Dignos del Señor Jesús - San Mateo 10, 37-42 -
El Evangelio recoge una serie de palabras de Jesús
bastante duras, dirigidas a sus discípulos. No es ninguna novedad que, a veces,
el Señor se dirija a los suyos con palabras difíciles de asimilar.
De hecho, en el Evangelio de Juan, son precisamente
los discípulos, tras el largo discurso sobre el pan, quienes afirman con
fuerza: «Esta palabra es dura, ¿quién puede entenderla?» (Jn 6,60). Y la
carta a los Hebreos dice que «la Palabra de Dios es viva y eficaz, más
cortante que cualquier espada de doble filo» (Hb 4,4). También en este
Evangelio las palabras del Señor exigen un esfuerzo de comprensión para entrar
en ese dinamismo al que quieren conducir la vida de cada discípulo.
Jesús se dirige a aquellos que han sido enviados a
anunciar el Evangelio y, tras haberles instruido sobre cómo anunciar (Mt
10,5-16) y sobre cómo vivir la persecución (Mt 10,17-32), les entrega las medidas
de la Palabra que anuncian: «No penséis que he venido a traer paz a la
tierra; no he venido a traer paz, sino una espada» (Mt 10,34), la misma
espada de la que nos habla precisamente la Carta a los Hebreos. Se trata, pues,
de una Palabra que separa, una espada de doble filo que exige tomar partido.
Una Palabra que, puesta en la balanza, tiene un peso y exige su
correspondiente, «una medida buena, apretada, remecida y rebosante» (Lc 6,38).
A esta imagen de la balanza se refiere el versículo
con el que se abre el Evangelio: «Quien ama a su padre o a su madre más que a
mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). La expresión «no es digno de mí»
aparece tres veces en los dos primeros versículos, al final de tres dichos muy
exigentes desde la perspectiva del seguimiento que nos plantean no pocas
preguntas.
La primera de todas: ¿qué está diciendo realmente
Jesús? ¿Es acaso posible «ser dignos de Él»? ¿Es realmente
suficiente comprometernos a amarlo más que a padre y madre, más que a hijo e
hija, más que a nuestra propia vida para ser dignos de Él? ¿Y el transcurso de
nuestros días no nos demuestra acaso que de este esfuerzo titánico siempre
salimos perdiendo? ¿Qué significa, pues, realmente «ser dignos de Él»?
La palabra «ser digno» no significa en primer
lugar esforzarse por merecer algo, como se nos viene inmediatamente a la mente
a todos cuando se pronuncia esta palabra. No es una hazaña que hay que realizar
con el mayor esmero posible para acceder a una recompensa.
La palabra evoca más bien la imagen de la balanza. «Ser
dignos» significa «pesar el peso justo». En una balanza
de dos platos, si por un lado el peso es el Amor del Señor Jesús, que dio su
vida hasta el final, por el otro lado se necesita un Amor igualmente «pesado»,
de lo contrario la balanza no encuentra el equilibrio.
Esto, pues, significa «ser dignos»: pesar el
peso justo.
Si el amor de padre y madre, de hijo e hija es «más
que yo», la balanza se inclina porque el peso no es suficiente.
Si no tomamos nuestra cruz cada día, el «peso»
de nuestro seguimiento es insuficiente para el equilibrio de la balanza.
No es que se trate de un amor equivocado, sino de un
amor insuficiente.
Es una imagen muy bella y muy clara que revela el
sentido de estos versículos, sobre todo si se asocia a otro texto del Nuevo
Testamento en el que encontramos nuestra palabra: «Tú eres digno, oh Señor y Dios
nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado todas
las cosas, y por tu voluntad fueron creadas y subsisten» (Ap 4,11). Y
aún más: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste
inmolado y con tu sangre has redimido para Dios a hombres de toda tribu,
lengua, pueblo y nación» (Ap 5,8). El don que el Señor hace de su vida
lo hace «suficientemente digno» para recibir la gloria, el honor y el poder,
pero sobre todo para abrir el libro de la historia de cada hombre y leerlo.
Por lo tanto, no se trata de emprender una lucha que
dure toda la vida para esforzarnos por ser lo que no somos, sino de reconocer
hasta qué punto nos llama el Amor de Aquel que se entregó por nosotros y vivir
según esa medida.
Lo que esto significa concretamente nos lo revelan los
versículos del Evangelio que siguen: «quien haya guardado su vida, la perderá, y
quien haya perdido su vida por mí y por el Evangelio, la encontrará»; y
aún: «quien me acoge, acoge a Aquel que me ha enviado» y «quien
haya dado de beber aunque solo sea un vaso de agua… recibirá su recompensa»
(Mt 10, 39-42).
Perder la vida, acoger, dar un vaso de agua: gestos
concretos que nos dicen que «ponderar el peso justo» no exige
grandes esfuerzos, sino solo prestar atención a la vida concreta de la que
están hechas nuestras jornadas y una mayor conciencia de que nuestros gestos
cotidianos son el lugar donde la balanza vuelve a equilibrarse o se inclina.
El Evangelio es, pues, una invitación a tener una
mirada atenta no a lo que de inmediato y evidentemente nos atrae, sino a esos
gestos silenciosos y ocultos en los que podemos retener la vida para nosotros
o, por el contrario, podemos elegir donarla, los pequeños gestos que nos hacen
«dignos
de Él».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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