¿Qué rostro tendrá la Iglesia europea?
Hace años hubo un pequeño libro del teólogo dominico Jean Marie Tillard: ¿Somos los últimos cristianos?
Lo escribió poco antes de morir, en el año 2000. En
unas pocas líneas describía una escena que ya nos resulta familiar: catequistas
que hablan de Jesucristo ante oyentes distraídos, Iglesias cada vez más vacías,
bancos ocupados sobre todo por personas de pelo canoso.
Generaciones enteras no se están volviendo
anticristianas. Se están volviendo indiferentes.
No es un episodio pasajero. Es un cambio histórico.
Profundo, probablemente irreversible.
Muchos cristianos lo viven como un shock.
Creo que era Jean Guitton que lo llamaba la «fractura
de la memoria»: nuestra incapacidad para transmitir la fe a las nuevas
generaciones.
Quien tiene hijos o nietos sabe lo concreta que es
esta herida.
Y, sin embargo, las señales llevaban tiempo ahí. Pero
hemos preferido pensar que solo se trataba de una crisis pasajera. Que bastaba
con reafirmar con más fuerza las verdades y los valores para que todo volviera
a ser como antes.
No es así. Se está acabando un mundo.
Se está acabando la societas christiana. Aquella que Johann Baptist Metz llamaba
la «cristiandad burguesa»: un cristianismo domesticado, espiritual pero
inofensivo, perfectamente integrado en el orden social.
Durante siglos hemos acabado identificando el
cristianismo con el sentido común.
¿El cristiano? Uno como todos los demás. Moderado,
equilibrado, respetable.
Pero así, poco a poco, el Evangelio se ha vuelto
inofensivo.
Hoy ese mundo ha llegado a su fin.
No estamos asistiendo al fin de la fe, sino al fin de
un cristianismo automático y ambiental. Un proceso de dos siglos, y que se
acelera.
La Iglesia ya no determina los lenguajes simbólicos
compartidos, los valores públicos, la visión de la vida en común.
Ante este cambio surgen tentaciones diferentes…
El verdadero desafío es otro: aceptar ser una Iglesia
en diáspora. Una minoría creativa.
Esto significa repensar los lenguajes de la fe, porque
muchos de los tradicionales ya no comunican. Si la comunidad cristiana ya no
puede ser el sistema normativo de la sociedad, sí puede convertirse en un
laboratorio de sentido.
No sabemos qué rostro tendrá la Iglesia del futuro.
Pero sí sabemos que no podrá limitarse a repetir las
palabras del pasado. Deberá custodiar su espíritu. Volver a lo esencial.
El cristianismo no es creíble porque llena las
iglesias. Es creíble cuando genera esperanza. Cuando muestra que la vida merece
la pena ser vivida. Cuando da testimonio de que el mal no tiene la última
palabra, de que del dolor puede nacer la alegría, de la resignación la
esperanza, de la muerte la vida.
Quizá seamos realmente los últimos cristianos de una
cierta forma de ser Iglesia.
Pero incluso eso podría ser una gracia. Porque cada
vez que el cristianismo pierde poder, puede reencontrar el Evangelio.
Y el Evangelio, cuando vuelve a ser libre, devuelve a
los hombres lo más precioso: la humanidad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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