Un amor más fuerte que los lazos de la muerte - San Juan 11, 1-45 -
La narración de la resurrección de Lázaro presenta una pedagogía de la fe cristológica (que culmina en las palabras de Marta: «Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo», pero también contiene una profunda dimensión humana que se puede resumir así: el amor hace vivir, el amor da vida, el amor hace pasar de la muerte a la vida.
El texto comienza con el anuncio a Jesús: «Aquel
a quien amas está enfermo».
El paso de Lázaro de la tumba a la compañía de los
vivos se produce entre las lágrimas que Jesús derrama por su amigo, lo que
lleva a los judíos presentes a reconocer: «Mirad cómo lo amaba».
El narrador especifica que «Jesús amaba a Marta, a su hermana
y a Lázaro».
Si el episodio de la resurrección de Lázaro es el
signo que anticipa la Pascua de Jesús, este signo —el paso de la muerte a la vida—
es posible gracias al amor.
Un amor concreto, personal, cotidiano, amistoso, como
el que une a Jesús con Lázaro, un hombre que no formaba parte del grupo de los
Doce, pero que, junto con sus hermanas, acogía a Jesús cuando este iba a
Betania (Jn 12,1).
De María se recuerdan los gestos concretos de amor que
había reservado a Jesús: «María era la que ungió al Señor con perfume
y le secó los pies con sus cabellos».
Pero el amor no impide que la enfermedad y la muerte
afecten a quienes amamos, sino que, precisamente, el amor por el amigo que
enferma y muere hace aún más dolorosa nuestra vida y nuestro amor.
Conocemos algo de la muerte en la medida de nuestro amor,
y esto es a veces lo que nos empuja a huir del amor, a resistirnos a él, a no
querer amar y a no dejarnos amar. El miedo al sufrimiento que puede derivarse
de él puede inhibir el amor. Pero esto equivale a renunciar a la vida, a no
querer vivir.
Jesús ama a Marta, María y Lázaro, pero está lejos
cuando le anuncian que Lázaro está enfermo.
El amor vive también en la distancia, en la lejanía
física, en la falta de contacto inmediato. Y cuando Lázaro muera, Jesús
permanecerá dos días más donde se encuentra.
Las hermanas reprochan dos veces a Jesús su ausencia
física junto a Lázaro, convencidas de que su presencia habría salvado a Lázaro
de la muerte. También los judíos presentes se suman a esta protesta.
Marta y María vinculan el amor con la proximidad
física.
Jesús vive un amor absolutamente auténtico (y
reconocido como tal por la misma multitud), pero en una alternancia de cercanía
y distancia, de proximidad y lejanía.
Jesús vive el amor también en la espera y sabe que el
amor no impide la muerte.
Hay un límite al amor, el amor no es omnipotente. Y
aunque Lázaro
ha vuelto a la vida, lo que significa que el amor puede operar el paso de la
muerte a la vida, sin embargo, Lázaro tendrá que enfrentarse a la muerte,
porque el amor no puede impedir la muerte.
Al mismo tiempo, la muerte no inhibe el amor.
Éste es un primer mensaje de este relato: el hecho de
que tengamos que morir no puede ni debe impedirnos amar, ni el amor puede ser
visto como algo que escapa a la muerte.
Jesús, al enterarse de que Lázaro está enfermo, afirma
que esa enfermedad no es para la muerte, sino para la manifestación de la
gloria de Dios.
Y, en realidad, cuando Lázaro muera, se revelará que
también la muerte es una ocasión para manifestar la gloria de Dios, que para el
cuarto evangelio es la gloria del amor.
Jesús no invita a luchar por prolongaciones agotadoras
y penosas de la vida, Jesús no convierte la vida en su dimensión biológica en
un fetiche, sino que afirma que tanto vivir como estar enfermo y morir son
lugares de posible manifestación de la gloria de Dios, la gloria del amor.
Y la gloria de amar se manifiesta ya en el valor con
el que Jesús afronta el viaje a Judea desafiando a la muerte.
Estamos ante el amor que vence el miedo a perder la
vida por amor.
Desde siempre, el hombre vive esta extraña condición
por la que, por un lado, teme la muerte y el morir, siente repugnancia por la
descomposición del cuerpo, pero, al mismo tiempo, encuentra la fuerza para dar
la vida por otro, para morir por una persona amada, por una causa justa.
Aquí, el amor por Lázaro impulsa a Jesús a emprender
un viaje que podría costarle la vida. Esto también dice mucho de la importancia
que Jesús concede a la relación tan humana de la amistad.
Las objeciones que se le pueden plantear a Jesús son
varias. ¿No es acaso un motivo demasiado íntimo, ajeno a la misión salvífica y
al Reino de Dios, arriesgar la vida para ir a ver a un amigo? Si sucediera, ¿se
trataría de la muerte de un mártir o de un imprudente que ha concedido demasiado
peso a las relaciones humanas?
