Una perfección como la de vuestro Padre - San Mateo 5, 43-48 -
Como vuestro Padre…
He aquí el sentido de la vida cristiana: ser como el
Padre. No navegando sin rumbo o sin horizonte, sino teniendo presente un
modelo: el Padre.
Como vuestro Padre…
¿Y cómo es ese Padre del que Jesús nos ha hablado y
del que somos signo?
Es aquel cuya propuesta está siempre a favor del
hombre: «He venido para que tengáis
vida y la tengáis en abundancia».
El Padre es alguien que nunca está delante de nosotros
ni por encima de nosotros, ajeno o separado de nosotros.
Todo lo contrario.
Jesús lo ha manifestado como aquel que se ha
involucrado plenamente en nuestra vida, nos ha elegido y se ha puesto de
nuestro lado: desea estar con los hombres y se compromete a su favor.
Un Dios «con», un Dios «entre» y un Dios «para».
Sin el «con», el «entre» y el «para»,
Dios se pierde en un cielo abstracto, como una realidad evanescente.
Lo cual significa que estas preposiciones - «con»,
«entre»
y «para»
- son definitivas, atestiguan que ya no es posible concebir a Dios sin los
hombres.
Nosotros hemos sido constituidos como signo de un Dios
así: un Dios «con», un Dios «entre» y un Dios «para».
Como vuestro Padre…
Es decir, más allá de cualquier juicio de idoneidad o
aptitud o capacidad.
Jesús, signo de un Dios que no sufre crisis de amor
porque no conoce crisis de fe.
Quizás deberíamos preguntarnos más a menudo si
nuestras crisis de amor no tienen su origen en una crisis de fe.
Jesús no sufrirá crisis de amor ni siquiera ante el
hombre que lo entrega porque, como dirá Pablo, si nosotros carecemos de fe, Él,
sin embargo, permanece fiel.
Dios sigue amando porque sigue creyendo en el hombre,
independientemente de su capacidad, aptitud, idoneidad… y de la forma en que
corresponda al amor.
Como vuestro Padre…
Un amor sin reservas que nunca pone como condición
previa que para dar hay que tener.
Como vuestro Padre…
Un amor dispuesto incluso a sufrir para no romper el
vínculo en los momentos en que la soledad o nuestra fragilidad vulnerable se
manifiestan con mayor fuerza.
Como vuestro Padre…
Un amor que, incansable y pacientemente, vuelve a
anudar los hilos cuando los lazos pueden estar en peligro.
Como vuestro Padre…
Un amor como capacidad de esperar, de no acelerar el
paso cuando el otro no es capaz de seguir el nuestro, de sentarse con el otro
al borde del camino esperando a que recupere el aliento y las ganas de reanudar
el camino.
Como vuestro Padre…
Un amor que planta su tienda en medio de los hombres,
no para romper la monotonía del cielo, sino porque el hombre es su destino
secreto, deseado desde toda la eternidad.
Como vuestro Padre…
Un amor que reside en la alegría del encuentro, sin
dar nunca la espalda, incluso cuando el hombre lo hiciera.
Dios, desde la habitación alta de su casa, escudriña
el horizonte para captar su regreso.
Paradójico pero cierto: según este amor, el mismo día
del alejamiento se convierte en el día de la promesa de quien, por ningún
motivo, habría abandonado al hombre.
Un amor que nunca pide cuentas por el agravio sufrido,
sino que llega incluso a asumir el agravio transformándolo en una experiencia
de atención hacia el hombre culpable. Un amor que no conoce ni la venganza ni
el ajuste de cuentas.
Como vuestro Padre…
Un amor que reconoce como propia la tarea de lavar los
pies a los hombres: el lavatorio de los pies, el oficio de un Dios abajado y
servicial a favor del hombre.
Como vuestro Padre… así vosotros…
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



No hay comentarios:
Publicar un comentario