¿Para qué una Iglesia en salida?
Un Obispo me decía en una sacristía, justamente antes de la celebración de la Eucaristía, y cuando no estábamos revistiendo con nuestros ornamentos litúrgicos, que la Iglesia no necesita la voz de quienes critican, sino la de personas llenas de esperanza y confianza.
Una manera correctamente educada, como suele ser la manera
de ser de los Obispos, de decirme que no se necesita mi voz que en el noventa
por ciento de los casos es crítica.
Pero reflexionar
sobre cómo la Iglesia puede recuperar un rostro público, es decir, una forma
creíble y fecunda de estar en el mundo hoy, representa para mí ya de por sí un
acto de esperanza.
Porque la fisonomía que, lamentablemente, me parece
más plausible para la Iglesia del futuro es la de pequeñas comunidades,
cerradas e identitarias, desconectadas del mundo y de la cultura de la época,
es decir, desprovistas de la preocupación por tener un rostro público creíble.
Si me fijo en los católicos más jóvenes, ya sean presbíteros,
religiosos o laicos comprometidos, la tendencia que se perfila, salvo raras
excepciones, me parece esta: se está
mucho más preocupado por defender y conservar que por mostrar algo significativo.
Aventurarme a imaginar una fe capaz de recuperar un rostro público significa para mí intentar seguir esperando que la comunidad cristiana no interrumpa el diálogo con el mundo y pueda volver a ser creíble y fecunda en la historia.
Creo que la
credibilidad y la relevancia de la fe cristiana en el presente y en el futuro
es la verdadera cuestión que hay que plantearse si se quiere intentar
devolverle un rostro público a la fe.
Una voz que pretenda tener una dimensión pública, de
hecho, no puede conformarse con expresarse: debe poder parecer verdadera,
adecuada al contexto, enriquecedora, provocadora…
Y esto es lo que la fe cristiana ha perdido, la raíz
de la crisis de la fe hoy en día.
Lo que, desde mi punto de vista, es más urgente
entonces, no es identificar nuevos espacios en los que la voz cristiana pueda
ser escuchada o sujetos diversos, comunitarios, que la expresen, sino encontrar
la manera de recuperar la plausibilidad y la relevancia de lo que la fe propone
a los ojos de quien escucha.
Y quiero hacer una anotación decisiva: relevancia es
algo distinto del éxito. Con el Evangelio en la mano, Jesús tuvo poco éxito en
su vida, pero lo que decía era tan relevante que decidieron quitarlo de en
medio para silenciarlo.
Imaginar una
Iglesia capaz de salir del Cenáculo para recuperar la escena pública significa
plantearse qué tiene la fe cristiana que decir y que aportar al mundo de manera
fecunda, creíble y significativa.
El desafío no
se reduce a un problema de lenguaje o de comunicación: es un problema de
contenidos que resultan irrelevantes para la vida, incluso cuando se proponen
de manera accesible y comprensible.
Entre la gente común, entre las personas no marcadamente
religiosas, lo que la fe propone, sencillamente, no dice nada, no se sabe qué
hacer con ello. Sobre todo los jóvenes y los adultos (menos los mayores) tienen
dificultades para encontrar respuesta a preguntas como «¿por qué debería interesarme creer?», «¿qué
promete aportar la fe de significativo y deseable a mi vida?».
Lo confieso. Yo
mismo me doy cuenta de que no tengo una respuesta a estas preguntas. O, mejor dicho, tengo una respuesta que vale para mí,
para mi fe; es la razón por la que para mí la fe es significativa: el encuentro
con Jesús, que acoge mi frágil humanidad y me impulsa a cuidar del otro.
Pero me doy cuenta a diario de que esta respuesta no parece significativa para la gran mayoría de los jóvenes y adultos con los que me encuentro.
Cuando la fe
individual se manifiesta públicamente, parece simplemente fuera de contexto y,
por lo tanto, imposible de percibir como prometedora y deseable.
Puede ocurrir que se aprecien las cualidades humanas
de algunos creyentes, pero esto, la mayoría de las veces, ocurre
independientemente de la fe que las sustenta, que sigue siendo un hecho privado
en el que no hay motivo para adentrarse: la fe permanece sin rostro público.
