Un canto a la más radical libertad (a modo de confesión) - San Mateo 10, 37-42 -
Una cama, una mesa, una
silla, un candelabro. No hace
falta nada más para convertir una habitación vacía en un seno fecundo. La
lectura de 2 Reyes 4, 8-11. 14-16a es conmovedora.
Quizá tener fe sea precisamente esta capacidad tan
maternal de transformar una cueva en un belén, un desierto en una flor, un
duelo en una posibilidad. Para inventar un Cenáculo antes del Tiempo, para
anticipar esa habitación del piso de arriba donde un poco de pan, una copa de
vino, una jarra de agua cantarán eternamente el amor desmedido de Dios por
nuestra humanidad.
Una cama, una mesa, una silla y un candelabro, para no
decir ya que la vida es pobre y que la fe es un don para unos pocos que llega
del cielo; la fe es la transfiguración de lo cotidiano.
La fe es arropar las mantas de una cama para dar
descanso a las palabras de los profetas, es crear un espacio de silencio, un
Vacío Sagrado en la parte más preciosa del corazón para seguir creyendo en la
historia de la vida, para no dejar de escucharla, aunque se haya vuelto vieja y
estéril, como para aquella pareja que esperaba como maná el paso de Eliseo.
La fe no es más que una mesa, un altar cotidiano, un
fragmento de tierra que camina hacia el cielo; la fe es saber sentarse a la
mesa. Nada más, es poner la mesa para la vida, es invitarla a hacernos
compañía, es suplicar a la historia que se detenga, que nos hable, es no
avergonzarnos de mostrarnos necesitados, es estar en el umbral de la tienda, en
la hora más calurosa del día, esperando a alguien que nos regale su mirada
sobre la vida.
La fe es poner la mesa cada día, con cuidado por los
detalles; es sentarse a partir el pan de la compañía, pero también el amargo
del fracaso; es no rechazar ni siquiera el bocado del traidor, porque nunca hay
que tener miedo a la vida, porque en cada trozo de pan hay la encarnación de un
Dios que nos pide que nos transformemos en su cuerpo.
La fe es un gesto artístico y creativo, la silla se
convierte en una oración de madera, la invitación a detenerse, y el candelabro
en un acto de valentía: que se haga la luz, que salga a la luz la vida.
Eliseo se convierte en la voz de la promesa de un
hijo, y parece, a una lectura superficial, que el milagro es una intervención
divina desde lo alto; pero no, el milagro es que una mujer anciana y sin hijos
haya sido capaz de retener durante tanto tiempo la luz entre los dedos, tanta
como para iluminar el día a día, una luz tan intensa que transforma una
habitación vacía en un seno de vida. El milagro es el de una mujer que no ha
dejado de hacer el amor con las cosas.
La fe es saber encontrar la luz de cada cosa. Basta un
vaso de agua, al fin y al cabo, el Evangelio lo dice bien, basta un vaso de
agua para quien ha aprendido a escuchar la vida. Para quien ha aprendido la sed
de cada ser vivo.
Pero debes haber olvidado la banalidad, no debes creer
que una cama, un candelabro, una silla, una mesa, un vaso son solo objetos;
debes liberar la luz que llevan dentro, debes darte cuenta de que cada cosa es
más de lo que parece, que la función manifiesta puede ser solo una excusa para
empezar a inventar nuevas relaciones, que una cosa no se agota respondiendo a
nuestra necesidad. Ni siquiera un hijo.
Quizá la fe sea precisamente esto: dejar de sentirse
el centro del mundo, la medida de las cosas, y confiar; crear las condiciones
para que la vida hable, se cuente y nos transforme. Dejar que las cosas sean
más de lo que me parecen, más de lo que me sirven. Acoger en una habitación de
la planta de arriba y escuchar.
Y me gustaría tener una mesa, una silla, un candelabro, una cama para transformar el tiempo en una habitación de arriba, un vientre capaz de escuchar. Me gustaría sentar a los que no tienen asiento, y aprender a servirles, aprender a escucharlos para darme cuenta de ellos, acogerlos y sorprenderme de toda la luz que llevan dentro, porque cada persona es también hija, y hermana.
Tener fe es liberarse de la vergüenza, del miedo, de
la timidez que no nos permiten escuchar. Cuánto me gustaría tener aún un vaso
de agua fresca para ese hermano que también es mi prójimo.
Amar a Jesús más que a los padres no es un acto
estúpido de competencia, sino el regalo evangélico de la libertad. Amar tanto
la libertad como para no reducir nuestros afectos a un retrato unidimensional.
La página del Evangelio es una invitación a liberar la luz que llevan dentro
aquellos a quienes amamos.
Tener fe es esperar tener padres que no nos vean
siempre y solo como hijos. Que sepan amar la libertad tanto como para ver en
nosotros también hombres y mujeres, santos y pecadores, narradores originales
del rostro de Dios. No somos solo lo que los demás creen saber de nosotros.
Ama y deja ir, ama y libera de los roles, ilumina las
cosas, los rostros, los acontecimientos, deja que cuenten lo inédito, la
sorpresa, haz que lo que el miedo puede sofocar en la esterilidad se convierta
en un seno acogedor.
Tener fe es un acto de libertad, es hacer cantar a la
luz que late bajo la corteza de cada cosa, desde la mesa hasta el padre, desde
la silla hasta la madre. Un vaso de agua encierra la luz del Universo.
Tener fe es un acto de libertad, así que tomemos
nuestra cruz, liberémonos de los miedos y clavémonos a la vida, liberemos la
necesidad de amor que llevamos dentro, perdámonos por los demás, regalémonos la
sabiduría de quien pierde el control, enamorémonos, salgamos de los márgenes,
aprendamos a caminar por la delgada línea entre la vida y la muerte, entre
perderse y encontrarse, acojamos todo lo que hay en nosotros, sin condena pero
con la solemnidad que todas las cosas merecen, aliviemos el asombro, acompañemos
a la habitación superior cada latido del corazón, cada imperfección, cualquier
entusiasmo.
Liberemos la luz, despojémonos de la corteza de la
vida, ofrezcamos un vaso de agua fresca a cada parte de nosotros mismos.
Aprendamos a habitar la habitación superior, aprendamos a acoger, enamorémonos
de la escucha. Liberemos la luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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