martes, 11 de agosto de 2026

El grito de dolor convierte más que catecismos, dogmas, homilías y teologías- San Mateo 15, 21-28 -.

El grito de dolor convierte más que catecismos, dogmas, homilías y teologías- San Mateo 15, 21-28 - 

Solo hay que tener paciencia y mucha fe; por desgracia, todavía hay demasiada resistencia: las antiguas barricadas se mantienen en pie y algunos, con ingenua imprudencia, construyen otras nuevas; sin embargo, caerán, ya han caído, pero cuando nos demos cuenta de verdad, cuando la acojamos con gratitud, todo será diferente, se necesita mucha fe y mucha paciencia, pero por fin llegará el día en que logremos elegir habitar el mundo, vivir la fe como extranjeros en tierra ajena, sin rencor, con gratitud, con toda la humildad necesaria, dejando de lado las pretensiones que conlleva el hecho de ser extranjeros, caminando de puntillas y cuidando de no herir la sensibilidad ajena. Solo así podrá reflorecer la vida. Solo así el Evangelio podrá volver a sintonizar con el mundo. 

Pero los extranjeros nos dan miedo, y ni hablar de llegar a comprender que solo ellos pueden convertirnos… 

Mientras nos sintamos «amos en nuestra propia casa», mientras defendamos todas las formas de las antiguas tradiciones, mientras creamos que el futuro pasa por una nueva traducción del Misal o de Leccionario… no habrá la fe de la página evangélica de hoy. 

Solo cuando logremos convertirnos en madres extranjeras hambrientas de vida y dejemos de perseguir al Maestro tratando de silenciar a quien perturba nuestro silencio, descubriremos la fuerza sanadora del Encuentro. 

La mujer cananea no solo es extranjera, sino que es extranjera en tierra extranjera. Como Jesús. Hay que ir sinceramente allí, a un lugar donde cada uno se ve obligado a transformar su mirada, sus propias convicciones. La tierra extranjera también transforma a Jesús. 

En tierra extranjera hay que despojarse de todo, ya nada se da por sentado. En tierra extranjera, ante el derrumbe de las costumbres, ¿qué queda? Un grito lanzado por amor. 

Desafío a cualquiera a encontrar hoy, en nuestras comunidades, llantos maternales por el sufrimiento ajeno. Nos hemos enredado, estamos gastando mucha energía solo para mantenernos con vida, cuando la lógica de la semilla dice exactamente lo contrario. 

¿Qué me importan las estructuras del pasado si ya no saben captar ni dejarse transformar por la urgencia de la vida? 

¿Qué me importan querer conservar a toda costa las formas de un cristianismo de pertenencia (pienso en las procesiones, pero, del mismo modo, en otras experiencias y propuestas que no consiguen morir de una vez para dejarnos en paz)? 

¿Qué me importa ver cómo cambia el rostro de la comunidad cristiana, parroquia, diócesis…? 

¿Qué me importa participar en reuniones interminables que solo apuntan a una reorganización territorial para no perder posición, como si se tratara de una guerra? 

¿Qué me importa una Iglesia que no solo ya no escucha el grito de amor de los hombres y mujeres que buscan una forma de vivir lo más dignamente posible, sino que —y esto es lo que más me preocupa— qué hago con una Iglesia que multiplica las estrategias de supervivencia con tal de no convertirse en la madre cananea, con tal de sofocar el humillante grito de amor que dice: «¡Señor, ayúdame!»? 

¿Por qué multiplicar las fuerzas para reafirmar nuestra legitimidad en este mundo y no preocuparnos en absoluto por el silencio, por la incapacidad de gritar que necesitamos ser salvados? 

¿Cómo se traduce hoy el grito de la mujer cananea? ¿Por qué no conseguimos aferrarnos con fuerza a ese «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!»? 

Ten piedad de nosotros, porque somos pobres mártires asustados y desorientados. 

Ten piedad de tus Obispos y presbíteros, que aún no encuentran el valor para clamar su necesidad de ser amados. 

Ten piedad de tus comunidades, tan enredadas en sus miedos. 

Ten piedad de nuestro colonialismo cultural, de nuestra incapacidad para reconocer el Evangelio, más vivo que nunca, en formas y modalidades que no comprendemos, que nos cuestionan y que, sencillamente, nos piden conversión. 

«Mi hija está muy atormentada por un demonio», ¿por qué no conseguimos encontrar nuevas traducciones para esta frase que es una puerta abierta a una nueva forma de estar en el mundo? ¿Dar voz a la preocupación de sentirnos vacíos, poseídos, utilizados y esclavizados por algo que tal vez incluso nos atrevamos a definir como amor, pero que no lo es, porque ya no libera? 

No es fácil transformar las propias expectativas; tampoco lo fue para Jesús. Esta página es valiente. Como si Jesús tuviera miedo de llegar hasta una visión tan ajena y liberadora de la vida. 

Jesús permanece en silencio, no dirige ninguna palabra a la mujer, como si no tuviera ninguna, como si no comprendiera la gramática de esta petición. Como si estuviera desorientado. Silencio. Como para recordarse a sí mismo que es un extranjero en tierra extranjera. 

Y luego parece asustarse: sus discípulos, tan duros en su comprensión de la fe, ante la visión de aquella madre necesitada de vida, «se acercaron y le suplicaron»; ¡la mujer extranjera convierte incluso a los discípulos! El grito de amor convierte más que una catequesis. 

Y Jesús, sin embargo, le explica que siempre ha sido así, que desde que el mundo es mundo la conversión pasa por la elección divina que escoge a un pueblo para convertir, después, al mundo entero. Pero aquí la elegida es la mujer. La elegida es la madre. La elección divina es gritar de amor por otro. Esto abre las fronteras. 

Y ella, además, es hermosa —me refiero a la madre—, es hermosa porque sabe conciliar dos extremos que la hacen irresistible: clama, sí, pero sin pretensiones. Clama su amor y se conforma con las migajas. 

No lo sé, pero creo que la conversión pasa necesariamente por aquí: aprender a clamar nuestra necesidad de amor, pero como extranjeros en tierra ajena, que saben que no pueden pretender nada y que saben dar las gracias por cada migaja de vida que cae al suelo. 

¡Cómo da las gracias un perro cuando te vuelves, cuando te fijas en él! ¡Él no se avergüenza de mostrarte que está contento de necesitarte! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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