Un banquete del Reino abierto a todos - San Mateo 15, 21-28 -
Tras la discusión con los fariseos que habían bajado de Jerusalén y la enseñanza sobre lo que realmente contamina al hombre (cf. Mt 15,1-20), Jesús abandona Genesaret, ciudad situada en tierra de Israel, y «se retira a la región de Tiro y Sidón»: rechazado por las autoridades religiosas judías, se aleja dirigiéndose hacia el norte, hacia el territorio pagano, tal y como había hecho en su momento el profeta Elías (cf. 1 Re 17,2-24).
Mientras se encuentra en esta zona fronteriza, he aquí que una mujer cananea, es decir, pagana, sale a su encuentro suplicándole: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está atormentada cruelmente por un demonio».
Ella lo aclama como Mesías, demostrando así que conoce la esperanza de Israel; y no solo eso, sino que sus palabras denotan una gran confianza en la capacidad de Jesús para sanar a su hija. Él, sin embargo, no le responde nada.
Son entonces los discípulos quienes interceden por la mujer, pidiéndole a Jesús que al menos le dirija una palabra de despedida, ya que ella sigue clamando por su necesidad. Pero él replica: «Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel»; por otra parte, al enviar a los Doce en misión, ya les había ordenado que se dirigieran únicamente a estos mismos destinatarios (cf. Mt 10,6).
Como hijo de Israel, Jesús se somete a los tiempos inscritos en el sabio designio de Dios, reservando por el momento su actividad al pueblo de la alianza y de las bendiciones: solo tras su resurrección enviará a los discípulos ordenándoles que hagan discípulos a todas las naciones (cf. Mt 28,19)…
Pero la mujer insiste y, postrándose a los pies de Jesús, renueva con perseverancia su petición: «¡Señor, ayúdame!». Esta vez Jesús le responde, aunque todavía de forma negativa: «No está bien tomar el pan reservado a los hijos», es decir, a Israel, el hijo primogénito (cf. Éx 4,22), «y echárselo a los perritos», animales impuros con los que la Escritura designaba a los paganos.
La mujer manifiesta, en primer lugar, que comparte la motivación «teológica» aducida por Jesús («Es cierto, Señor»), pero luego añade una consideración extraordinaria: «Pero incluso los perritos se alimentan de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Son palabras que revelan una fe profunda e inteligente; es como si ella dijera: «Sí, nosotros, los paganos, somos los perros; pero tengo fe en que Dios, que en su amor alimenta a todos, tampoco nos dejará en la necesidad».
Jesús percibe en estas palabras la fe de la mujer y se deja interpelar por ella, hasta el punto de cambiar su propia actitud: «Mujer, ¡cuán grande es tu fe! Que se haga contigo como deseas», una orden eficaz que provoca inmediatamente la curación de su hija.
Pero esta afirmación de Jesús debe entenderse en toda su riqueza. Él no impone condiciones a la mujer, no le dice: «Si tienes fe, haré por ti lo que deseas», del mismo modo que nunca le ha dicho a nadie: «Si tienes fe, te salvaré».
No, Jesús reconoce la fe de quien tiene ante sí y sabe depositar en él su confianza. Por eso repite a menudo: «Tu fe te ha salvado» (Mt 9,22; Mc 10,52), o, como le dice a otro pagano, el centurión romano: «Hágase según tu fe» (Mt 8,13).
He aquí un elemento destacado de la autoridad de Jesús: su capacidad para hacer crecer y florecer a las personas con las que se encuentra, abriéndoles espacios inesperados de vida nueva. Así derriba las barreras que separan a los hombres y nos cuenta que, cuando se encuentra verdaderamente a una persona, esta deja de ser lo que los muros la convierten en para volver a ser simplemente un ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios.
Este encuentro con la mujer cananea marca una importante apertura de Jesús hacia los paganos, al igual que lo será también la posterior multiplicación de los panes, al término de la cual quedarán siete cestas de sobras, símbolo de los setenta pueblos de la tierra (cf. Mt 15,32-39); entre estos pueblos —no lo olvidemos— debemos incluirnos también a nosotros, los cristianos procedentes del paganismo…
A través de estos signos, Jesús nos muestra que el banquete del Reino está abierto a todos (cf. Mt 8,11): deberíamos recordarlo cuando nos sintamos tentados a levantar nuevos muros fruto de un celo patológico…
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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