jueves, 22 de octubre de 2026

La lógica de don.

La lógica de don 

Hay verdades que solo se hacen oír en algunas circunstancias. 

También en algunas etapas de la vida. 

Cuando el ruido de las ambiciones se apaga, cuando tantas distracciones se diluyen y el ego deja de preguntarnos cuánto valemos, surge una pregunta más básica: ¿para qué estamos viviendo? 

En la soledad, lejos de los aplausos y de las clasificaciones, el corazón reconoce con mayor sinceridad la distancia entre lo que posee y lo que realmente necesita. 

Es entonces cuando el camino se revela en su sentido esencial: salir de la lógica del beneficio y del interés personal para entrar en la lógica del don gratuito. 

Pasar del egoísmo al altruismo no es un movimiento espontáneo, ni una simple corrección del comportamiento. 

Es una transformación profundamente espiritual. 

La gratuidad no se aprende en un día, como se aprende una regla: madura a lo largo de un largo itinerario, lleno de paradas, caídas, resistencias y aperturas repentinas. 

Comienza cuando la persona se atreve a reconocer el vacío que deja una vida regida únicamente por el mérito, el esfuerzo individual y el beneficio propio. 

La meritocracia, cuando se convierte en la única regla de la existencia, acaba midiéndolo todo: el trabajo, los afectos, el tiempo, incluso la disposición a escuchar. Cada gesto espera una recompensa, cada encuentro se sopesa en la balanza de la utilidad. 

Muy poco a poco se aprende a descartar lo que no reporta beneficio, a negociar los ideales, a reprimir lo gratuito. Se avanza, tal vez, con la apariencia de quien progresa; por dentro, sin embargo, uno se hunde. Es una forma lenta de ahogarse a uno mismo. 

Pero precisamente el vacío puede convertirse en un umbral. 

La búsqueda desenfrenada de uno mismo a través de la materialidad de la vida, tras haber prometido plenitud, deja una habitación despojada. 

Y en esa habitación interior, si no huimos de inmediato, comprendemos que debe haber algo más. 

No algo que añadir a lo ya acumulado, sino otra forma de existencia: no conquistar, sino recibir; no retener, sino entregar; no preguntarnos continuamente qué puede hacer el mundo por nosotros, sino descubrir qué bien puede pasar a través de nosotros. 

Entrar en la lógica del don significa acceder a una dimensión de la existencia que reconcilia. 

Nos reconcilia con nosotros mismos, porque ya no nos vemos obligados a demostrar sin cesar nuestro valor. Nos reconcilia con el mundo, porque la realidad deja de ser un territorio que explotar y vuelve a ser un hogar en el que vivir. 

Nos conduce, por fin, hacia su centro silencioso: ese misterio del que surgió la vida y en el que sigue respirando. El don no elimina el misterio, sino que nos enseña a morar en él sin miedo. 

La vida nos ha sido donada para que la vivamos dignamente. Pero su dignidad no se manifiesta en el aislamiento, ni en la autosuficiencia: toma forma en la relación. 

Se hace visible cuando ofrecemos tiempo sin contabilizarlo, cuando cuidamos de una fragilidad sin exhibirla, cuando permanecemos junto a alguien sin pretender ser recompensados. 

El don de sí mismo es auténtico precisamente porque es gratuito y desinteresado; no busca espectadores, no erige un monumento al donante, no humilla a quien recibe. 

Esta verdad se hace más nítida ante los hermanos que encontramos al margen del camino. Son personas que se encierran en sus propias heridas, a menudo destrozadas por la vida y casi sin esperanza. 

El mundo del cálculo las considera improductivas, derrotadas o invisibles. 

La lógica del don, en cambio, nos invita a acercarnos, a sentarnos a su lado, a escuchar antes de hablar. 

En esa cercanía se desvanece la ilusión de que existan vidas superiores y vidas menores: cada rostro vuelve a ser irreductible, cada historia digna de atención. 

Es al acercarnos a quienes yacen al borde del camino cuando descubrimos lo que se nos ha confiado. 

Talentos, tiempo, atención, palabras, incluso las heridas que hemos atravesado: todo lo que hemos recibido pide, en el fondo, ser devuelto a la circulación. No como pago de una deuda, sino como respuesta libre a la sobreabundancia de la vida. 

El bien que se guarda solo para uno mismo se apaga; compartido, se convierte en luz suficiente para el camino de otra persona y, al mismo tiempo, para el nuestro. 

Quizá este sea el secreto que la vida protege: nos reencontramos cuando dejamos de perseguirnos. Descubrimos quiénes somos no en la imagen que construimos, sino en la presencia que ofrecemos; no en lo que aferramos, sino en lo que dejamos ir. 

Cuando el don pasa a través de nosotros sin cálculo alguno, algo se recompone. El mundo aún no se ha curado, las heridas siguen siendo reales y, sin embargo, en la oscuridad se ilumina un camino.

Al entregarnos, no nos perdemos sin que, por fin volvemos a casa y entramos en el hogar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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