A las puertas del drama de la salvación - San Juan 11, 1-45 -
Lázaro no hace nada: no habla, no actúa, no se sabe quién es, no tiene un carácter definido. Dado que Lázaro no hace nada, significa que Jesús lo hace todo: es Jesús quien elige a los amigos y no hace falta poseer ninguna característica especial, porque la primera característica especial es dejarse elegir. Lázaro representa, en mi opinión, a la persona que es amada por Jesús porque así lo quiere Jesús.
Es una caricia muy dulce, al final de esta Cuaresma,
volver a decirnos que Jesús nos ama porque así lo quiere, y basta. No por
nuestros ayunos, no por nuestras virtudes, ni por nuestras penitencias. Nos ama
porque así lo quiere, y basta: no hay que indagar, no hay que entender, no hay
que preguntar. Solo hay que aceptar.
Es bueno que este tiempo de Cuaresma, a las puertas ya
de su final, no haya transcurrido según los propósitos que nos habíamos
marcado; de lo contrario, pensaríamos que nos merecemos la Pascua; y, en cambio,
la Pascua llega y basta. Porque Jesús así lo quiere y lo dispone.
Entre las palabras y los hechos del Evangelio se abren
paso, con una tensión creciente, dos sentimientos, dos sensaciones, que ya nos
llevan al umbral de la Semana Santa.
Se abre paso a un ritmo trepidante la tensión que va
en aumento, el presentimiento del drama que se avecina, el ambiente que se
vuelve pesado.
Marta y María mandan llamar a Jesús al lugar más allá del Jordán donde se había refugiado después de que los judíos estuvieran a punto de apedrearlo. Tomás habla de ir a morir; y tras la resurrección de Lázaro, los jefes de los sacerdotes y los fariseos reúnen al sanedrín para decidir matarlo (Jn 11,47). Incluso, en cierto momento, los jefes de los sacerdotes deciden matar también a Lázaro (Jn 12,10).
A esta tensión le sirve de contrapunto un clima denso
de afecto, de intimidad, casi de deseo de cercanía, de amistad.
Jesús se conmueve profundamente, «y, muy turbado, preguntó: “¿Dónde
lo habéis puesto?”». Rompe a llorar delante de todos —quizás también
por la tensión que le oprime por dentro—, hasta tal punto que la gente que está
allí no puede sino decir: «¡Mirad cómo lo amaba!».
Ese milagro le debió de costar mucho a Jesús. Quizás
el único milagro que pidió al Padre un poco también para sí mismo, por amor a
esos amigos. Debió de costarle mucho, porque no podía ignorar que, tras esa
señal, ya no le darían tregua, lo aplastarían definitivamente.
Este entrelazamiento entre tensión e intimidad
acompaña toda la trama de los próximos días. Lo volveremos a encontrar la noche
del Jueves Santo: por un lado, la tensión del traidor que debe hacer pronto su
trabajo: «Lo que tengas que hacer, hazlo cuanto antes»(Jn 13,27)
Y por otro, el deseo de Jesús de estar cerca de los
suyos, aferrado casi físicamente a su amistad: «Mi alma está triste hasta la
muerte: quedaos aquí» (Mt 26,38).
Al final, habrá otro grito, como el día de la
resurrección de Lázaro: «Gritó a gran voz: “¡Lázaro, sal fuera!”»,
para sacarnos esta vez a mí —a cada uno de nosotros— de los sepulcros en los
que nos hemos encerrado: «Dando un fuerte grito, expiró» (Mc
15,37).
La resurrección de Lázaro es la última vez que podemos
entusiasmarnos con la divinidad de Jesús: alguien que incluso resucita a los
muertos. De aquí en adelante, nos sentiremos desconcertados ante su debilidad,
su impotencia, su fragilidad: alguien que se deja matar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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