Qué Dios
La irrupción de una «iglesia trumpiana» de carácter norteamericano ha reavivado un debate que, partiendo de la relación entre el Estado y la Iglesia, se adentra necesariamente en una cuestión radical: ¿qué tiene que ver la religión con la política?
Es un hecho histórico que la creencia en un Dios —es
decir, la religión— ha garantizado durante milenios la cohesión de las
sociedades humanas, ya fueran grupos de cazadores, nómadas, agricultores
sedentarios, clanes, tribus, Estados e imperios, aristócratas o gente pobre.
Dios era el garante ético externo al «contrato social» entre los seres humanos.
Pero desde que Friedrich Nietzsche escribió sobre la «muerte
de Dios» y sobre las iglesias como «sepulcros de Dios», ya no
hemos tenido paz. Cuando él escribía sobre ello, Auguste Comte ya había
proclamado que el agnosticismo era la nueva «religión de la humanidad».
Él pensaba en el Dios-Razón tal y como se expresa en la ciencia.
Lo cierto es que, poco a poco, el agnosticismo se ha
convertido en la Iglesia oficial de la modernidad. La cual, al principio,
estaba satisfecha. Duró poco. Solo lo que duró la «Belle Époque». Bastaron dos
guerras mundiales para que se disipara la euforia. Así que Emil Cioran, el
filósofo nihilista rumano, se preguntó, en cierto momento, «si la
existencia no fuera para nosotros un exilio y la Nada una patria».
Nos toca a nosotros diseñar, inventar, construir, sin
delegar en nadie, ni siquiera en Dios. Las estructuras políticas que edificamos
(como las morales, por poner un ejemplo) valen por cómo soportan el peso, no
por quién ha firmado el proyecto.
Blaise Pascal proponía que si la razón no es capaz de
demostrar la existencia de Dios, conviene, no obstante, apostar por su
existencia.
Por el momento, el tiempo es todo nuestro, no se puede posponer nada a un Más Allá. Al fin y al cabo, este es el talento que hemos recibido: el proyecto humano.
Hay que arriesgarlo, no enterrarlo como hizo el siervo
«malvado y holgazán» de la parábola de los talentos bajo un quietismo hecho de
miedos y huida de la responsabilidad personal.
Dietrich Bonhoeffer, ejecutado por Adolf Hitler el 9
de abril de 1945 en el campo de Flossenbürg. En sus «Cartas desde la cárcel»
afirma que el mundo moderno se ha vuelto «adulto»
y, por lo tanto, ya no necesita recurrir a un «Dios tapagujeros».
Hay quien hablaba de un «Dios-perchero», cuando se le
invocaba como la percha en la que colgar todo (moral, política, sociedad…).
Al pensar en un cristianismo más auténtico me siento
impulsado a pensar en un «cristianismo sin religión». Dios no es el remedio
fácil y barato que se utiliza para resolver las dificultades de los seres
humanos de estar en el mundo.
En esta «muerte de Dios», lo que «muere» no es Dios sino ciertas imágenes de Dios. Lo que no muere es la plena asunción por parte de los seres humanos de la responsabilidad, la libertad y el esfuerzo en nuestro breve paso por esta casa común que llamamos Tierra.
Desde el punto de vista de la política y de la
construcción de la sociedad, lo que cada uno debe realizar sigue siendo su
libertad/responsabilidad. Nadie está exento de ella.
Para los creyentes, se puede, y se debe, invocar la
ayuda de la gracia divina… pero como solemos decir “a Dios rogando y con el mazo
dando” porque “el que nos creó sin nosotros… no nos salvará
sin nosotros” o “reza como si todo dependiera de Dios y trabaja
como si todo dependiera de ti” - parafraseando a san Agustín -.
Dicho lo cual,
uno no olvida, y de vez en cuando hasta lo recuerda, aquel importante capítulo
de teología de la Biblia, el de la idolatría: el pecado de convertir en Dios a
quien y lo que Dios no es. Una de las últimas frases contundentes de la Biblia
es perentoria: «Para los idólatras y para todos los mentirosos está
reservado el lago ardiente de fuego y azufre» (Apocalipsis 21, 8).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario