martes, 3 de marzo de 2026

¿Qué cristianismo hoy?

¿Qué cristianismo hoy?

Aunque nací poco antes de la finalización del Concilio Vaticano II, mi formación religiosa ha bebido de las fuentes del entusiasmo y de las expectativas que acompañaron al Concilio.

 

La palabra más utilizada era «renovación». Se sentía la necesidad de un aire nuevo, después de que el Concilio de Trento hubiera completado su recorrido, encerrado en unas altas y estrechas barreras del conservadurismo.

 

Fue Juan XXIII quien, al inaugurar el Concilio Vaticano II en 1962, abrió puertas y ventanas para adaptar el Evangelio, siempre actual, a la época contemporánea.

 

Y fue Pablo VI quien lo llevó a término, no sin conflictos y fuerzas divergentes en su interior, captando la esencia del acontecimiento con estas palabras: «La Iglesia existe para anunciar el Evangelio». El mismo concepto fue retomado por el Papa Francisco en Evangelii gaudium.

 

Años después del Vaticano II, uno se pregunta qué queda de aquella primavera de la Iglesia que nos había encantado con el movimiento bíblico, con la renovación litúrgica, la responsabilidad de los laicos, la apertura al mundo, a otras culturas y religiones...

 

Es cierto que había (y hay también hoy) quienes remaban en contra, pero prevalecían las grandes aperturas, donde muchos de nosotros pudimos respirar un aire fresco por el que dar gracias al cielo.

 

Ciertamente que la visión de la Iglesia ha cambiado: de una Iglesia encerrada en sí misma e inmóvil, a una Iglesia peregrina y «siempre reformanda»; de una Iglesia dispensadora de normas, preceptos y prohibiciones, a una Iglesia de misericordia y perdón; de una Iglesia que había encerrado las Escrituras en una caja fuerte, a una Iglesia que las ha liberalizado y entregado a todos; de una Iglesia recelosa del mundo a una Iglesia acogedora y benévola; de una liturgia alienante en su forma, en su lenguaje, en sus gestos, en la que el protagonista indiscutible era el presidente de la celebración, a una liturgia eucarística en la que toda la comunidad celebra en torno a la mesa de la Palabra y a la mesa del Pan.

 

Y luego el camino ecuménico, comenzando por los «hermanos mayores», los judíos, y el cambio en la comunicación para que la «doctrina inmutable» se decline de manera que responda a las necesidades de los tiempos.

 

Así, un Concilio que parecía que solo iba a ocuparse de la reforma dentro de la Iglesia, encontró su camino abriendo un gran debate sobre el hombre. El propio Pablo VI, reflexionando sobre cómo el Concilio Vaticano II había abordado el tema de la antropología, habló de «una hermenéutica de la discontinuidad».

 

¿Se ha producido la «discontinuidad»? ¿Y se ha producido según los grandes documentos, la Dei Verbum, la Gaudium et Spes, la Lumen Gentium?

 

¿Qué cristianismo hoy?

 

Los Padres conciliares habían definido a la Iglesia como «Pueblo de Dios»: todos, presbíteros, religiosos y laicos con la misma dignidad, reyes, sacerdotes, profetas, aunque con roles diferentes

 

Sin embargo, hace algunos años, el papa Francisco, entre los males de la Iglesia, denunciaba como prioritario el clericalismo con la patología del poder, una patología difícil de sanar, tanto que se podría resumir con la frase de George Orwell: «Todos son iguales, pero hay algunos que son más iguales que otros».

 

Sucede que hay fuerzas en la Iglesia que, atribuyendo al Concilio Vaticano II la responsabilidad del descenso de las vocaciones, de la práctica religiosa, de haber «malvendido» la Verdad por el «deseo» de dialogar con otras culturas, quieren dar y han dado marcha atrás y, en lugar de estar al servicio del Pueblo de Dios, se ha puesto al servicio de sí misma según el principio de la autoconservación.


 

Además, ¿qué ha sido la renovación a partir del Evangelio que, según Pablo VI, resume el objetivo fundamental del Concilio? Esta debía ser la tarea fundamental. El resto es relativo.

 

¿Qué ha sido del Señor Jesús en nuestras comunidades cristianas? No el Jesús de un pietismo sin vida y sin historia sino el Jesús comprendido teológicamente a partir de sus raíces religiosas judías y de la comprensión kerigmática de la predicación primitiva, último eslabón y cumplimiento de la Revelación a partir de Abraham, a través de la Ley y los Profetas.

 

Uno tiene la sensación de que el lenguaje religioso, en su mayor parte, tiende a permanecer prácticamente igual.

 

Es cierto que en la liturgia ya no se utiliza el latín. Pero, sin embargo, nuestra lengua vernácula tiene la misma estructura que la antigua: las antífonas no han cambiado, los gestos ya no hablan, las distintas partes de la celebración no se comprenden y, por lo tanto, se degrada la riqueza de la Palabra que comprende el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las oraciones de los fieles no suelen ser de los fieles, sino estereotipos que sirven para cualquier ocasión.

 

Por último, la importancia de la Koinonia, término que aparece a menudo en San Pablo: no una comunión buenista y vaga del «querámonos unos a otros», sino la participación concreta, histórica y relacional de los creyentes en Jesús y entre ellos, que caracteriza a la comunidad cristiana, por una fe que compromete, capaz de discernimiento, de espíritu crítico, de perspectivas eclesiales valientes, de fidelidad a la tierra, de más sabor a Reino.

 

En cambio, me parece que hoy prevalece una religiosidad intimista, encerrada en un círculo restringido, incapaz de caminar estar «con» ni de estar «entre».

 

El cristianismo como sistema en nuestro mundo occidental sufre una larga agonía, pero el cristianismo tal y como nos lo ha transmitido el Concilio Vaticano II no ha muerto.

 

Se trata de un proceso largo, que requiere un camino también fatigoso. Estamos solo al principio, pero siempre será un principio. Lo triste es cuando uno se detiene y pretende haber llegado. La semilla que ha sido enterrada en la tierra brota.

 

Su vitalidad tal vez no sea vistosa, pero está ahí y es ella la que sabe encontrar nuevos lenguajes, nuevas formas para expresar lo eternamente Nuevo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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