lunes, 2 de marzo de 2026

Un amor más fuerte que los lazos de la muerte - San Juan 11, 1-45 -.

Un amor más fuerte que los lazos de la muerte - San Juan 11, 1-45 -

La narración de la resurrección de Lázaro presenta una pedagogía de la fe cristológica (que culmina en las palabras de Marta: «Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo», pero también contiene una profunda dimensión humana que se puede resumir así: el amor hace vivir, el amor da vida, el amor hace pasar de la muerte a la vida.

 

El texto comienza con el anuncio a Jesús: «Aquel a quien amas está enfermo».

 

El paso de Lázaro de la tumba a la compañía de los vivos se produce entre las lágrimas que Jesús derrama por su amigo, lo que lleva a los judíos presentes a reconocer: «Mirad cómo lo amaba».

 

El narrador especifica que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro».

 

Si el episodio de la resurrección de Lázaro es el signo que anticipa la Pascua de Jesús, este signo —el paso de la muerte a la vida— es posible gracias al amor.

 

Un amor concreto, personal, cotidiano, amistoso, como el que une a Jesús con Lázaro, un hombre que no formaba parte del grupo de los Doce, pero que, junto con sus hermanas, acogía a Jesús cuando este iba a Betania (Jn 12,1).

 

De María se recuerdan los gestos concretos de amor que había reservado a Jesús: «María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos».

 

Pero el amor no impide que la enfermedad y la muerte afecten a quienes amamos, sino que, precisamente, el amor por el amigo que enferma y muere hace aún más dolorosa nuestra vida y nuestro amor.

 

Conocemos algo de la muerte en la medida de nuestro amor, y esto es a veces lo que nos empuja a huir del amor, a resistirnos a él, a no querer amar y a no dejarnos amar. El miedo al sufrimiento que puede derivarse de él puede inhibir el amor. Pero esto equivale a renunciar a la vida, a no querer vivir.


 

Jesús ama a Marta, María y Lázaro, pero está lejos cuando le anuncian que Lázaro está enfermo.

 

El amor vive también en la distancia, en la lejanía física, en la falta de contacto inmediato. Y cuando Lázaro muera, Jesús permanecerá dos días más donde se encuentra.

 

Las hermanas reprochan dos veces a Jesús su ausencia física junto a Lázaro, convencidas de que su presencia habría salvado a Lázaro de la muerte. También los judíos presentes se suman a esta protesta.

 

Marta y María vinculan el amor con la proximidad física.

 

Jesús vive un amor absolutamente auténtico (y reconocido como tal por la misma multitud), pero en una alternancia de cercanía y distancia, de proximidad y lejanía.

 

Jesús vive el amor también en la espera y sabe que el amor no impide la muerte.

 

Hay un límite al amor, el amor no es omnipotente. Y

 

 aunque Lázaro ha vuelto a la vida, lo que significa que el amor puede operar el paso de la muerte a la vida, sin embargo, Lázaro tendrá que enfrentarse a la muerte, porque el amor no puede impedir la muerte.

 

Al mismo tiempo, la muerte no inhibe el amor.

 

Éste es un primer mensaje de este relato: el hecho de que tengamos que morir no puede ni debe impedirnos amar, ni el amor puede ser visto como algo que escapa a la muerte.

 

Jesús, al enterarse de que Lázaro está enfermo, afirma que esa enfermedad no es para la muerte, sino para la manifestación de la gloria de Dios.

 

Y, en realidad, cuando Lázaro muera, se revelará que también la muerte es una ocasión para manifestar la gloria de Dios, que para el cuarto evangelio es la gloria del amor.


 

Jesús no invita a luchar por prolongaciones agotadoras y penosas de la vida, Jesús no convierte la vida en su dimensión biológica en un fetiche, sino que afirma que tanto vivir como estar enfermo y morir son lugares de posible manifestación de la gloria de Dios, la gloria del amor.

 

Y la gloria de amar se manifiesta ya en el valor con el que Jesús afronta el viaje a Judea desafiando a la muerte.

 

Estamos ante el amor que vence el miedo a perder la vida por amor.

 

Desde siempre, el hombre vive esta extraña condición por la que, por un lado, teme la muerte y el morir, siente repugnancia por la descomposición del cuerpo, pero, al mismo tiempo, encuentra la fuerza para dar la vida por otro, para morir por una persona amada, por una causa justa.

 

Aquí, el amor por Lázaro impulsa a Jesús a emprender un viaje que podría costarle la vida. Esto también dice mucho de la importancia que Jesús concede a la relación tan humana de la amistad.

 

Las objeciones que se le pueden plantear a Jesús son varias. ¿No es acaso un motivo demasiado íntimo, ajeno a la misión salvífica y al Reino de Dios, arriesgar la vida para ir a ver a un amigo? Si sucediera, ¿se trataría de la muerte de un mártir o de un imprudente que ha concedido demasiado peso a las relaciones humanas?

