Algunas de mis inquietudes en la educación de las generaciones presentes y futuras
Nuestra época ha adquirido un nuevo aspecto. La complejidad ya no es solo el telón de fondo en el que se mueven las sociedades contemporáneas: se ha convertido en la forma habitual de la experiencia cotidiana. Atraviesa las familias, la escuela, el trabajo, los lenguajes, los cuerpos, los miedos...
Cada época trae consigo inquietudes y fracturas, pero
hoy parece estar ocurriendo algo más profundo. No solo están cambiando las
herramientas, los hábitos o la velocidad de la comunicación. Está cambiando la
forma en que el ser humano se percibe a sí mismo.
Por eso, la pregunta no puede ser solo económica,
institucional u organizativa. Es más radical: ¿qué le está pasando al ser
humano? ¿Qué está pasando con su forma de estar en el espacio, en el tiempo, en
las relaciones, en el cuerpo?
Una de las señales más evidentes tiene que ver con los
jóvenes. Su inquietud, a menudo, no surge como palabra. No logra convertirse de
inmediato en relato. Antes incluso de encontrar un lenguaje, se manifiesta como
experiencia somática.
Se manifiesta, por ejemplo, en el insomnio, en la
agitación, en el retraimiento, en el cierre, en la agresividad, en la búsqueda
espasmódica de contacto o, por el contrario, en el rechazo de la proximidad. Es
un cuerpo que no encuentra su lugar.
Hay algo muy grave en esta imagen: un joven que no sabe dónde estar. No solo dónde vivir materialmente, sino dónde situarse simbólicamente. Dónde sentirse parte de un entramado y experimentar la propia identidad sin tener que exhibirse, defenderse u ocultarse continuamente.
Es como si se
hubiera debilitado la semántica elemental de las coordenadas primordiales: mantenerse en pie, habitar una habitación, sostener
una mirada, compartir un silencio. Cuando estas coordenadas se rompen, el
esfuerzo de vivir no se queda en un hecho interior. Se manifiesta en la
postura, en la respiración, en el uso del espacio, en la dificultad para
mantener la relación.
Aquí nos puede ayudar Romano Guardini, cuando
interpreta la modernidad no simplemente como progreso, sino como un cambio en la
posición del hombre en el mundo.
El hombre moderno dispone de más medios, de más
técnica, de una mayor capacidad de intervención sobre la realidad; sin embargo,
este aumento de poder puede generar desorientación, si no va acompañado de un
crecimiento proporcional de la conciencia, la responsabilidad y la
interioridad.
Para Romano Guardini,
el quid de la cuestión no es la técnica en sí misma, sino la relación entre
poder y mesura.
Cuando el hombre aumenta indefinidamente su capacidad
de hacer, pero pierde el sentido del límite, corre el riesgo de convertir el
mundo en material disponible y a sí mismo en una mera función de sus propios
instrumentos.
Aquí la cuestión adquiere también una dimensión corporal:
quien pierde la medida del mundo, tarde o temprano, tiene dificultades para
encontrar la medida dentro de sí mismo. Cree dominar la realidad, pero ya no es
capaz de habitar su propia vida.
Quizá
necesitemos infundir en nuestras sociedades un nuevo sentido religioso. Pero hay que dejarlo claro: no necesariamente en un
sentido confesional, sino como capacidad de no silenciar las grandes preguntas
del ser humano.
¿Quién soy? ¿Por qué vivo? ¿Por quién merece la pena
esforzarse? ¿Qué hace que una vida sea buena? ¿Qué significa amar, educar,
perder, volver a empezar?
Cuando estas preguntas se reprimen, no desaparecen.
Vuelven bajo otras formas: ansiedad, vacío, adicción, ira, aislamiento,
indiferencia. El cambio ya está en marcha. La cuestión es si seguiremos
gestionando sus efectos o si tendremos el valor de cuestionar sus causas.
Una sociedad que ya no sabe generar espacios, vínculos
y adultos creíbles acaba entregando a los jóvenes a la soledad del rendimiento
y de las conexiones.
No solo se necesitan nuevos proyectos. Se necesitan
presencias capaces de perdurar. Habrá
que volver a tomarse en serio al ser humano en su totalidad: no como un
usuario al que atender, ni como un rendimiento que medir, sino como una vida
concreta que exige cuerpo, vínculo, orientación y sentido.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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