Otro Primero de Mayo
De hecho no sé si esta fecha es ya evocadora para
nuestra gran mayoría de vecinos.
El Primero de Mayo nació como un compromiso de lucha,
como un gesto colectivo de dignidad. Puede ser, yo así lo pienso, que nuestra mentalidad
aburguesada lo haya transformado en un simple momento de vacación y ocio.
Una fiesta convertida en inofensiva, reducida a una
pausa: ¿y qué pausa puede ser aquella carente de significado, aquella que ya no
recuerda su origen, aquella que ya no sabe decir por qué se detiene?
También es precisamente a partir de este olvido que se comprende cuán profundamente ha cambiado nuestra forma de estar en el mundo.
La sensación generalizada es la de estar inmersos en un
cambio que no hemos elegido. Más que atravesarlo, hemos sido arrojados a él: un
movimiento incesante que modifica cada día lo que creíamos estable, las formas
de convivencia, las estructuras que sostenían el trabajo y la vida en común.
El Primero de Mayo vaciado se convierte así en el
símbolo de una crisis más amplia: la pérdida de un sentido compartido, la
disolución de las formas que pretendían ordenar el mundo.
El orden que nos tranquilizaba muestra ahora el fondo
inquieto que siempre lo habitaba, un fondo que no es simple desorden, sino
tensión originaria, caos que ninguna forma logra ya contener.
Lo que hace más evidente esta fractura son dos fuerzas que han acelerado la transformación: la guerra y la revolución digital.
a.- La
guerra, que ha vuelto a ser un clima permanente y ya no una excepción, revela
la fragilidad de las formas políticas que pretendían gobernar el mundo.
b.- La
revolución digital, con su poder de conexión y control, disuelve fronteras,
identidades y continuidad, transformando cada relación en dato, cada gesto en
cálculo. Todo se resuelve en el dicho algoritmo.
No se trata de acontecimientos externos, sino de
manifestaciones de un movimiento más profundo, que pone en crisis las
categorías con las que hemos concebido la realidad en las últimas décadas.
Estos procesos inciden de manera radical en la razón
económica que ha dominado nuestra época. La lógica de la eficiencia, del
crecimiento ilimitado, de la competencia permanente se ve ahora obligada a
rendir cuentas ante un mundo que ya no responde a sus modelos.
Las cadenas de producción se rompen, las jerarquías
geopolíticas se reordenan, las dependencias se multiplican. Lo digital,
mientras promete fluidez, concentra el poder y produce nuevas formas de
dominio.
La racionalidad económica, que pretendía ordenar el
mundo, descubre que ella misma forma parte del desorden que quería gobernar.
En este escenario, el Primero de Mayo podría interpelarnos.
No como una festividad ritual, sino como una pregunta
radical: ¿qué significa el trabajo en un mundo que cambia así? ¿Qué significa
luchar, reivindicar, construir comunidades cuando se transforman las propias
formas de producción, de relación, de presencia? ¿Qué significa «estar juntos»
cuando la guerra nos recuerda la vulnerabilidad y lo digital nos expone sin
protegernos?
Vivimos en una época en la que nuestra existencia está
expuesta, es vulnerable, fragmentada. La guerra nos recuerda nuestra finitud,
nuestra dependencia de los demás. Lo digital nos conecta sin comunidad, nos
expone sin relación. Nos atraviesan fuerzas que no controlamos y, sin embargo,
nos vemos obligados a responder, a tomar posición, a compartir.
La transformación en curso no es solo geopolítica o
tecnológica: es una crisis de las formas, un umbral en el que lo que parecía
garantizado se disuelve y lo que emerge aún no tiene nombre.
Nos obliga a repensar lo humano no como dominio, sino
como apertura; no como identidad, sino como relación; no como seguridad, sino
como cuidado.
El Primero de Mayo, si aún quiere decir algo, debe
volver a ser esto: una forma de estar juntos sin poseer el mundo, una
invitación a compartir sin apropiarse, un llamamiento a construir sin cerrar.
Quizás sea precisamente en la fragilidad compartida
donde se abre el espacio para una nueva forma de humanidad: ya no centrada en
el dominio, sino en la relación; ya no en la protección, sino en el compartir;
ya no en la identidad, sino en la coexistencia.
¿El Primero de Mayo puede volver a ser la memoria viva
de lo que nos une y la promesa de lo que aún podemos construir juntos?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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