Una libertad cristiana más allá de nuestras seguridades religiosas
En lo más profundo y oscuro de cada uno de nosotros hay una profunda necesidad de seguridad. No es un deseo superficial, ni una simple exigencia de orden: es una sed ancestral que brota de las zonas más frágiles de nuestra humanidad.
Y la llevamos dentro como una inquietud silenciosa,
como un temblor que no siempre sabemos nombrar, pero que acompaña nuestros
pasos cuando el mundo nos parece demasiado vasto, demasiado plural, demasiado
difícil de habitar.
Nuestra humanidad es frágil. Se expone a la
multiplicidad de lo real y, precisamente ahí, siente que puede perderse.
El mundo no se deja reducir a una sola forma, a un
solo lenguaje, a una sola interpretación. Está hecho de diferencias,
contradicciones, rostros, historias, heridas y promesas. Habitarlo significa
aceptar no poseerlo, no dominarlo, no encerrarlo en una fórmula definitiva.
Pero esta apertura nos asusta.
La pluralidad del mundo hiere nuestra necesidad de
control y nos obliga a reconocer que no somos dueños de la realidad.
Por eso, impulsados por el instinto de supervivencia,
buscamos puntos de referencia estables. Necesitamos lugares interiores en los
que descansar, palabras seguras, signos reconocibles, límites que nos protejan
de lo indeterminado.
Pero cuando no encontramos esta estabilidad en la realidad —porque la realidad se presenta móvil, variada e irreductible—, entonces caemos en la tentación de inventarla. Modificamos los datos de lo real a nuestro antojo, los simplificamos, los adaptamos a nuestros miedos, los construimos según imágenes capaces de tranquilizarnos.
Así nace una tranquilidad frágil, porque se basa en un
artificio. Es una paz aparente, una seguridad fabricada, una falsificación que
nos permite respirar solo por un momento.
Pero la realidad, tarde o temprano, vuelve a llamar a
la puerta. Su pluralidad se cuela por las grietas de nuestras defensas,
desmiente nuestras construcciones, resquebraja nuestras certezas. Y entonces se
desata en nuestro interior un conflicto: por un lado, la tranquilidad que nos
hemos construido; por otro, el mundo vivo, complejo, desbordante, que no deja de
provocarnos inquietud.
Este dato antropológico también afecta a la dimensión
religiosa.
El ser humano, de hecho, puede llegar a construir lo
sagrado como defensa contra la inquietud. No siempre lo sagrado nace de la
escucha del Misterio; a veces nace del miedo al misterio. Se convierte entonces
en una barrera, una estructura, un sistema de signos con el que intentamos
detener lo divino, hacerlo previsible, impedir que entre en el mundo con su
libertad trastornadora.
El proceso de sacralización del fenómeno divino se
sitúa precisamente en esta línea: el hombre busca tranquilidad, no implicación;
busca confirmaciones, no conversión; busca un Dios que custodie sus certezas,
no un Misterio que las ponga en tela de juicio.
Por eso, el hombre religioso siente a menudo la necesidad de signos concretos, de elementos visibles, de garantías externas que suplen la certeza que no encuentra en su interior. El signo se convierte entonces en refugio, el rito en protección, la forma en un dique contra la angustia.
Desde esta perspectiva, la presencia de Jesús se
presenta como un hecho profundamente inquietante.
Jesús no viene a confirmar nuestras seguridades
artificiales, sino a desenmascararlas. No entra en la historia para custodiar
nuestras construcciones religiosas, sino para abrir una novedad que las supera.
Su presencia es como una luz en la noche: consuela,
pero ante todo revela; ilumina, pero precisamente por eso muestra las sombras
que habíamos aprendido a ocultar.
Acoger la novedad del Misterio manifestado por Jesús
significa, por tanto, despojarse de las propias ideas preconcebidas culturales
y religiosas. Significa renunciar a las certezas construidas falsificando la
realidad, dejando que sea la realidad misma, en su verdad, la que nos alcance.
Jesús no es un adorno decorativo para nuestras convicciones, no es un remiendo colocado sobre el viejo vestido de nuestras costumbres. Él es la realidad nueva, la presencia que pide espacio, la irrupción de Dios que no puede quedar aprisionada en nuestros esquemas.
Por eso el Evangelio habla de vino nuevo y de odres
nuevos.
El vino nuevo no puede verterse en odres viejos sin
romperlos: la novedad que trae Jesús exige personas nuevas, conciencias
abiertas, corazones capaces de dejarse ensanchar.
No basta con conservar lo que somos y añadir un poco
de religión a la superficie de la vida. Es necesario permitir que el Misterio
transforme la estructura profunda de nuestra forma de pensar, de creer, de
habitar el mundo.
La noche, pues, no es solo el lugar del miedo. Es
también el lugar donde se desvanecen las ilusiones y se aprende a esperar una
luz que no hemos fabricado nosotros.
En la oscuridad de nuestras falsas seguridades, Jesús
viene como una novedad inquietante y liberadora. Nos pide que no nos defendamos
del mundo, sino que lo atravesemos; que no sacralicemos nuestros miedos, sino
que dejemos que se curen; que no construyamos un Dios a nuestra medida, sino
que acojamos al Dios vivo que entra en la historia y abre, dentro de nosotros,
el espacio para una vida nueva.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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