Desde este punto de vista, no basta, en mi opinión,
con limitarse a aclarar, incluso de forma atractiva y novedosa, lo propio de la
fe cristiana, lo que la Iglesia vive de manera diferente respecto al mundo,…
Creo, más bien, que hay que preguntarse qué parte de
ese propio de la fe cristiana puede resultar creíble y relevante hoy en día.
No sé, y cada
vez me inclino más a pensar que no, si nuestra Iglesia ha tomado en serio la
cuestión de la credibilidad de la fe cristiana.
Tengo para mí
que el post-teísmo represente el intento más serio de abordar la fe no de forma
aislada, sino dejándose provocar por los retos que plantea el contexto cultural
actual, sin eludirlos
ni deslegitimarlos.
La investigación histórica, los avances de la ciencia, la cosmología, la psicología, la antropología cultural, las ciencias de la religión,…, plantean objetivamente cuestiones que ponen en tela de juicio algunos de los pilares sobre los que siempre se ha sostenido la fe cristiana.
El post-teísmo ha tenido el valor de intentar repensar
el cristianismo dando relevancia a estas cuestiones.
Sí, también soy consciente, creo que lo soy, de que esta
tarea no es gratuita: el riesgo de que la fe cristiana resulte desnaturalizada
al final del proceso es real. Pero para recuperar la credibilidad de la fe
cristiana es necesario e imprescindible un enfoque que reconozca la relevancia
para la fe de los avances de la ciencia y, más en general, del saber humano;
una reflexión que no resuelva la cuestión simplemente separando los planos,
pidiendo elegir entre «creer en lo que propone la fe» o «creer
en el progreso humano».
Una fe que
quiera recuperar una presencia pública no puede seguir repitiendo los contenidos
de siempre sin plantearse el problema del punto de vista de quien escucha, sin
mostrar cómo y por qué la fe sigue siendo creíble hoy en día.
También pienso, junto a todo lo anterior, en la
cuestión moral en el ámbito sexual y familiar. Es evidente que, a este nivel,
la desconexión entre la enseñanza de la Iglesia, las prácticas de los
cristianos y el contexto cultural no es una distancia abismal, vertiginosa,…,
sino lo siguiente.
La recuperación de una imagen pública de la fe implica
necesariamente una mediación cultural renovada del ideal moral cristiano en
torno a temas como la corporalidad, el placer, la procreación, el posible
fracaso de una relación, la relevancia constitutiva para lo humano y para el
juicio moral de la dimensión cultural junto a la natural.
Acabo ya. También soy consciente, creo que lo soy, de
que el desafío es arduo, y soy el primero en albergar desconfianza en la
plausibilidad de que las comunidades cristianas elijan ir en esta dirección. No
soy ingenuamente buenista ni optimista. La realidad que escucho, leo, veo de
las intervenciones de las comunidades cristianas me resulta entre preocupante y
desazonadora.
Pero, me temo, no es posible conformarse con menos si
el objetivo es la recuperación de un rostro público de la fe significativo,
creíble y fecundo hoy en día.
Sin el esfuerzo de ponerse del lado de quien escucha,
dando relevancia a su sentir, no puede haber alternativa a las comunidades
cristianas cerradas e identitarias, preocupadas únicamente por permanecer
fieles a su propia Tradición.
Estas comunidades podrán tener también una voz y
canales comunicativos atractivos que la difundan, pero seguirá siendo una expresión
arqueológica, anacrónica y museística, preocupada por defender su propio punto de vista sin
preocuparse de cómo se ve desde fuera.
También
puede ocurrir que, a veces, la voz de estas comunidades diga cosas que el
sentido común de algunos juzgará compartibles —cuando el Papa habla de la paz,
de la pobreza, de la justicia, esto es lo que ocurre—, pero el revuelo
mediático de un momento… es algo distinto de una imagen pública de la fe que
sea, por sí misma y en su totalidad, percibida como creíble y deseable en el
contexto cultural actual.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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