sábado, 21 de marzo de 2026

A las puertas del drama de la salvación - San Juan 11, 1-45 -.

A las puertas del drama de la salvación - San Juan 11, 1-45 -

Lázaro no hace nada: no habla, no actúa, no se sabe quién es, no tiene un carácter definido. Dado que Lázaro no hace nada, significa que Jesús lo hace todo: es Jesús quien elige a los amigos y no hace falta poseer ninguna característica especial, porque la primera característica especial es dejarse elegir. Lázaro representa, en mi opinión, a la persona que es amada por Jesús porque así lo quiere Jesús.

 

Es una caricia muy dulce, al final de esta Cuaresma, volver a decirnos que Jesús nos ama porque así lo quiere, y basta. No por nuestros ayunos, no por nuestras virtudes, ni por nuestras penitencias. Nos ama porque así lo quiere, y basta: no hay que indagar, no hay que entender, no hay que preguntar. Solo hay que aceptar.

 

Es bueno que este tiempo de Cuaresma, a las puertas ya de su final, no haya transcurrido según los propósitos que nos habíamos marcado; de lo contrario, pensaríamos que nos merecemos la Pascua; y, en cambio, la Pascua llega y basta. Porque Jesús así lo quiere y lo dispone.

 

Entre las palabras y los hechos del Evangelio se abren paso, con una tensión creciente, dos sentimientos, dos sensaciones, que ya nos llevan al umbral de la Semana Santa.

 

Se abre paso a un ritmo trepidante la tensión que va en aumento, el presentimiento del drama que se avecina, el ambiente que se vuelve pesado.


Marta y María mandan llamar a Jesús al lugar más allá del Jordán donde se había refugiado después de que los judíos estuvieran a punto de apedrearlo. Tomás habla de ir a morir; y tras la resurrección de Lázaro, los jefes de los sacerdotes y los fariseos reúnen al sanedrín para decidir matarlo (Jn 11,47). Incluso, en cierto momento, los jefes de los sacerdotes deciden matar también a Lázaro (Jn 12,10).

 

A esta tensión le sirve de contrapunto un clima denso de afecto, de intimidad, casi de deseo de cercanía, de amistad.

 

Jesús se conmueve profundamente, «y, muy turbado, preguntó: “¿Dónde lo habéis puesto?”». Rompe a llorar delante de todos —quizás también por la tensión que le oprime por dentro—, hasta tal punto que la gente que está allí no puede sino decir: «¡Mirad cómo lo amaba!».

 

Ese milagro le debió de costar mucho a Jesús. Quizás el único milagro que pidió al Padre un poco también para sí mismo, por amor a esos amigos. Debió de costarle mucho, porque no podía ignorar que, tras esa señal, ya no le darían tregua, lo aplastarían definitivamente.

 

Este entrelazamiento entre tensión e intimidad acompaña toda la trama de los próximos días. Lo volveremos a encontrar la noche del Jueves Santo: por un lado, la tensión del traidor que debe hacer pronto su trabajo: «Lo que tengas que hacer, hazlo cuanto antes»(Jn 13,27)

 

Y por otro, el deseo de Jesús de estar cerca de los suyos, aferrado casi físicamente a su amistad: «Mi alma está triste hasta la muerte: quedaos aquí» (Mt 26,38).

 

Al final, habrá otro grito, como el día de la resurrección de Lázaro: «Gritó a gran voz: “¡Lázaro, sal fuera!”», para sacarnos esta vez a mí —a cada uno de nosotros— de los sepulcros en los que nos hemos encerrado: «Dando un fuerte grito, expiró» (Mc 15,37).

 

La resurrección de Lázaro es la última vez que podemos entusiasmarnos con la divinidad de Jesús: alguien que incluso resucita a los muertos. De aquí en adelante, nos sentiremos desconcertados ante su debilidad, su impotencia, su fragilidad: alguien que se deja matar.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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