 

Pero la repetición de los términos afectivos que unen a Jesús con Lázaro (el que tú amas, nuestro amigo, mirad cómo lo amaba) indican que la realidad que Jesús vivió con Lázaro es la amistad, y que la revelación de Dios que Jesús realiza en su humanidad incluye también la historia de la amistad, del afecto humano.

 

También en la amistad, Jesús narra la gloria de Dios, narra el poder del amor más fuerte que la muerte.


 

Jesús y los discípulos se dirigen entonces a casa de Lázaro.

 

Y he aquí el grito de Tomás: «Vamos también nosotros a morir con él». Grito que expresa su deseo de compartir el camino de Jesús que, yendo a Judea, puede efectivamente encontrar la muerte. Un grito que indica su voluntad de no dejarlo solo incluso en esa eventualidad extrema.

 

Al llegar a Betania, el narrador señala que Lázaro llevaba ya cuatro días en la tumba y Marta sale al encuentro de Jesús haciendo lo que es a la vez una confesión de fe y una queja.

 

Marta sufre por la muerte de su hermano, porque no comprende, a pesar de lo que sabe. Ella sabe que todo lo que Jesús pide a Dios, Dios lo concede. Entonces, ¿por qué Jesús no ha venido a conjurar la muerte de su amigo con su cercanía?

 

Jesús muestra un amor que permanece incluso más allá de la muerte, un amor cuya prioridad no es evitar la muerte a toda costa.

 

Y hace que Marta pase de un artículo de fe, la creencia en la resurrección de los muertos en el último día, a la fe en la vida en Jesús, a vivir como Jesús, a sumergirse en la realidad en la que vive Jesús, que es el verdadero lugar de la vida.

 

Quien se compromete con Jesús, cree en Él y trata de vivir la vida de Jesús, habita el amor que permanece incluso a través de la muerte.

 

El encuentro con María está marcado por las mismas palabras que había pronunciado Marta. Pero falta toda la parte del diálogo teológico sobre la resurrección. Los tonos son más afectivos, el contexto es de lágrimas y llanto.

 

También María vive la idea del amor por el que la cercanía conjura la muerte. Pero está más centrada en el pasado, en los afectos vividos y ahora interrumpidos, y solo el llanto puede expresar ese dolor. No existe en María la preocupación de Marta por el futuro, la resurrección venidera, el último día.

 

Frente a estas dos actitudes, Jesús vive el presente de la muerte de Lázaro, asume esa muerte y afirma que el amor no muere con la muerte. El amor sigue vivo después de la muerte y tiene el poder de crear un puente entre los vivos y los muertos.



El relato evangélico tiene un clímax emocional.

 

Jesús entra en un torbellino de sentimientos que le llevan a romper a llorar. Se turba, se conmueve, se contagia del llanto de los demás y se estremece por la muerte de su amigo. Jesús rompe a llorar de forma liberadora, lo que reorienta sus emociones, que, de ser internas, se vuelven visibles, se exteriorizan, se hacen corporales.

 

El amor no permanece oculto, sino que se manifiesta. Las lágrimas son la elocuencia discreta del alma, el lenguaje del corazón. Son la parte visible, material, por temblorosa y transparente que sea, de nuestro deseo.

 

Las lágrimas unen admirablemente lo interior y lo exterior, el cuerpo y el alma. Y nos dicen algo sobre la sabiduría del cuerpo, expresando una dimensión de la verdad inherente al cuerpo que las palabras y el discurso conceptual no saben manifestar.

 

Y he aquí que, ante la tumba, Jesús comienza a actuar.

 

Marta parece querer frenarlo. «Ya huele mal». Marta está ligada a la muerte y mantiene a su hermano anclado a ella, pero para Jesús incluso la muerte es un lugar de manifestación de la gloria de Dios.

 

El problema no es evitar la muerte, sino comprender que en ella puede manifestarse la gloria de Dios, su amor. Solo un amor que asuma en su totalidad lo trágico y lo inevitable de la muerte es un amor que conduce al paso de la muerte a la vida.


 

Jesús cree en el amor incluso ante la muerte. Jesús sigue amando incluso ante el cadáver. Y es significativo que la orden que Jesús da después de llamar a Lázaro sea «desatadlo y dejadlo ir».

 

La orden se refiere a los presentes: Lázaro ya se está moviendo sin problemas. El problema son los que lo rodean, que deben dejarlo ir, porque el amor no retiene, no se aferra, sino que cuanto más ama, más libera al amado.

 

Jesús está enseñando a amar: no lleva consigo al muerto que ha vuelto a la vida, sino que enseña a amar con libertad. Amar es liberar al otro. Ni siquiera la muerte puede retener el amor.

 

El paso del amado Lázaro de la muerte a la vida anticipa lo que Jesús hará poco después cuando, habiendo amado a los suyos, los amará hasta el final (Jn 13,1), entregándose a esa muerte que no podrá retenerlo porque el poder del amor disuelve los lazos del infierno.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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