su forma de estar en el espacio, en el tiempo, en las relaciones, en el cuerpo?

 

Una de las señales más evidentes tiene que ver con los jóvenes. Su inquietud, a menudo, no surge como palabra. No logra convertirse de inmediato en relato. Antes incluso de encontrar un lenguaje, se manifiesta como experiencia somática.

 

Se manifiesta, por ejemplo, en el insomnio, en la agitación, en el retraimiento, en el cierre, en la agresividad, en la búsqueda espasmódica de contacto o, por el contrario, en el rechazo de la proximidad. Es un cuerpo que no encuentra su lugar.



Hay algo muy grave en esta imagen: un joven que no sabe dónde estar. No solo dónde vivir materialmente, sino dónde situarse simbólicamente. Dónde sentirse parte de un entramado y experimentar la propia identidad sin tener que exhibirse, defenderse u ocultarse continuamente.

 

Es como si se hubiera debilitado la semántica elemental de las coordenadas primordiales: mantenerse en pie, habitar una habitación, sostener una mirada, compartir un silencio. Cuando estas coordenadas se rompen, el esfuerzo de vivir no se queda en un hecho interior. Se manifiesta en la postura, en la respiración, en el uso del espacio, en la dificultad para mantener la relación.

 

Aquí nos puede ayudar Romano Guardini, cuando interpreta la modernidad no simplemente como progreso, sino como un cambio en la posición del hombre en el mundo.

 

El hombre moderno dispone de más medios, de más técnica, de una mayor capacidad de intervención sobre la realidad; sin embargo, este aumento de poder puede generar desorientación, si no va acompañado de un crecimiento proporcional de la conciencia, la responsabilidad y la interioridad.

 

Para Romano Guardini, el quid de la cuestión no es la técnica en sí misma, sino la relación entre poder y mesura.



Cuando el hombre aumenta indefinidamente su capacidad de hacer, pero pierde el sentido del límite, corre el riesgo de convertir el mundo en material disponible y a sí mismo en una mera función de sus propios instrumentos.

 

Aquí la cuestión adquiere también una dimensión corporal: quien pierde la medida del mundo, tarde o temprano, tiene dificultades para encontrar la medida dentro de sí mismo. Cree dominar la realidad, pero ya no es capaz de habitar su propia vida.

 

Quizá necesitemos infundir en nuestras sociedades un nuevo sentido religioso. Pero hay que dejarlo claro: no necesariamente en un sentido confesional, sino como capacidad de no silenciar las grandes preguntas del ser humano.

 

¿Quién soy? ¿Por qué vivo? ¿Por quién merece la pena esforzarse? ¿Qué hace que una vida sea buena? ¿Qué significa amar, educar, perder, volver a empezar?

 

Cuando estas preguntas se reprimen, no desaparecen. Vuelven bajo otras formas: ansiedad, vacío, adicción, ira, aislamiento, indiferencia. El cambio ya está en marcha. La cuestión es si seguiremos gestionando sus efectos o si tendremos el valor de cuestionar sus causas.

 

Una sociedad que ya no sabe generar espacios, vínculos y adultos creíbles acaba entregando a los jóvenes a la soledad del rendimiento y de las conexiones.

 

No solo se necesitan nuevos proyectos. Se necesitan presencias capaces de perdurar. Habrá que volver a tomarse en serio al ser humano en su totalidad: no como un usuario al que atender, ni como un rendimiento que medir, sino como una vida concreta que exige cuerpo, vínculo, orientación y sentido.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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