viernes, 6 de marzo de 2026

Un pensamiento norteamericano obsesivo: los perdedores y ganadores de la historia

Un pensamiento norteamericano obsesivo: los perdedores y ganadores de la historia 

Debe haberse puesto de moda (o tal vez nunca ha dejado de estar de moda) dividir el mundo en perdedores y ganadores. En débiles y fuertes. En buenos y malos. En amigos y enemigos.

 

Hay quien utiliza la categoría de “perdedor” o, sus más o menos equivalentes, débil, estúpido, flojo, idiota, tonto…

 

Pero, y no desde ahora, tengo la sensación de que detrás de estas categorías no hay una gran visión. Porque las categorías en sí mismas son más frágiles de lo que parecen. Y detrás de no pocos ganadores, o considerados tales, hay un comportamiento perdedor.

 

La pareja “ganador – perdedor” delinea un panorama cognitivo que incluye criterios de juicio quizás hasta primitivos y toscos, pero dotados de una coherencia innegable y, por lo tanto, probablemente muy persistentes.

 

Se trata de criterios de juicio característicos del pensamiento dicotómico, que esquematizan y simplifican dividiendo el mundo en blanco y negro, sin matices. O en amigos y enemigos. O, como digo, precisamente, en perdedores y ganadores.


Un pensamiento típico del Far West del universo norteamericano.

 

Es un pensamiento demasiado apresurado, superficial,..., y, por ende, inadecuado para lidiar con la complejidad del presente.

 

Pero también es fácil de entender, tranquilizador y consolador, sobre todo si siempre y automáticamente nos ponemos de lo que llaman “el lado bueno de la historia”. O de la película.

 

En una supuesta historia de perdedores, o en un hipotético mundo de perdedores, siempre hay quien construye la narrativa de que él es el único ganador que promete proteger, redimir, salvar… a los supuestamente perdedores.


Como digo, hay quien tiene la obsesión  de definir el éxito y la felicidad en términos de ganadores y perdedores. Se trata de una actitud que impregna todos los ámbitos, desde el deporte hasta la política y los negocios, y que causa más daños que beneficios.

 

De hecho, esta obsesión neurótica genera algunas consecuencias paradójicas.

 

Por ejemplo, suelen decir que los ganadores olímpicos de medallas de plata suelen estar más insatisfechos que los ganadores de medallas de bronce. Y esto se debe a que los «plateados» se consideran perdedores con respecto al primer clasificado, mientras que los «bronceados» se alegran de haber ganado una medalla.

 

Las personas más infelices y frustradas solo se emocionan con los resultados excelentes, y solo las más felices aprecian cualquier buen resultado aunque no sea excelente.

 

Y una de las consecuencias de querer ganar a toda costa, y no solo en los deportes, es la propensión a ganar incluso con el engaño. O el aumento del estrés. O el aumento de los prejuicios y la alienación. O la transformación de cada derrota en un evento traumático.

 

La alternativa a competir, obviamente, no es renunciar a la competición. Porque eso sería otra forma de pensamiento dicotómico. Sino elegir la cooperación. Por ejemplo, en las relaciones entre naciones.

 

Ocurre que los ganadores, si los consideramos desde el punto de vista narrativo, son poca cosa. Menos de lo que ellos creen que son.

 

Y ocurre a menudo que una reacción positiva y consciente ante la derrota resulta mucho más interesante que una victoria que se exhibe auto-complacida y normalmente no exenta de controversia entre otras cosas porque se debe al engaño.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 


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