Esa falsa conciencia apocalíptica
Para empezar, la problemática del Apocalipsis tiene su miga. Y me explico.
No existe en la cultura griega clásica.
Los estoicos hablan de «ekpyrosis», de un Fuego universal que lo incinera todo, pero luego el mundo renace, según el esquema cíclico de los griegos.
En las culturas de inspiración confuciana, hindú o budista no hay rastro alguno de ello: si este mundo acaba, nace otro.
¿De dónde surge hoy esa conciencia apocalíptica que impregna las decisiones privadas y públicas de millones de personas?
El mundo del Occidente colectivo ya no domina el planeta. Los imperios occidentales —el español, el portugués, el neerlandés, el británico, el francés, el alemán y, hoy en día, el estadounidense— han agotado su ciclo de dominio desde el siglo XVI en adelante.
Hasta aquí, nada históricamente anómalo: las sociedades, las naciones y los imperios crecen y decaen. Su duración se cuenta en siglos y milenios; nuestra historia personal dura un suspiro.
El fin del mundo se entrelaza con la categoría judeocristiana de la esperanza. Seguramente el virus de la esperanza fue introducido en el pensamiento político de Occidente por el judaísmo y el cristianismo.
Y esto ha trastocado la concepción greco-clásica de la historia como una repetición cíclica de acontecimientos.
Según la filosofía cíclica, no tiene sentido esperar una mejora irreversible de la propia condición histórica. Si no esperas, tampoco te desesperas. Te abandonas a los acontecimientos o intentas contrarrestarlos, pero sin ilusiones.
La esperanza sería la verdadera enfermedad de Occidente. Hoy en día, Occidente está «en declive», y por lo tanto disminuyen las esperanzas occidentales y, en consecuencia, crece el miedo al futuro.
En realidad, los biblistas nos informan de que «apocalipsis» deriva del griego antiguo - ἀποκάλυψις -, que significa «revelación». Tiene el significado de profecía, no como una previsión amenazadora del futuro, sino como el desvelamiento de un presente ya «redimido».
El Apocalipsis, escrito en Patmos por San Juan —quizá el apóstol, quizá otro—, no es un libro que predique la ruina, sino un libro de esperanza.
El libro nos habla en el lenguaje metafórico e imaginativo de los cuatro grupos de siete, de las siete cartas a las siete iglesias, de los siete sellos, de las siete trompetas, de los siete azotes que brotan de las siete copas de la ira de Dios, de los cuatro jinetes, pero no promete la realización en esta tierra de un reino de mil años ni amenaza con ninguna catástrofe.
¿Cómo ha sucedido que, tras Patmos, la esperanza se haya transformado en utopía, en milenarismo y en catastrofismo?
Ha sido la secularización de la esperanza la que ha contribuido a distorsionar la idea del Apocalipsis.
Por un lado, la esperanza se ha transformado en la ideología de un progreso sin fin, ya sea evolutivo-lineal o mediante una ruptura revolucionaria. El límite, el mal, lo negativo, la violencia y la ferocidad animal del homo sapiens se consideran redimibles mediante el desarrollo económico, la ciencia y la tecnología, el proletariado y la nación... Y han sido expulsados de nuestra conciencia histórica como imperfecciones provisionales.
En realidad, nunca habían desaparecido ni de la historia colectiva ni de la biografía de los individuos. El descubrimiento de que en la historia humana existen el mal, la violencia y el enemigo parece estar dando un vuelco al panorama intelectual de Occidente.
Hay quien hizo este dramático «descubrimiento»
por ejemplo después de que las Torres Gemelas fueran devoradas el 11 de
septiembre de 2001 por una «ekpyrosis» infernal. Aquel 11 de
septiembre, y todo lo que vino después, han confirmado que el Occidente
histórico, el del progreso infinito, ya no dicta la agenda del mundo. Por lo
tanto, como tal, está llegando a su fin. Así, el fin de un mundo se está
convirtiendo en el fin del mundo, según la expresión del Papa Francisco.
En este contexto aparece en escena el apocalipsis, entendido en el sentido de una catástrofe sin salvación. ¿Cómo escapar del destino apocalíptico? Es necesario identificar un Katechon, capaz de derrotar al Anticristo que se avecina.
Hay quien dice que el Katechon es la tecnología llevada al máximo de su potencial. O, por ejemplo, si la democracia es un estorbo… deshagámonos de ella. Esto y más, con tal de defender la libertad, que es el principio constitutivo de Occidente. Para algunos, el «katechon» es el propio Donald Trump…
«El Apocalipsis» se está convirtiendo en una ideología improvisada, exegéticamente infundada, que solo sirve para expresar la angustia por el declive del Imperio.
El bipolarismo geopolítico ha llegado a su fin y los intentos de monopolio imperialista han fracasado.
Construir un nuevo orden multipolar concertado parece ser la tarea necesaria.
Y tal vez, en este sentido, la apocalíptica es aquella falsa conciencia que encubre la negativa a pensar o construir un nuevo orden mundial.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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