Juan el Bautista: el hombre de Dios
La Palabra ofrece siempre una especie de memorial.
Uno echa la vista atrás y contempla la figura de Juan
el Bautista. La intención no es narrar una historia, sino recoger su legado,
tratando de reconocer el hilo conductor que une todos los episodios de su vida.
Al final, ¿qué queda de Juan? ¿Qué queda de nosotros?
Queda un hombre que dejó que Dios actuara en su vida. Esta es una primera luz sobre el ministerio porque
el hombre de Dios corre continuamente el riesgo de identificarse con lo que
hace: celebraciones, actividades, responsabilidades, obras realizadas…
Cuando la Escritura recuerda a Juan el Bautista, no
habla de sus logros, sino de su docibilitas (se trata de esa actitud
interior de apertura, de humildad y de escucha; es lo que permite dejarse
formar por la Palabra de Dios, por los acontecimientos y por las personas que
el Señor pone en nuestro camino).
La santidad no consiste en haber hecho grandes cosas
por Dios, sino en haber dejado que Dios realice su obra en nosotros.
El fuego, en la Escritura, es siempre algo que pertenece a Dios antes que al hombre. Es la zarza que arde sin consumirse, es la nube luminosa que acompaña a Israel en el desierto, es el Sinaí envuelto en llamas.
Decir que Juan el Bautista es como el fuego no
significa, ante todo, describir su temperamento o su energía, sino reconocer
que su vida estuvo marcada por una presencia que no provenía de él. Por eso la primera palabra que define al profeta no
es el valor, sino la presencia.
Vivir en
la presencia de Dios. Esta es la
clave de toda su existencia.
Antes de ser el hombre del desierto, Juan el Bautista
es el hombre de la presencia; antes de ser el profeta del fuego, es el hombre
que está ante Dios.
La fuente de todo no se encuentra tanto en los
prodigios en sí mismos como en ese estar ante el Señor, de donde nace toda
palabra auténtica.
Es una lección que recorre toda la Palabra y que
conserva una especial actualidad para el ministerio del hombre de Dios. De
hecho, existe una sutil tentación que acompaña a todo servicio eclesial: la de
identificarse progresivamente con lo que se hace.
El Pueblo de Dios, sin embargo, no necesita ante todo personas
competentes en lo sagrado, sino personas que hayan permanecido ante el Señor.
La santidad no nace del esfuerzo por perfeccionarse
continuamente, sino del abandono confiado a la gracia que precede, sostiene y transfigura.
Juan el Bautista es precisamente esto, no un héroe,
sino un hombre sostenido por la gracia.
Los Evangelios recuerdan de inmediato el gesto que inaugura el ministerio público del profeta: el desierto. Juan el Bautista se encuentra ante un pueblo que ha perdido de vista el rostro de Dios: el drama no es meteorológico, sino espiritual.
Todo ministerio eclesial se enfrenta a esta lucha. Hoy
el problema fundamental no es la
indiferencia religiosa, sino la idolatría: los ídolos cambian de nombre,
pero siguen ocupando el corazón del hombre.
El hombre de Dios está llamado a custodiar la memoria
del verdadero Dios, a recordar a los hombres de quién proviene la vida, a
denunciar todo aquello que pretende sustituirlo.
Sin embargo, quien desempeña esta tarea descubre
pronto una verdad dolorosa: no basta con hablar, hay que dejarse purificar; por
eso Dios conduce a Juan el Bautista al desierto.
Dios lo oculta en el desierto, lejos de lo sagrado del
Templo y de Jerusalén, y lo confía a la inclemencia de la intemperie, lo obliga a vivir de lo que recibe… miel y
saltamontes.... Así comienza la verdadera formación de Juan el Bautista.
Antes incluso de ser profeta del pueblo, debe
convertirse en discípulo de Dios; debe aprender que no es él quien sostiene la
misión, sino Dios quien lo sostiene a él.
Cada uno de nosotros conoce su propio desierto, un
momento en el que nuestras seguridades se desvanecen, un encargo que no cumple
las expectativas, una labor pastoral, una prueba personal, una experiencia de
soledad. Se trata de momentos en los que Dios parece quitarnos los medios y los
apoyos, pero en realidad está educando el corazón.
El hombre de Dios es una vasija de barro: el tesoro no
le pertenece.
Dios obra a
través de lo que parece insuficiente.
También el hombre de Dios debe convertirse continuamente a esta lógica. A
menudo pensamos que la fecundidad depende de los medios, de las cifras, de las
estructuras, de la organización.
Dios, en cambio, sigue prefiriendo a un hombre vestido
con una piel de camello y adornado con un taparrabos de cuero. Dios sigue
prefiriendo lo humanamente inadecuado.
¿No es acaso este el misterio de la Eucaristía? Un
trozo de pan que contiene el infinito.
En el desierto Juan el Bautista descubre que la
Providencia no elimina la pobreza, sino que la atraviesa: lo poco sigue siendo poco, pero es lo
suficiente.
La verdadera batalla no se libra en el altar del Santo de los Santos del Templo. Se libra en el corazón.
El problema
de Israel no es el ateísmo, sino la división:
la fe y los ídolos, la alianza y la conveniencia.
También el hombre de Dios atraviesa continuamente esta
lucha. La primera idolatría que hay que vencer, de hecho, es la que se esconde
en nuestro interior: la búsqueda del consenso, el apego a nuestro propio papel,
la tentación del protagonismo, la necesidad de ser aprobados.
El fuego sigue siendo necesario, no para destruir a
los demás, sino para purificar el corazón del profeta.
El fuego de Dios habita en la fragilidad humana. Juan
el Bautista no es un superhombre, sino un hombre herido de Dios.
Este es el corazón del camino de Juan el Bautista,
pero también del ministerio del hombre de Dios.
Dios no es solo el Señor del fuego, es también el Dios
de la ternura; no solo el Dios que sacude, sino el Dios que consuela; no solo
el Dios que envía, sino el Dios que cuida.
El Corazón traspasado de Jesús es el lugar en el que
la santidad se manifiesta como cercanía, compasión y ternura.
El Desierto prepara el Gólgota, la intemperie del desierto
poblado de aullidos prepara el Corazón abierto del que mana agua y sangre; el
Dios buscado por Juan el Bautista revela finalmente su rostro en el Jesús
traspasado.
La última imagen evocada de Juan el Bautista es su prisión en la cárcel y aquella caprichosa decapitación.
Juan el Bautista desaparece pero la misión de Dios
continúa. Esta es la prueba definitiva de todo ministerio: aceptar que la obra
no es nuestra y que otros la continúen, aceptar disminuir, aceptar entregar,
aceptar dejarse, aceptar ser llevado.
El hombre de Dios no está llamado a construir algo que
lleve su nombre, sino que está llamado, en cambio, a generar vida, a hacer
posible el encuentro con Jesús, a transmitir una llama que no le pertenece.
Por eso los Evangelios pueden contemplar a Juan el
Bautista como un hombre realizado, porque ha permitido que Dios lo guíe a
través del desierto, del fuego y de la pobreza, de la lucha y de la soledad, del
testimonio y del desapego.
Este es el camino de todo hombre de Dios. El
hombre de Dios es el que aprende poco a poco que el centro no es él sino Dios.
La santidad no consiste en tener un corazón
invulnerable, sino en dejar que el corazón lata cada vez más al ritmo de Dios y
de su Reino incluso a costa de la propia vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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