Pero la repetición de los términos afectivos que unen
a Jesús con Lázaro (el que tú amas, nuestro amigo, mirad cómo lo amaba) indican
que la realidad que Jesús vivió con Lázaro es la amistad, y que la revelación de
Dios que Jesús realiza en su humanidad incluye también la historia de la
amistad, del afecto humano.
También en la amistad, Jesús narra la gloria de Dios,
narra el poder del amor más fuerte que la muerte.
Jesús y los discípulos se dirigen entonces a casa de
Lázaro.
Y he aquí el grito de Tomás: «Vamos también nosotros a morir
con él». Grito que expresa su deseo de compartir el camino de Jesús
que, yendo a Judea, puede efectivamente encontrar la muerte. Un grito que
indica su voluntad de no dejarlo solo incluso en esa eventualidad extrema.
Al llegar a Betania, el narrador señala que Lázaro
llevaba ya cuatro días en la tumba y Marta sale al encuentro de Jesús haciendo
lo que es a la vez una confesión de fe y una queja.
Marta sufre por la muerte de su hermano, porque no
comprende, a pesar de lo que sabe. Ella sabe que todo lo que Jesús pide a Dios,
Dios lo concede. Entonces, ¿por qué Jesús no ha venido a conjurar la muerte de
su amigo con su cercanía?
Jesús muestra un amor que permanece incluso más allá
de la muerte, un amor cuya prioridad no es evitar la muerte a toda costa.
Y hace que Marta pase de un artículo de fe, la
creencia en la resurrección de los muertos en el último día, a la fe en la vida
en Jesús, a vivir como Jesús, a sumergirse en la realidad en la que vive Jesús,
que es el verdadero lugar de la vida.
Quien se compromete con Jesús, cree en Él y trata de
vivir la vida de Jesús, habita el amor que permanece incluso a través de la
muerte.
El encuentro con María está marcado por las mismas
palabras que había pronunciado Marta. Pero falta toda la parte del diálogo
teológico sobre la resurrección. Los tonos son más afectivos, el contexto es de
lágrimas y llanto.
También María vive la idea del amor por el que la
cercanía conjura la muerte. Pero está más centrada en el pasado, en los afectos
vividos y ahora interrumpidos, y solo el llanto puede expresar ese dolor. No
existe en María la preocupación de Marta por el futuro, la resurrección
venidera, el último día.
Frente a estas dos actitudes, Jesús vive el presente
de la muerte de Lázaro, asume esa muerte y afirma que el amor no muere con la
muerte. El amor sigue vivo después de la muerte y tiene el poder de crear un
puente entre los vivos y los muertos.
El relato evangélico tiene un clímax emocional.
Jesús entra en un torbellino de sentimientos que le
llevan a romper a llorar. Se turba, se conmueve, se contagia del llanto de los
demás y se estremece por la muerte de su amigo. Jesús rompe a llorar de forma
liberadora, lo que reorienta sus emociones, que, de ser internas, se vuelven
visibles, se exteriorizan, se hacen corporales.
El amor no permanece oculto, sino que se manifiesta.
Las lágrimas son la elocuencia discreta del alma, el lenguaje del corazón. Son
la parte visible, material, por temblorosa y transparente que sea, de nuestro
deseo.
Las lágrimas unen admirablemente lo interior y lo
exterior, el cuerpo y el alma. Y nos dicen algo sobre la sabiduría del cuerpo,
expresando una dimensión de la verdad inherente al cuerpo que las palabras y el
discurso conceptual no saben manifestar.
Y he aquí que, ante la tumba, Jesús comienza a actuar.
Marta parece querer frenarlo. «Ya huele mal». Marta está
ligada a la muerte y mantiene a su hermano anclado a ella, pero para Jesús
incluso la muerte es un lugar de manifestación de la gloria de Dios.
El problema no es evitar la muerte, sino comprender
que en ella puede manifestarse la gloria de Dios, su amor. Solo un amor que
asuma en su totalidad lo
trágico y lo inevitable de la muerte es un amor que conduce al paso
de la muerte a la vida.
Jesús cree en el amor incluso ante la muerte. Jesús
sigue amando incluso ante el cadáver. Y es significativo que la orden que Jesús
da después de llamar a Lázaro sea «desatadlo y dejadlo ir».
La orden se refiere a los presentes: Lázaro ya se está
moviendo sin problemas. El problema son los que lo rodean, que deben dejarlo
ir, porque el amor no retiene, no se aferra, sino que cuanto más ama, más
libera al amado.
Jesús está enseñando a amar: no lleva consigo al
muerto que ha vuelto a la vida, sino que enseña a amar con libertad. Amar es
liberar al otro. Ni siquiera la muerte puede retener el amor.
El paso del amado Lázaro de la muerte a la vida
anticipa lo que Jesús hará poco después cuando, habiendo amado a los suyos, los
amará hasta el final (Jn 13,1), entregándose a esa muerte que no podrá
retenerlo porque el poder del amor disuelve los lazos del infierno.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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