En la otra orilla
Uno trata de continuar su camino, en libertad y con responsabilidad, viendo en los retos del presente —ante todo, la decisión de no huir de la complejidad— y tratando de buscar motivos de esperanza y encontrar signos del Espíritu.
Uno trata, en la sinfonía de sensibilidades que
componen la profecía de la vida de cada día, mantener el Evangelio como
criterio para interpretar este tiempo, un tiempo que ha vuelto a acelerarse,
que ve el regreso cada vez más marcado de conflictos y tensiones, y que, ante
cambios trascendentales, a menudo apunta, de forma interesada, a atajos y
simplificaciones.
Uno trata de no sentirse ajeno a nada sino, todo lo
contrario, a ser caja de escucha y resonancia, lugar de eco sobre el que trata
de aportar alguna semilla de reflexión, alguna ocasión de diálogo, algún punto
de vista diferente.
Los años que vivimos parecen años de escombros, pero
—como decía T. S. Eliot— elijo habitar estos escombros, sin huir de ellos, sin
proyectos inmediatos de reconstrucción que no tengan en cuenta los rostros, las
historias, las experiencias vividas, las heridas, lo obtenido, lo perdido...
Me parece que hay que atravesar los años de este
tiempo un poco como Eneas, que abandona Troya (una época pasada) y se pone en
camino para intentar construir una nueva ciudad, aunque aún no sabe perfilar
sus contornos, una ciudad en la que la humanidad, magnífica en su potencial,
pero también atravesada por fuerzas desintegradoras y violentas, pueda
encontrar las razones para vivir juntos y, por lo que a mí respecta, para vivir
inspirados en el Evangelio y en lo que reveló Jesús de Nazaret.
Sí, uno trata, con el silencio y la palabra, de alejar un poco más la línea de la oscuridad, manteniendo la vigilancia, la libertad de conciencia y la esperanza en el futuro; es una labor imperceptible, pero es lo que me siento llamado a hacer.
Dietrich Bonhoeffer - siempre mi autor preferido
- escribía, en años de tinieblas:
«Para
quien es responsable, la pregunta última no es: ¿cómo me las arreglo
heroicamente en este asunto?, sino: ¿cómo será la vida de la generación
venidera? Solo de esta pregunta históricamente responsable pueden surgir
soluciones fecundas, aunque provisionalmente sean muy humillantes».
Gran parte de lo que siento, pienso y escribo
seguramente no sea aplicable de forma inmediata; pero es una pieza de un
mosaico que se completará con otras voces en esta polifonía o sinfonía de la
vida. Por mi parte contar historias de humanidad de Evangelio es también
recordarme que el bien ya existe, que la esperanza ya actúa y, para quien tiene
fe, tiene su raíz en Dios, padre y madre de todos.
Y, como el Maestro de Nazaret, el Profeta de Galilea, cada
vez más me ha ido quedando clara la elección de habitar en la otra orilla, en
los márgenes menos transitados, de alojarme en las fracturas, de permanecer en
las fronteras, de hacer silencio y de escuchar, de sentir y de reflexionar, de
aprender y hablar, y de dejarme evangelizar por la Humanidad del Crucificado y Resucitado.
Estoy persuadido de que el Dios del que habla el
Evangelio habita en los márgenes de la otra orilla.
Y allí sigo buscándolo, sabiendo que es por ahí por
donde pasan muchas mujeres y muchos hombres de este siglo XXI. En la otra
orilla.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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