¿Qué cristianismo hoy?
Aunque nací poco antes de la finalización del Concilio Vaticano II, mi formación religiosa ha bebido de las fuentes del entusiasmo y de las expectativas que acompañaron al Concilio.
La palabra más utilizada era «renovación». Se sentía
la necesidad de un aire nuevo, después de que el Concilio de Trento hubiera
completado su recorrido, encerrado en unas altas y estrechas barreras del
conservadurismo.
Fue Juan XXIII quien, al inaugurar el Concilio
Vaticano II en 1962, abrió puertas y ventanas para adaptar el Evangelio,
siempre actual, a la época contemporánea.
Y fue Pablo VI quien lo llevó a término, no sin
conflictos y fuerzas divergentes en su interior, captando la esencia del
acontecimiento con estas palabras: «La Iglesia existe para anunciar el Evangelio».
El mismo concepto fue retomado por el Papa Francisco en Evangelii gaudium.
Años después del Vaticano II, uno se pregunta qué
queda de aquella primavera de la Iglesia que nos había encantado con el
movimiento bíblico, con la renovación litúrgica, la responsabilidad de los
laicos, la apertura al mundo, a otras culturas y religiones...
Es cierto que había (y hay también hoy) quienes
remaban en contra, pero prevalecían las grandes aperturas, donde muchos de
nosotros pudimos respirar un aire fresco por el que dar gracias al cielo.
Ciertamente que la visión de la Iglesia ha cambiado:
de una Iglesia encerrada en sí misma e inmóvil, a una Iglesia peregrina y «siempre
reformanda»; de una Iglesia dispensadora de normas, preceptos y
prohibiciones, a una Iglesia de misericordia y perdón; de una Iglesia que había
encerrado las Escrituras en una caja fuerte, a una Iglesia que las ha
liberalizado y entregado a todos; de una Iglesia recelosa del mundo a una
Iglesia acogedora y benévola; de una liturgia alienante en su forma, en su
lenguaje, en sus gestos, en la que el protagonista indiscutible era el presidente
de la celebración, a una liturgia eucarística en la que toda la comunidad
celebra en torno a la mesa de la Palabra y a la mesa del Pan.
Y luego el camino ecuménico, comenzando por los «hermanos
mayores», los judíos, y el cambio en la comunicación para que la «doctrina
inmutable» se decline de manera que responda a las necesidades de los
tiempos.
Así, un Concilio que parecía que solo iba a ocuparse
de la reforma dentro de la Iglesia, encontró su camino abriendo un gran debate
sobre el hombre. El propio Pablo VI, reflexionando sobre cómo el Concilio Vaticano
II había abordado el tema de la antropología, habló de «una hermenéutica de la
discontinuidad».
¿Se ha producido la «discontinuidad»? ¿Y se ha
producido según los grandes documentos, la Dei Verbum, la Gaudium et Spes, la
Lumen Gentium?
¿Qué cristianismo hoy?
Los Padres conciliares habían definido a la Iglesia
como «Pueblo de Dios»: todos, presbíteros, religiosos y laicos con la
misma dignidad, reyes, sacerdotes, profetas, aunque con roles diferentes
Sin embargo, hace algunos años, el papa Francisco,
entre los males de la Iglesia, denunciaba como prioritario el clericalismo con
la patología del poder, una patología difícil de sanar, tanto que se podría
resumir con la frase de George Orwell: «Todos son iguales, pero hay algunos que son
más iguales que otros».
Sucede que hay fuerzas en la Iglesia que, atribuyendo
al Concilio Vaticano II la responsabilidad del descenso de las vocaciones, de
la práctica religiosa, de haber «malvendido» la Verdad por el «deseo»
de dialogar con otras culturas, quieren dar y han dado marcha atrás y, en lugar
de estar al servicio del Pueblo de Dios, se ha puesto al servicio de sí misma
según el principio de la autoconservación.
Además, ¿qué ha sido la renovación a partir del
Evangelio que, según Pablo VI, resume el objetivo fundamental del Concilio?
Esta debía ser la tarea fundamental. El resto es relativo.
¿Qué ha sido del Señor Jesús en nuestras comunidades
cristianas? No el Jesús de un pietismo sin vida y sin historia sino el Jesús
comprendido teológicamente a partir de sus raíces religiosas judías y de la
comprensión kerigmática de la predicación primitiva, último eslabón y
cumplimiento de la Revelación a partir de Abraham, a través de la Ley y los
Profetas.
Uno tiene la sensación de que el lenguaje religioso,
en su mayor parte, tiende a permanecer prácticamente igual.
Es cierto que en la liturgia ya no se utiliza el
latín. Pero, sin embargo, nuestra lengua vernácula tiene la misma estructura
que la antigua: las antífonas no han cambiado, los gestos ya no hablan, las
distintas partes de la celebración no se comprenden y, por lo tanto, se degrada
la riqueza de la Palabra que comprende el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las
oraciones de los fieles no suelen ser de los fieles, sino estereotipos que
sirven para cualquier ocasión.
Por último, la importancia de la Koinonia, término que
aparece a menudo en San Pablo: no una comunión buenista y vaga del «querámonos
unos a otros», sino la participación concreta, histórica y relacional
de los creyentes en Jesús y entre ellos, que caracteriza a la comunidad
cristiana, por una fe que compromete, capaz de discernimiento, de espíritu
crítico, de perspectivas eclesiales valientes, de fidelidad a la tierra, de más
sabor a Reino.
En cambio, me parece que hoy prevalece una religiosidad
intimista, encerrada en un círculo restringido, incapaz de caminar estar «con»
ni de estar «entre».
El cristianismo como sistema en nuestro mundo
occidental sufre una larga agonía, pero el cristianismo tal y como nos lo ha
transmitido el Concilio Vaticano II no ha muerto.
Se trata de un proceso largo, que requiere un camino
también fatigoso. Estamos solo al principio, pero siempre será un principio. Lo
triste es cuando uno se detiene y pretende haber llegado. La semilla que ha
sido enterrada en la tierra brota.
Su vitalidad tal vez no sea vistosa, pero está ahí y
es ella la que sabe encontrar nuevos lenguajes, nuevas formas para expresar lo
eternamente Nuevo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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