martes, 28 de abril de 2026

Qué Dios.

Qué Dios

La irrupción de una «iglesia trumpiana» de carácter norteamericano ha reavivado un debate que, partiendo de la relación entre el Estado y la Iglesia, se adentra necesariamente en una cuestión radical: ¿qué tiene que ver la religión con la política?

 

Es un hecho histórico que la creencia en un Dios —es decir, la religión— ha garantizado durante milenios la cohesión de las sociedades humanas, ya fueran grupos de cazadores, nómadas, agricultores sedentarios, clanes, tribus, Estados e imperios, aristócratas o gente pobre. Dios era el garante ético externo al «contrato social» entre los seres humanos.

 

Pero desde que Friedrich Nietzsche escribió sobre la «muerte de Dios» y sobre las iglesias como «sepulcros de Dios», ya no hemos tenido paz. Cuando él escribía sobre ello, Auguste Comte ya había proclamado que el agnosticismo era la nueva «religión de la humanidad». Él pensaba en el Dios-Razón tal y como se expresa en la ciencia.

 

Lo cierto es que, poco a poco, el agnosticismo se ha convertido en la Iglesia oficial de la modernidad. La cual, al principio, estaba satisfecha. Duró poco. Solo lo que duró la «Belle Époque». Bastaron dos guerras mundiales para que se disipara la euforia. Así que Emil Cioran, el filósofo nihilista rumano, se preguntó, en cierto momento, «si la existencia no fuera para nosotros un exilio y la Nada una patria».

 


Desde luego, yo no soy quién para aventurarme en senderos metafísicos. Pero, queda una cuestión ineludible: la muerte de Dios es una cuestión política. ¿Se puede constituir y perdurar en el tiempo una sociedad humana sin algún horizonte de trascendencia?

Si Dios ha dejado de funcionar como Tribunal Supremo de la historia —por el cual incluso los malhechores más impunes en esta vida pagarán sus culpas en la otra— ¿qué podemos hacer? Tenemos que arreglárnoslas. ¡No hay alternativa!


Nos toca a nosotros diseñar, inventar, construir, sin delegar en nadie, ni siquiera en Dios. Las estructuras políticas que edificamos (como las morales, por poner un ejemplo) valen por cómo soportan el peso, no por quién ha firmado el proyecto.

 

Blaise Pascal proponía que si la razón no es capaz de demostrar la existencia de Dios, conviene, no obstante, apostar por su existencia.


Por el momento, el tiempo es todo nuestro, no se puede posponer nada a un Más Allá. Al fin y al cabo, este es el talento que hemos recibido: el proyecto humano.

 

Hay que arriesgarlo, no enterrarlo como hizo el siervo «malvado y holgazán» de la parábola de los talentos bajo un quietismo hecho de miedos y huida de la responsabilidad personal.

 

Dietrich Bonhoeffer, ejecutado por Adolf Hitler el 9 de abril de 1945 en el campo de Flossenbürg. En sus «Cartas desde la cárcel» afirma que el mundo moderno se ha vuelto «adulto» y, por lo tanto, ya no necesita recurrir a un «Dios tapagujeros».

 

Hay quien hablaba de un «Dios-perchero», cuando se le invocaba como la percha en la que colgar todo (moral, política, sociedad…).

 

Al pensar en un cristianismo más auténtico me siento impulsado a pensar en un «cristianismo sin religión». Dios no es el remedio fácil y barato que se utiliza para resolver las dificultades de los seres humanos de estar en el mundo.


En esta «muerte de Dios», lo que «muere» no es Dios sino ciertas imágenes de Dios. Lo que no muere es la plena asunción por parte de los seres humanos de la responsabilidad, la libertad y el esfuerzo en nuestro breve paso por esta casa común que llamamos Tierra.

 

Desde el punto de vista de la política y de la construcción de la sociedad, lo que cada uno debe realizar sigue siendo su libertad/responsabilidad. Nadie está exento de ella.

 

Para los creyentes, se puede, y se debe, invocar la ayuda de la gracia divina… pero como solemos decir “a Dios rogando y con el mazo dando” porque “el que nos creó sin nosotros… no nos salvará sin nosotros” o “reza como si todo dependiera de Dios y trabaja como si todo dependiera de ti” - parafraseando a san Agustín -.

 

Dicho lo cual, uno no olvida, y de vez en cuando hasta lo recuerda, aquel importante capítulo de teología de la Biblia, el de la idolatría: el pecado de convertir en Dios a quien y lo que Dios no es. Una de las últimas frases contundentes de la Biblia es perentoria: «Para los idólatras y para todos los mentirosos está reservado el lago ardiente de fuego y azufre» (Apocalipsis 21, 8).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Qué Dios.

Qué Dios La irrupción de una «iglesia trumpiana» de carácter norteamericano ha reavivado un debate que, partiendo de la relación entre el Es...